Predominaron las promesas

René Avilés Fabila

El pasado debate tuvo un enorme acierto: oficialmente fue el último. El nuevo formato no lo hizo más ligero sino más confuso: todos preguntaron en algún momento qué seguía o cómo iban. El propio conductor, Javier Solórzano, se hizo líos. Nada grave. En todo caso, los principales responsables y sus respectivos partidos son quienes deciden.

Contra lo que se preveía, Andrés Manuel López Obrador salió convertido en discípulo de la madre Teresa de Calcuta, repartió el presupuesto generosamente, no agredió a ninguno de sus colegas, en vano intentó defenderse de las demoledoras críticas de Josefina Vázquez Mota y finalmente volvió a prometer cualquier cantidad de absurdos que a sus admiradores les produce  tanta emoción y los motiva.

No habrá rechazados en las universidades públicas. Bueno, el problema es más complejo que hacer los trenes bala que quiere, pero es una propuesta sensacional, para confirmar las simpatías que los jóvenes sienten por él.

Enrique Peña Nieto fue a mantener su ventaja y apenas le contestó a Josefina sus ataques. Estuvo simplemente bien, a diferencia de Obrador quien, siendo un peleador callejero, trató de ser un caballero del ring ante una lluvia de críticas sobre todo de la panista y de Gabriel Quadri, quien desaprovechó su mayor cultura e inteligencia en preguntas bobas y el mismo juego de yo soy ciudadano y ustedes los políticos profesionales que se echan lodo unos a otros.

Los primeros comentarios salidos de las redes sociales hablaban de un incremento de citas para Peña Nieto. Fiel a su estilo, hizo el mayor número de propuestas y, fiel a la conducta de todos los aspirantes, no dijo cómo instrumentaría sus compromisos.

Josefina fue la sorpresa de la noche, su mezcla de discurso de autoestima y de política social, su insistencia en presentarse como mujer salvadora, una especie de Juana de Arco, la llevó demasiado lejos y dejó entre la audiencia ingenua el sentimiento de que había triunfado plenamente en el debate. Atacó sin piedad a los dos más débiles: a López Obrador y a Enrique Peña Nieto. Pero también le pegó a Quadri donde más le duele: en la figura siniestra de Elba Esther Gordillo, dueña de la franquicia que lo postula. Josefina usó un recurso tomado no de la historia que desconoce sino de los periodistas críticos que han llamado la atención sobre cuál es el viejo PRI (el PRD) y cuál es el nuevo (el PRI), a los dos los exhibió con aceptable éxito, incluso cuando usando una imagen demencial, pidió un ejercicio de imaginación y que todos viéramos en el debate mujeres. Fue algo de una enorme simpleza y un juego poco serio.

Dudo que los cambios sean muy profundos luego del segundo debate. Pero me atrevería a hacer un vaticinio: mientras López Obrador perdía el tiempo mostrando su dream team, Josefina le comió el mandado. Es posible que haya recuperado el segundo lugar y sea ella quien ponga distancia con el PRD y con Quadri y se acerque a Peña Nieto.

Las consecuencias del debate no modificarán las estrategias del voto duro de cada uno, pero los ataques ad hominem que les proporcionó Josefina al expriista y al priista la han regresado a la competencia. De cualquier manera, el nuevo debate mostró que México vive en épocas predomocráticas, donde predominan las promesas y nadie nunca dice cómo llevarlas a cabo.

 

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