Eve Gil
Justo al tiempo que la playmate semidesnuda que “adornó” el debate entre candidatos a la Presidencia de México acaparaba comentarios en redes sociales y medios de comunicación, yo leía La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), el más reciente libro del Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa. Este espectáculo erótico-cómico-político y casi musical que, gracias a las cualidades de showman del hasta entonces más gris de los candidatos, Gabriel Quadri, que “cayó en gracia” por comerse con los ojos a la edecán y afirmar con picardía que su esposa sí se había enojado, garantizará el registro del partido de la maestra Gordillo, habría rebasado el asombro del autor peruano respecto a la banalización de la cultura en la que centra su más reciente libro; banalización que, inevitablemente, se extiende a todo lo que de la cultura se desprende, como la política, el periodismo y la religión: “La frivolidad —se lee en la páginas 183 y 184— desarma moralmente a una cultura descreída. Socava sus valores e infiltra en su ejercicio prácticas deshonestas y, a veces, abiertamente delictivas, sin que haya en ellas ningún tipo de sanción moral (…) vivimos en un tiempo de fraudes en el que el delito, si es divertido y entretiene al gran número, se perdona”. ¿Y puede alguien negar el carácter criminal de tratar con tal ligereza el futuro político de un México al borde del colapso?: “En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey” (p. 44).
Aunque he de confesar que suelo entrar en conflicto con los ensayos de corte sociopolítico de Vargas Llosa (los literarios son tan espléndidos como su obra novelística), y La civilización del espectáculo no es la excepción, comenzaré por rescatar aquello con lo que estoy definitivamente de acuerdo. Comparto muchos de sus miedos e impresiones, una de ellas: alguien me está tomando el pelo. En una civilización de hombros alzados en que el cómico es rey, no es raro toparnos con autores que hacen pasar raros experimentos lingüísticos, sin argumento ni personajes, por novelas revolucionarias; o artistas plásticos que emplean caca de elefante para realizar obras pestilentes, o performanceros que “subyugan” a los diletantes (Mario Vargas Llosa no lo dice en su ensayo, pero considero que el diletante es, al siglo xxi, lo que los verdaderos conocedores del arte al xix) ingiriendo en público sus propias heces, no sin antes haber defecado ante un público que siente que está a punto de presenciar un acto en verdad transgresor, para que no quepa la menor duda de que dicha materia proviene de sus propias entrañas. Me viene a la mente aquel otro “artista” cuyo nombre nadie recuerda o ha preferido borrar de su mente, que tuvo la ocurrencia de montar una “instalación” que consistía en dejar morir de hambre a un perrito para que sus espectadores contemplaran su proceso de consunción.
Si a lo anterior agregamos que los críticos se han convertido en estrellas mediáticas, y pareciera que la misión de los escritores es escribir sólo para alimentar la pirotecnia verbal de éstos, transformando el ámbito literario —con nuestro país como uno de sus máximos exponentes— en un auténtico circo romano. La nobleza del crítico pertenece al pasado. Los Cyrill Connelly, los Lionel Trilling, que escribían, como sus sujetos de crítica, para los lectores, y permanecían al margen de los reflectores, son una especie en vías de extinción. Pero es posible decir lo mismo de los escritores que se preocupan mucho más por ser “revolucionarios” con el lenguaje que por llegar al corazón y al intelecto de los lectores: “…en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve bufón” (p. 46). Vargas Llosa considera que, por lo que respecta a la degradación de la crítica literaria, los deconstructivistas franceses tienen mucha culpa. Yo no estaría complemente segura, pero llevaría demasiado espacio dilucidar respecto a un tema que merecería un artículo aparte.
