Carlos Guevara Meza
El viernes 25 de mayo la ciudad de Al-Houla, en Siria, fue el escenario de una masacre terrible, la peor en lo que va del año de revuelta en ese país, que por primera vez unificó a las grandes potencias en una condena contra el régimen de Bashar al Assad, y pudiera convertirse en el detonador de una guerra civil abierta, total y probablemente brutal.
Ese día oficiales del gobierno dispersaron a tiros la ya tradicional manifestación de los viernes en contra del régimen en la ciudad. Poco después, rebeldes armados atacaron el retén militar desde el cual se disparó sobre los manifestantes. En respuesta, el ejército comenzó un bombardeo de artillería sobre la ciudad, mientras hombres que según los testigos portaban uniformes del ejército se presentaban en una zona cercana a la presa. Ahí atacaron un pequeño grupo de casas, entrando en ellas por la fuerza, y procedieron a asesinar a los moradores sin discriminación alguna. Un testigo declaró a la organización de derechos humanos Human Rights Wacht que había visto cómo uno de los uniformados le había pegado un tiro en la cabeza a un niño de 13 años.
El sábado 26 los observadores de la ONU presentes en Siria se desplazaron a Al-Houla y pudieron contar con sus propios ojos 92 cuerpos, de los cuales 32 eran de niños. Entre los adultos contaron también mujeres. Con sus propios ojos constataron que algunos de ellos presentaban heridas hechas con armas blancas (cuchillos e incluso hachas) y armas individuales (pistolas y fusiles); y otros, heridas mortales causadas por esquirlas de bombas. Pudieron observar también que la ciudad presentaba daños de proyectiles de artillería del tipo del que se puede disparar desde tanques. Al día siguiente, los observadores aumentaron el número de víctimas mortales a 108.
El domingo 27 el Consejo de Seguridad de la ONU fue convocado de urgencia para tratar el asunto. Los tradicionales aliados de Al Assad, Rusia y China, cuestionaron que la matanza hubiera sido realizada por las tropas leales al presidente sirio, pero las pruebas presentadas por Kofi Annan, ex Secretario General de la ONU y actual jefe de la misión internacional en Siria, no dejaban lugar a dudas. Aunque los hombres que realizaron el ataque de la presa no fueran militares (como argumentó el gobierno sirio) o incluso fueran rebeldes, el caso es que el bombardeo con artillería de tanques sólo pudo haberlo realizado el gobierno.
Así las cosas, el Consejo de Seguridad emitió una condena firmada unánimemente por los 15 miembros, incluyendo Rusia y China. Todos los miembros realizaron además condenas por separado, incluyendo Rusia y China, lo que sin duda representa un golpe al régimen sirio que siempre había contado con manifestaciones de apoyo de esos dos países. Por supuesto, Estados Unidos o Gran Bretaña fueron aún más duros en sus declaraciones: la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, de hecho pidió la salida de “Al Assad y sus secuaces”.
Como era de temer, la situación no quedó allí y durante todo el fin de semana se registraron manifestaciones contra el régimen, más represión armada por parte del gobierno contra los opositores y fuertes enfrentamientos entre el ejército y los rebeldes en ciudades como Homs, Hama, Idlib e incluso Damasco, la capital. Organismos internacionales calculan en 13 mil los muertos desde que se inició el conflicto y en 70 mil los desplazados por la violencia.
Entre los que condenaron la masacre de Al-Houla se encuentran los Hermanos Musulmanes, la organización egipcia cuyo candidato a la presidencia de Egipto quedó en segundo lugar en las recientes elecciones, sólo un punto porcentual por debajo del candidato al que se identifica con los militares (de hecho fue el último primer ministro del depuesto Hosni Mubarak).
Ambos, Mohamed Morsi (de los islamistas) y Ahmed Shafiq (de los militares) tendrán que enfrentarse en una segunda vuelta electoral, lo que constituye casi el peor de los escenarios en el caldeado ambiente político egipcio: para las potencias occidentales no hay a quién irle pues un Egipto volcado al islamismo es tan malo como la restauración del régimen de Mubarak (aunque sin Mubarak).
Para la sociedad de ese país, los dos candidatos representan una polarización que puede conducir a mayores conflictos y, en definitiva, muestra la derrota de los jóvenes revolucionarios modernizadores que iniciaron la revuelta contra el régimen. Así las cosas, las semanas que restan para la segunda vuelta serán de gran tensión. Pero un punto es clave: la votación estuvo muy por debajo de lo esperado (apenas el 46.4 por ciento del padrón) y los candidatos principales apenas sobrepasaron el 20 por ciento de los votos emitidos cada uno.
Los que fueron los favoritos (al menos para Occidente, por moderados) se desplomaron en la votación y quedaron fuera del juego. Ello significa que la sociedad egipcia ha comenzado a descreer del proceso de transición y por tanto del proceso electoral. El ganador de la segunda vuelta tendrá una mayoría, pero no a la mayoría del pueblo egipcio que les ha hecho el vacío a los políticos.
