Enrique Aguilar Resillas
Fantasmas, la más reciente novela publicada por Armando Ramírez es una invención en la cual desde la primera línea está presente un narrador que lo mismo alude a un verso de Jorge Luis Borges que inventa un personaje que se llama igual que el autor, y a un supuesto primo de nombre Alberto, que es como un alter ego del primero.
En la trama de esta obra, entre esos dos personajes se establece un laberinto identitario, en el que unas veces uno es el minotauro, y otras veces ese mismo sujeto es Teseo. O para decirlo también con otra referencia a Borges, entre ellos aparece un juego de espejos en el que uno es el que se confiesa, el primo Alberto, y otro es el confesor, Armando, el personaje, pero ahí también se alternan y se cambian entre ellos los roles, porque luego el confesor ante el silencio y la presencia evasiva de ese primo desaparecido y luego aparecido, toma el rol del confesado y habla de los lugares que le gustan, de los datos que recuerda, de su romance con Joanne, de las crónicas que hace para la televisión y de los personajes que en su caminar se encuentra y entrevista.
Fantasmas es también una invitación a la memoria tanto de los dramas íntimos como lo puede ser una casi traición, o una carencia de convicción, en el caso del primo, hacia su novia Sofía o hacia sus ideales, como de los dramas sociales tipo el Movimiento del 68 y los años de la llamada Guerra Sucia que se vivió en México en los años setenta y que tanto el narrador intradiegético como el primo protagonista aluden, padecen y recuerdan.
Para que quede más claro, uno de los autores favoritos de Ramírez, el autor, es Borges, y por eso hay aquí tantas alusiones a la obra del argentino, y por eso es que también Armando creó en esta novela un narrador-personaje que se llama igual que él, y que tiene gustos como los de él, y hasta un trabajo igual al de él: luego, Ramírez quiere ser Borges…
Chistes aparte, lo que sí es cierto es que Ramírez creó un narrador-protagonista, que al igual que Funes el memorioso, se acuerda tanto de la historia reciente como de la antigua, de modo que los paseos con el primo le sirven para referirse lo mismo a hechos, datos y personajes prehispánicos que a lugares, hechos, personajes y edificios del tiempo de la Colonia, la Reforma, la Independencia y la Revolución hasta llegar a la época actual, aprovechando con mucho tino y malicia narrativa e informativa que el Centro Histórico de la Ciudad de México se presta para eso por ser un testimonio vivo y vigente de todas esas épocas.
Cuando uno después de leer esta novela, se para en la esquina de Madero e Isabel la Católica, o camina alrededor del Zócalo o cruza lo que fue San Juan de Letrán, o va a Garibaldi a oír a los mariachis, ahora ve esas calles, sitios y edificios y también recuerda que en esa esquina se paró el primo de Ramírez, el personaje, o que allá Armando, otra vez el personaje, le contó tal o cual anécdota de la tumba de Benito Juárez a su primo, o que desde ese balcón arrojaron el cuerpo de Sofía.
Uno de los poderes de la literatura es el de recuperar pero también el de crear mitos. Eso lo sabe Armando Ramírez, el autor, y en esta novela hace eso a lo largo de sus páginas. Ahora, así como al leer los textos de Guillermo Prieto, Ángel de Campo, Manuel Gutiérrez Nájera, Federico Gamboa y Francisco Zarco, a uno se le vuelven más queridas las zonas y los sitios en que ocurren sus crónicas y cuentos, creo que así va a pasar, o ya pasa, con los sitios, calles y edificios que aparecen en la novela Fantasmas de mi amigo Armando Ramírez, porque uno ya ve los sitios que él cita ahí con más afecto y cercanía, y porque al final de cuentas, como de algún modo lo dice Robert Graves, la literatura sirve para dejar constancia de lo que uno ha querido.
