No queda tiempo para enconos
Yazmín Alessandrini
Justo en una semana, dentro de ocho días, México estará viviendo horas trascendentales de cara a lo que será su devenir como nación para los seis años siguientes. Esta, la elección del próximo 1 de julio, la tercera de este siglo veintiuno, marcará un punto de partida (gane quien gane) para que nuestro país cimiente un futuro inmediato verdaderamente tangible. Está claro que las condiciones están dadas para que cada uno de los poco más de 79 millones de sufragantes potenciales hagan valer el único y verdadero poder con peso específico dentro de una democracia: el voto libre y secreto.
Durante las últimas semanas nos ha tocado vivir procesos proselitistas decepcionantes, con cuatro candidatos (mejor dicho tres, porque el señor Gabriel Quadri es una mala broma) que desde su muy particular visión creen contar con los argumentos y las herramientas adecuados para conducir este país hacia un derrotero más esperanzador que el que hemos vivido en el pasado inmediato. Más allá de concepciones, filosofías y tendencias, a mí me parece que, gane quien gane, el triunfador de esta elección tendrá que llegar a la ceremonia de la toma de posesión convencido de que no sólo tiene que gobernar y beneficiar a aquéllos que le ayudaron (con su voto) a alcanzar la silla presidencial, deberá estar obligado a incluir en su proyecto de nación también a aquéllos que no simpatizaron con él en las urnas. Este no es un juego de “nosotros ganamos, ustedes perdieron”, México es un barco gigantesco en el que si navega, navega para todos y si se hunde, se hunde para todos.
Ya no queda tiempo para desgastarnos en descalificaciones y enconos. Hemos perdido horas valiosísimas en acusar y señalar a todos aquéllos que han lastimado y agraviado este gran país y a sus habitantes. De nada sirve que, desde sus respectivas trincheras, los actores políticos propongan firmas de pactos de civilidad que terminan siendo como llamados a misa porque, de entrada, eso debe estar más que asumido, entendido y asimilado: todo aquél que participe en actividades políticas tiene la obligación de ser un individuo íntegro, comprometido y respetuoso de toda regla y procedimiento establecidos.
En estos momentos en los que millones de mexicanos ya se están alistando para acudir a las urnas a votar, a mí sólo me ocupa el pensamiento una interrogante: ¿Qué pasará por la mente de todos estos votantes durante los instantes previos a cruzar las boletas con el crayón que sostienen en la diestra o en la zurda? ¿Estarán pensando en su futuro individual, en el de sus hijos, en el de sus familias, en el de sus amigos, en el de sus colegas de trabajo y patrones, en el de sus vecinos, en el de sus paisanos? ¡Yo espero que sí!
La cuenta regresiva ha comenzado.
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