Vicente Francisco Torres

Cuando terminé mis estudios en literatura hispanoamericana, me dio por leer novelas telúricas o de la tierra que me entusiasmaban y me conmovían. Había en ellas lo que conocemos como denuncia, pero yo las apreciaba como documentos geográficos e históricos llenos de lirismo. Siempre me gustaron los escritores que sabían nombrar la naturaleza, en América o en cualquier lugar del mundo. Tiempo después fui leyendo ensayos de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, pero sobre todo el hoy olvidado libro de Luis Alberto Sánchez América, novela sin novelistas. Todos coincidían en que eso no era literatura, que era literatura arcaica o eran protonovelas.

Por razones de trabajo he vuelto a leer algunas de esas novelas y me sorprende mi necedad pues las sigo encontrando atractivas. Tocó el turno a la primera novela de Ciro Alegría, La serpeinte de oro, publicada originalmente en 1935. Se desarrolla en el caserío de Calemar, en un valle andino que colinda con el río Marañón que, como sabemos, junto con el Ucayali va a formar parte del Amazonas. No tiene un argumento fuertemente tejido sino consta de un conjunto de anécdotas que se engarzan porque las protagoniza un puñado de entes de ficción que van apareciendo aquí y allá. Los personajes principales son balseros que viven de llevar a la gente de una orilla a otra del río, y también de sus cultivos de coca (la hoja sabia) y verduras. Aparece el ingeniero Osvaldo Martínez de Calderón que quiere llevar el ferrocarril, la industria eléctrica y la minería a esas altura andinas, pero muere al ser picado por una víbora porque, afirma Alegría, allí “la naturaleza es el destino”; de aquí deriva una épica que narra la lucha del hombre contra los indómitos elementos de la naturaleza. La novela recibe ese nombre porque el río Marañón, dada la riqueza de sus riberas, se le figuraba al ingeniero una serpiente de oro.

La narración fluye con el tórrido aliento expresivo de Ciro Alegría, pero el lector sufre tropiezos cuando aparece el habla típica de los personajes, llena de coloquialismos y de transcripciones fonéticas que, junto con el relato excesivamente pormenorizado de bailes, cantos, fiestas y creencias, lastran el “argumento”.

Frente a este inconveniente tenemos otros elementos para hacer un balance favorable del libro, sobre todo la consignación de la geografía que, dividida en regiones, siempre presentó Alegría en sus novelas y relatos: los Andes, los valles y la selva. Los padecimientos, hoy desconocidos o poco conocidos (como la uta, que sabemos se llama leishmaniasis), nos muestran cómo sufrían esos seres panteístas en las apartadas regiones a las que no llegaba la medicina. De aquí deriva mucho de su dramatismo. Se me dirá que si quiero enterarme de esos padecimientos lea un libro de medicina, pero me adelanto a responder que la novela los muestra con otro estilo y con otros recursos, y eso es lo que me interesa.

La obra da cuenta de un tiempo en que los habitantes originarios de las selvas colindantes con la puna mataban a los blancos que se internaban en ellas o se atrevían a levantar caseríos en sus proximidades. Derribaban los puentes y arrasaban los incipientes poblados.

Los episodios que muestran la naturaleza y las costumbres de los vallunos, propician una novela de aventuras que tiene episodios como la caza del puma, los aludes, la navegación en los rápidos y pongos, la lucha de los cholos contra soldados y policías…

Cierto que novelas como La serpiente de oro guardan elementos que nos dificultan un poco su lectura, pero el esfuerzo bien vale la pena por todo lo que entregan, por su testimonio de vida prístina.