Javier Narváez Estrada
Pedro Ángel Palou a los catorce años, junto con dos amigos: Fidel Correa y Juan Madrid —con quienes montó la revista literaria Sin sema—, por relación anatómica ponían apodos. También arremedaban a los transeúntes, a los enamorados en un parque, a los conversadores de café. Ejercicio tan divertido que lo continúa con sus hijos. Imaginan en voz alta los diálogos: “Mi padre está muy enfermo”. Y luego pura especulación narrativa: ¿cuál será su historia?, ¿en dónde están parados?, ¿por qué se ve triste?… Empiezan como un cuento, desde la magia de la ficción, intentan leer algunos gestos. Pedro Ángel continúa este ejercicio lo mismo en un café que en el metro o en el futbol, al que va para ver a su hermano. Es así que fija su mirada de escritor para adentrarse en conocer “cuál es la historia”, de los personajes que se encuentra. Esa inquietud la podemos suponer en las biografías que ha escrito sobre Cuauhtémoc, Morelos, Zapata y Porfirio Díaz.
La novela El impostor (Planeta, 2012) retrata el periplo incansable de Pablo de Tarso. Se lee en la contraportada: “La fundación del cristianismo es hasta ahora la operación encubierta más importante de la historia. Un espía de los romanos fue su ejecutor”. Y sobre este libro sostuvimos una charla con el autor poblano:
—Después de realizar cinco novelas históricas mexicanas estaba un poco cansado. Más adelante dije: de qué escribo que no haya sido en México. Pensé en san Pablo, no como figura sino su época. Durante seis años fue de investigar y rastrear al san Pablo judío, al san Pablo protestante, al san Pablo católico. Ir y venir hasta entender quién demonios fue este hombre que inventó —mezclando culturas— la mercadotecnia romana de los césares con su judaísmo, particularmente su fariseísmo, y para crear esta figura a la que no le interesaba el Cristo histórico, y se inventa esta figura mítica que es el cristo de cartas. San Pablo está al servicio de tres césares. Su vida es tremendamente trágica porque cae el templo. Finalmente, cuando muere Pablo, el cristianismo no existe y además no existe como separación de lo judío. Desde hace cincuenta años la teología judía comenzó a estudiar a Cristo y a Pablo como judíos, siempre los rechazó porque ellos crearon el cristianismo y cambia totalmente la perspectiva de pensar en Cristo como un esenio judío, porque lo era, radical del judaísmo, y Pablo era un fariseo, y los fariseos son los únicos judíos de esa época que creen en la resurrección de la carne, a la que Pablo le da un cambio a pesar de que era blasfemo para los demás. Lo que es impensable en el mundo judío es que Yahvé encarne y tenga un hijo. Por eso sacaban a Pablo de las sinagogas a patadas porque decir eso es la blasfemia más absoluta: Yahvé es Yahvé y no tiene ninguna relación con lo mundano. ¿Y de dónde saca esa idea Pablo?, de ver cómo Augusto inventó la divinización del César y su propia divinización para justificar el imperio romano que finalmente es una gran república. Augusto dice: muere César y lo divinizo; entonces yo soy el hijo de Dios. La palabra Mesías en hebreo quiere decir: hijo del hombre, o sea hijo de David, no tiene ningún carácter ultraterreno ni sobrenatural. Entre el nacimiento de Cristo y el año cincuenta y dos, hasta antes del año setenta, que es la gran rebelión contra Tito, hay veintidós levantamientos judíos contra Roma y once de ellos tienen su Mesías, su líder. Se ostentaban como herederos de David, elegidos como el hijo del hombre para poder ser el líder de ese movimiento. Por eso Poncio Pilatos no liberó al ladrón ni enjuició al Mesías.
—¿En qué momento ya tenías la novela?
—Después de los cuatro años y medio de investigación. Me cuesta mucho trabajo, lo cuento ahí. Incluso voy a ver al psicoanalista Eric Maisel, que es especialista de California, Estados Unidos, en bloqueo de escritores. Estudió el caso, fueron dos sesiones y después tres más, y me dijo: escríbala en tercera persona. Lo que tiene de problema usted es que está tan involucrado en la historia que se reprime. Hice la novela, primero en tercera persona y luego vi que no funcionaba y la reescribí como Timoteo, personaje en primera persona. Pero el exorcismo funcionó pues me liberó de la responsabilidad de escribir esa novela histórica.
—¿Danos tu opinión sobre Dios?
—Yo soy un agnóstico, esta novela no es la que me hace agnóstico, soy desde mucho antes. Tengo una formación jesuita, muy dura, muy férrea y desde los diecisiete años rompí con eso porque cualquier persona inteligente que empieza a pensar se le cae el edificio de la religión. Hay dos alternativas, tengo muchos amigos que se quedaron en el catolicismo con las mismas crisis, el que dice “no creo en la Iglesia pero creo en el dogma y me sostengo”. Mi fe se sostiene en el dogma y aunque no se sostenga en lo empírico sigo en mi creencia y voy y me persigno. Por otro lado, todas las religiones son necesidades humanas. Mi gran lectura de la adolescencia, a lo mejor muy temprana, y mi primer crisis, fue por Moisés. Con El monoteísmo, de Freud, me di cuenta cómo el propio judaísmo antes de Babilonia es politeísta y viene de los cultos de las tradiciones habránicas y no hay prácticamente diferencia alguna en el sustrato de lo musulmán y Egipto, por eso es Moisés la figura del estudio de Freud. Son dos versiones ante la misma realidad antropológica-histórica. Desde entonces me doy cuenta que las religiones son cuestiones antropológicas basadas en la reacción del hombre ante los elementos de la naturaleza que lo circundan. Necesitamos creer en algo.
—¿Dónde ubicamos tu novela en su relación con la fe?
—El impostor estudia el alma humana, por eso es tan genial. Tolstoi decía que el novelista es el juez del alma humana. La novela se mete a la más profunda psicología. Por eso los personajes que me gustan en literatura son los ambiguos, son los contradictorios: Zapata, y ni se diga Porfirio Díaz, Pablo. Personajes que no puedes agarrar desde una óptica, que siempre se te desdibujan. Y de san Pablo te preguntas en algún momento ¿habrá creído?, y luego dices pues no creyó. Mi reto era que los personajes se sintieran cómodos en ese mundo, por lo tanto el lector debe sentir que es verosímil, que de veras está ahí adentro, que huela, que saboree la comida…


