De los cuatro, no se hace uno
Humberto Musacchio
El segundo debate entre los candidatos a gobernar la capital fue un nuevo fiasco. Pésima escenografía, mala iluminación de los aspirantes, fallas de origen en la emisión, pobreza de ideas, incapacidad para expresarse, rigidez física y aburrimiento marcaron la noche del domingo 17 de junio, a trece días de la elección.
Como era de esperarse, las candidatas de PRI, PAN y Panal —tres mujeres distintas y una triste oposición verdadera— dirigieron sus proyectiles contra la cabeza de Miguel Angel Mancera, el abanderado del PRD y enemigo a vencer en tanto que las encuestas le atribuyen 40 y más puntos de ventaja.
Rosario Guerra, la candidata del Panal, empezó muy nerviosa y, si bien se tranquilizó conforme avanzaba la emisión, la suya fue una suma de intervenciones machaconas sobre la supuesta misoginia de los gobiernos perredistas. Le asestó algunos cates a Beatriz Paredes —enemiga de la abeja reina del Panal— y otros a Mancera, pero sin entusiasmar.
Doña Isabel Miranda de Wallace estuvo combativa de principio a fin, pero sin recursos políticos ni polémicos, fue repetitiva hasta lindar con el ridículo, como ocurrió con 12 mil millones de pesos que presuntamente desaparecieron en la administración de Marcelo Ebrard y que le reclamaba a Mancera, como si el exprocurador los trajera en la bolsa.
De la Beatriz Paredes de otros tiempos queda muy poco. Le resta el corte priista de la vieja guardia, pero ya no está en ella la contundente oradora formada en la CNC, fogueada en mil batallas de su partido, la que a muy temprana edad llegó a la gubernatura de Tlaxcala. Esa política hábil y convincente no asistió al debate y se perdió en una interminable y confusa numeralia que poco decía a los espectadores.
Si Beatriz confiaba en hacer un mediano papel en el Distrito Federal para ganarse la Cancillería en el gabinete de Peña Nieto —si éste llegara a ganar—, ya puede irse preparando para una merecida pero triste jubilación. Para su fortuna, Mancera no le reclamó que ella fuera presidenta del PRI cuando este partido apoyó a la mochería panista en el endurecimiento de las penas contra las mujeres que abortan.
Por su parte, Mancera bateó todas las pelotas que le lanzaron, pero sin fuerza ni personalidad. Es, dicen, un buen candidato porque no tiene enemigos, pero lo cierto es que tampoco posee elocuencia ni la teatralidad que debe desplegar un buen político. Quizá pueda vencer, pero no ha podido convencer. Y ése es el drama. De los cuatro candidatos no se hace uno. La del debate fue una noche en que los zombies salieron en algunos canales de televisión. Nada más.
