MARGARITA PEÑA
La revista literaria El rehilete surgió a finales de los años cincuenta por iniciativa de un grupo de jóvenes que amábamos la literatura, veíamos en ella nuestro destino como autoras: cuentistas, poetas, novelistas, ensayistas. críticas literarias, en fin… Nos habíamos conocido en el Centro Mexicano de Escritores, cuando acudíamos a las clases de Juan Rulfo y de Juan José Arreola. Rulfo fue para mí todo un hallazgo: austero, conversador parco pero de grandes curiosidades y considerable erudición que nos transmitía en tardes que transcurrían en el propio Centro, o en algún café de la Colonia Cuauhtémoc. Él vivía muy cerca del Instituto Francés de América Latina . Solíamos reunirnos en el “Marianne”, en donde engullíamos pasteles y lo escuchábamos disertar sobre sus últimas lecturas, por ejemplo ¡el apartado relativo a las Venus hotentotas en alguna enciclopedia! Años después lo encontré de nuevo, en la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, en donde él era corrector de estilo… y yo también. Por entonces lo acompañaba los sábados, después del trabajo, a la Librería del Caballito, y lo escuchaba conversar con Tomás Doreste, propietario de la librería. Rulfo me enseñó lo que era la literatura italiana: gracias a él leí a Ítalo Calvino, Lampedusa, Cesare Pavese.
Volviendo a El rehilete, formábamos un grupo compacto y a la vez, maleable, con gran sentido de responsabilidad frente a la tarea de editar una revista que duró más de ocho años. Integrantes: Beatriz Espejo, Carmen Rosenzweig, Blanca Malo, Telma Nava, Elsa de Llarena, Lourdes de la Garza, Guadalupe de León, Rosa María Galindo y yo. Nos reuníamos frecuentemente (en casa de Elsa de Llarena, calle de Patricio Sanz casi esquina con Xola, una casa memorable…) para planear los números. Nos repartíamos la recolección de material, la corrección de galeras, las idas y venidas a la imprenta. Para esto Elsa de Llerena era buenísima.
Aprovechábamos, claro, nuestra amistad (o romances) con escritores noveles o en vías de consagración para conseguir cuentos, fragmentos de novela, ensayos (vgr. las cosas de Gelsen Gas; de Emmanuel Carballo; “Los olivos y el polvo” de Federico Campbell; algún poema de Efraín Huerta, esposo de Telma Nava). Nos repartíamos el trabajo y la revista caminaba al ritmo de nuestra amistad. Los escritores se mostraban generosos. Nos regalaban sus textos, consejos y comentarios y nos contagiaban su prurito de perfección (Antonio Alatorre insistía en corregir él mismo las pruebas de imprenta de algún texto entregado). Mucho aprendíamos de ellos: los admirábamos, los venerábamos.
El rehilete fue una empresa de juventud que cuajó en una revista literaria que albergó buenos trabajos y excelentes nombres. Empezamos, por allá a principios de los años sesentas, a relacionarnos con escritores reconocidos que nos veían con simpatía, como muchachas animosas empeñadas en la causa justa de la literatura. Entre ellos, Rubén Bonifaz Nuño, Antonio Alatorre, Alfonso Reyes, Ernesto Mejía Sánchez, Efraín Huerta, Rosario Castellanos. Nos acercábamos a ellos, les hablábamos de la revista, simplemente les pedíamos una colaboración y así, sin más, nos la entregaban, con gran gentileza. Éramos una mezcla de ingenuidad y arrojo, de amor a las letras y entusiasmo. Beatriz Espejo y yo cursábamos la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM. Carmen Rosenzweig, una buena conocedora de la literatura francesa- de Simone Weil, “fan” de Simone du Beauvoir (a la que llamaba familiarmente “Simona”) y Sartre-, tundía la máquina de escribir que daba gusto, pasando en limpio artículos propios y ajenos. Lourdes de la Garza se dedicaba a conseguir publicidad; Lupita de León era un elemento de cohesíón , secretaria y amiga de Juan José Arreola. Teníamos patrocinadores: Salvador Amelio, Agustín Arroyo Ch., Raúl Peña (mi progenitor). Ocasionalmente algún funcionario de gobierno, como Arturo Arnáiz y Freg, en cuya fragorosa antesala coincidimos alguna vez con Huberto Batis, que por entonces publicaba Cuadernos del viento. Otra publicación amiga era El corno emplumado que editaban, con no poco esfuerzo, Margaret Randall y Sergio Mondragón. Jacobo Glantz nos trataba con gran amabilidad, nos daba algún escrito, así como un anuncio de su restaurante de la Zona Rosa y nos convidaba café y pastas cuando lo visitábamos. ¡Gran amigo, don Jacobo!