En uno de los primeros capítulos, Vargas Llosa coloca en tela de juicio lo que Giles Lipovetsky y Jean Serroy, mucho más optimistas que él, denominan “cultura mundo”. Según los autores franceses, el que el museo de Louvre, la Acrópolis y los anfiteatros griegos de Sicilia reciban a diario millones de visitantes, es síntoma de que la cultura goza aún de “una elevada legitimidad”. Vargas Llosa discrepa, y estoy de acuerdo, que más bien es síntoma de esnobismo. En un mundo donde todos son cultos y nadie lo es; donde cualquiera puede hacerse alguna idea del argumento de las obras maestras de la literatura con solo acceder a resúmenes edulcorados publicados en Internet , y la principal —¿y última?— finalidad de la cultura es “entretener”, resulta ingenuo suponer que el mundo está más interesado en el arte que antes. Lo que definitivamente ha cambiado es la noción de “utilidad” de la cultura, otra de las preocupaciones que comparto: se tiende a privilegiar la mera información por encima del goce estético, estrechamente relacionado con el erotismo, que debiera brindar el arte, y el autor lo asocia con la paulatina extinción del erotismo (otro tópico apasionante del libro en el que me encantaría extenderme), y a la cantidad con la cualidad: tanto vendes, tanto vales. Para botón de muestra, está su crítica a un artículo de Jorge Volpi donde el autor mexicano alaba las bondades del libro electrónico… y si bien yo pertenezco a la generación de Volpi, y debiera identificarme con su entusiasmo y sus apreciaciones prácticas respecto a la desaparición del papel y la posibilidad de volver compactas las bibliotecas que tanto espacio ocupan, y tantos ácaros generan, estoy completamente de acuerdo con Vargas Llosa respecto a que el libro electrónico anula por completo el placer que aporta el libro como objeto: “Me cuesta trabajo imaginar que las tabletas electrónicas, idénticas, anodinas, intercambiables, funcionales a más no poder, puedan despertar ese placer táctil preñado de sensualidad que despiertan los libros de papel en ciertos lectores. Pero no es raro que una época que tiene entre sus proezas haber acabado con el erotismo se esfume también el hedonismo refinado que enriquecía el placer espiritual de la lectura con el físico de tocar y acariciar” (p. 207).
Hay dos puntos en los que discrepo totalmente con el autro de La casa verde. El primero, su no reconocimiento como generadores Cultura, en su más amplio sentido, del rock, la alta costura, la alta cocina, el cine hollywoodense, el manga japonés (que han sido semillero de obras maestras que han conmovido a diversas sociedades, incluidas la nuestra) y hasta de Cirque du Soleil. Desconocedor acaso de los aportes de dichas manifestaciones al arte y la cultura, particularmente en los países donde se ha generado (como el ancestral arte del manga en Japón) los ubica en el territorio de la frivolidad, incluso de la “contra-cultura”. Exhibe el mismo desinterés —no me atrevo a nombrarlo ignorancia— en la visión de cultura en otras sociedades, lo esgrime al proclamarse a favor de la intransigente ley francesa que impide a las jóvenes musulmanas acudir con velo a las escuelas públicas. Y no tiene empacho en afirmar que estas jóvenes acuden veladas porque las obligan sus padres, y no concibe que sea una parte tan arraigada en su cultura y educación que no les sea fácil ni grato prescindir de ello, al menos en algunos casos: que se sientan desnudas, pues (él mismo menciona el caso de una mujer lapidada por aparecer en una película “pornográfica” donde sólo muestra… ¡la cabeza!). Mario Vargas Llosa está tan convencido de que la cultura occidental es un dechado de libertad, civilidad y democracia, aunque sea precisamente ésta la generadora de lo que critica —“La civilización del espectáculo”— que no ha abordado a una de estas jóvenes para preguntarle qué representa el velo para ellas, y cómo se sienten ante la intolerancia europea y mayoritariamente católica respecto a esta prenda, que él insiste en confundir indiscriminadamente con la burka. ¿Qué hay, por ejemplo, de los y las jóvenes que asisten a la escuela con un crucifijo colgado al cuello, por ejemplo? ¿O es que acaso la imposición a ultranza de una educación laica en Europa es exclusiva para los musulmanes que, va de nuez, Mario Vargas Llosa confunde a menudo con los talibanes y los terroristas islámicos?
Independientemente de estas últimas pifias que pretenden subrayar la supremacía de Occidente en cuyo seno, insisto, se han dado, en efecto, grandes obras de la literatura y la plástica, pero también los reality shows y el periodismo amarillista, La civilización del espectáculo es un libro digno de leerse.
