Juan Antonio Rosado
El misterio de las mujeres,
a diferencia del de los hombres,
crece con lo sencillo.
Agustín Cadena: “El bolso”.
Cuando Jules Michelet se adentró en la historia de la bruja para explicar, en gran medida, buena parte del doloroso trayecto de la mujer sometida por la concepción judeocristiana del mundo, persistían aún enormes cantidades de supersticiones y miedos entre la población. Pronto la palabra “bruja” cambiará de signo. Siguiendo la pauta de Roland Barthes —nos hallamos rodeados de mitos; todo nuestro entorno es mitológico—, el escritor mexicano Agustín Cadena detecta a esa bruja protectora del mundo antiguo y de los mitos, que con sus encantos atrapa como araña o repele por su fealdad. El poeta la detecta, no en la iconografía clásica, sino en las cotidianas figuras femeninas que nos rodean: desde la empleada bancaria hasta las muchachas en el café, pasando por la mujer que ovula, por la table dancer, la dentista, la fea, la mujer policía, la gorda, la adúltera, así como por los objetos de las mujeres (el brasier, el suéter, la mochila, el bolso…). De esta cacería de brujas realizada desde el discurso poético, Agustín ha creado una galería de retratos.
El primer poema, sobre la empleada bancaria, se abre con una reformulación que nos inserta en un mundo resacralizado: “La sacerdotisa del dinero”. La antisolemnidad y el ingrediente lúdico —sin escatimar brillantes y audaces metáforas— sostiene a una buena cantidad de textos, y todos ellos nos ubican en una cotidianeidad poetizada, rodeada de objetos sencillos, palpables, comunes. Cada poema es un cuadro en que suele enfatizarse más un carácter que una apariencia, pero el verso descriptivo —cuando se despliega— es capaz de inmensa plasticidad. Leemos en “La suicida”: “Saltó desde el séptimo piso,/ ligera como una brizna o un sombrero./ Sus alas habían ardido en un fuego breve,/ blancas./ Sus cabellos venían preñados de abejas”. Al final, llega al piso y su humanidad se derrama “como una calabaza:/ semillas y estambres y peces rojos”. Dichas imágenes contrastan con las de, por ejemplo, “La bailarina”, donde se lee: “El aire en sus brazos de aire la recibe” o “Tatuaje del tiempo sin piel ni carne”.
Más allá de la idealización romántica de la mujer, la poesía de Cadena en este volumen es fetichista, pero transparente, sin afectaciones ni retórica hueca; a veces, humorística, como en su “Letanía”: “Torre de las sin-pechos,/ enséñame el arte de ahorrar” o “Patrona de las calientes,/ haz que mis gatos se callen”. El poemario no pretende ser una indagación de “lo” femenino. Tan sólo nos otorga la visión lúdica y desenfadada de un creador sobre lo que —desde su experiencia— ha percibido del mundo femenino y sus hechizos. El misterio, como ocurre con todo lo humano, se acentúa aún más.
Agustín Cadena, Cacería de brujas. Bonobos, México, 2011; 79 pp.