Independientemente del sabor a tul y encaje que me dejó El rehilete, considero que marcó un hito en las publicaciones elaboradas por mujeres. El antecedente inmediato había sido la revista Rueca, editada por otro grupo en el que destacó la doctora María del Carmen Millán. Maestra de Beatriz y mía en la Facultad de Filosofía y Letras, nos orientó sabiamente cuando la fuimos a ver en busca de consejo, al iniciar el proyecto. En su casa, en donde ella reinaba, preparaban unas gelatinas gloriosas cada día de su cumpleaños. Su curso de Iniciación a las Investigaciones Literarias en la Facultad reunía a lo que vendría a ser la flor y nata de una generación literaria: José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Gustavo Sáinz, Salvador Elizondo,. Cristina Romo (de Pacheco), Hugo Hiriart.. La doctora nos ponía a temblar con preguntas como buscapiés:”A ver, ¿quién escribió ‘El Guardagujas’?. Silencio en el enorme salón…”A ver, Fulano, cuénteme de qué trata…” . Más silencio. Y así por el estilo…De estos compañeros de clase y, por entonces, ya escritores, llegamos a publicar textos inéditos. De Salvador Elizondo, por ejemplo. Y también de los miembros de un grupo que se abría paso con un libro singular: La espiga amotinada. En lo personal, me tocó presentar el libro y al grupo, en un teatro del DF, cuando hacía periodismo cultural en el Suplemento Literario de Ovaciones, dirigido por Emmanuel Carballo y Alfredo Leal Cortés (de quien también se publicó algo en El rehilete, ya entrada la década de los sesenta).
¿Y qué leíamos quienes nos afanábamos en El rehilete? Para empezar, todo lo que se publicaba en México: el último libro de Rosario Castellanos, las novelas de Agustín Yáñez, de Luisa Josefina Hernández; todo lo de Carlos Fuentes, los excelentes ensayos de Sergio Fernández, los cuentos de Juan Vicente Melo; la poesía de Jaime Sabines y Marco Antonio Montes de Oca; el teatro de Novo, de Carballido, de Sergio Magaña. Y en cuanto a autores extranjeros: el existencialismo de Sartre, de Beauvoir y Camus; las obras de André Malraux; los Goytisolo (Juan y Agustín), Juan Marsé; la novela norteamericana: Faulkner, John Dos Passos, Hemingway, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Carson McCullers, Mary McCarthy. ¡Ah! Todos los suplementos culturales. El de Novedades, el de Excélsior, el del Siempre!. Y la Revista de la Universidad.
Las integrantes de El rehilete éramos mujeres letradas. Todas nuestras experiencias (viajes, hallazgos, lecturas, duelos y quebrantos, amores y desamores) se convertían en letra escrita. Vivíamos por y para la literatura. Un encuentro en Paris, en el año 61, nos permitió a Carmen Rosenzweig y a mí, trazar para la revista el retrato escrito de varios autores: Juan Goytisolo (en su departamento por el rumbo de Saint Denis); Jean Cau (secretario de Jean Paul Sartre en la revista Temps Modernes); Eugene Ionesco (nada que ver en su persona con el teatro del absurdo; más bien, un burgués), Hélene de la Souchere (periodista del France Soir y cronista de la España republicana con su magnífico libro’ Explication de l’Espagne). Por lo demás, la revista publicó a muchos autores, de aquende y allende: Ernesto Cardenal, Alaíde Foppa, Alejandro Jodorowsky, Jean-Clarence Lambert, Arrabal, y tantos y tantos más. Tuvo excelentes dibujantes: Elvira Gascón: la magnífica, la gran Elvira de las palomas picassianas y los ángeles gasconianos; Pedro Friedeberg (que diseñara el rehilete emblemático de la portada) ; Roger von Gunten, Héctor Xavier…
Luego, lentamente, a fines de los sesenta, las aspas del rehilete dejaron de girar. En cuanto grupo, habíamos hecho lo que teníamos que hacer, dicho lo que teníamos que decir. Continuamos solas con nuestra escritura, nuestro destino, cada quien por su lado.
Ernesto Mejía Sánchez me dijo alguna vez, usando ese “usted” nicaragüense que le era tan propio: “No se dedique a hacer revistas; mejor escriba en ellas…”
Pero este “Rehilete” -obra de mujeres cuando el feminismo como movimiento aún no se daba en México- nos dejó un dulzor, un regusto de días y años dorados que difícilmente podría igualar más tarde –hay que decirlo-, la frecuentación solitaria del tintero mudo, a la manera de Sor Juana. Para los setenta, El rehilete se había convertido en un montón de recuerdos, una sarta de anécdotas, una revista de colección.
