Ricardo Muñoz Munguía

El arte, vertido en sus distintas formas, es lo más acercado para recuperar lo que día con día se va perdiendo. La irrealidad creada de un mundo físico es la realidad que pretende más de un escritor, pintor o fotógrafo.

La novela Falsos testimonios (Sociedad de Escritores de Durango, A.C., México), de Enrique Mijares, no inventa una ciudad sino que la trata de sanar, la vuelve de cierta forma romántica porque la devuelve a un tiempo en el que aún se disfrutaban fachadas majestuosas que daban a calles empedradas pero, como en cualquier lugar, el urbanismo excesivo tiende a estrangular el esteticismo de las ciudades.

La narración —entre novelada y con formas teatrales— de Falsos testimonios es sumamente decorosa, incluso en la balanza llega a vencer la historia. El autor propone estructuralmente varios puntos de partida, lo que obliga al lector a bajar velocidad en la lectura, para que al llegar al punto de encuentro no le falten piezas al que en un principio se supone un rompecabezas.
La intención de Mijares se centra principalmente en mostrar las virtudes y debilidades de tres personalidades: Silvestre Revueltas, Dolores del Río y Nellie Campobello entre una ciudad que es el escenario tan importante para los personajes y el autor: Durango.

La mentira o la verdad, la locura o la realidad, el personaje o la persona. En una y otra posición se adentran los personajes de la novela: “¿Quién eres? ¿Margarita o Dolores? ¿Tú dices la verdad y la otra finge? ¿O se engañan las dos, una a la otra? ¿Cuál de las infinitas máscaras que se sobreponen a tu rostro se acerca al menos a la mujer real que nunca has sido, que nunca has sabido ser? Estás hecha de falsos testimonios”.

La novela de Enrique Mijares podría pensarse que sólo es local pero en sí va más allá hasta para los mismos habitantes de Durango, pues su arquitectura y las personalidades memorables mencionadas aparecen en una segunda mirada que logra mostrar valiosos testimonios.

Así pues, el escritor abre el camino, cualquiera que sea y a donde lleve, en el que siempre expondrá tenuemente su intimidad. Intimidad en la que Enrique Mijares se detiene para conocer, descubrir el otro panorama, el que después aparece entre las páginas de un libro y, de algún modo, ilumina un camino sobre otro.