Entrevista

Mary Carmen Sánchez Ambriz

El trabajo y la lectura siguen siendo una prioridad para Rubén Bonifaz Nuño. A sus ochenta y ocho años no deja de acudir a su cubículo ubicado en la planta alta de la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. El motivo de la visita es la publicación de una antología general que reúne poesía, ensayos y algunas de sus traducciones; los compiladores son Pável Granados y César Arenas. (unam / Gato negro ediciones). Hace tiempo que perdió la vista y una de sus secretarias funge como lectora. Con voz enfática lee La esposa de Allan de Rider Haggard.

—Don Rubén, ¿por qué seleccionó esta novela?

—Son libros de aventuras que he leído toda mi vida. Los conozco desde niño y me hace sentir un poco heroico al participar de los hechos, al recodar a los personajes.

—Usted nació en Veracruz. ¿Qué opina de la violencia que se vive no sólo en su estado natal sino en el resto del país? —Me parece monstruoso. La violencia es un hecho totalmente absurdo. El ser humano se destruye a sí mismo, ése es el origen también del narcotráfico.

—¿Por qué le gusta coleccionar caleidoscopios?

—Porque nunca la imagen es igual, siempre observo composiciones diferentes.

Y eso enriquece un poco la vida, es semejante a ella; la vida puede mostrar fenómenos que son totalmente desconocidos e inesperados. La vida llega porque sí, un poco como las imágenes variantes de un caleidoscopio.

—En esta antología de cuatro volúmenes de su obra, dos están dedicados a la poesía, uno a las traducciones que ha hecho de los clásicos y otro a sus ensayos. ¿Podría hablar de su interés por frecuentar el ensayo?

—Para mí lo fundamental no es explicarnos qué somos sino por qué somos así. Porque así hemos sido desde hace tiempo, desde antes que tuviéramos memoria histórica. Me interesa mucho saber qué es lo que fui antes de ser lo que soy ahora, un estudiante viejo que se empeña en olvidar lo que sabe y recordar el tiempo en que buscaba y estudiaba los problemas para saber qué es lo que era yo y qué es lo que había sido.

—Los héroes son esenciales en su poesía. ¿Podemos considerar que usted lucha heroicamente contra las versiones de la historia, según los misioneros, los indios cristianizados y los españoles?

—La cultura mexicana antigua que generalmente ha sido tratada por extranjeros, ha sido sometida a prejuicios y opiniones degradantes. Mi trabajo es destruir opiniones falsas, para suplir con causas verdaderas que enaltezcan lo que en realidad fue la antigua cultura. La historia mexicana se revela principalmente en las piedras que los antiguos mexicanos esculpieron, pero eso no quiere decir que las conozcamos.

—¿Qué tan importante es para usted hallar un lenguaje coloquial que no sea barroco?

—No busco complejidades sino simpleza. Busco lo que la gente pueda admitir sin esfuerzo, con las orejas. La poesía se escribe principalmente para los oídos; entonces lo que se oiga más fácilmente, lo que se puede hilar rápido a través del oído es lo que trato de hallar. Uno como poeta debe buscar ritmos nuevos, métricas, novedades en nuestra lengua. Por ejemplo, versos acentuados en la quinta sílaba que no son comunes, combinaciones raras como de diez con nueve sílabas. Así, tratando de decir lo mismo de otra manera.

—Ha traducido obras de Lucrecio, Catulo, Propercio, Julio César, Píndaro, Horacio, Virgilio y Ovidio, entre otros. ¿Esto se debe a la necesidad de tener versiones propias, para que no debamos recurrir a la lectura de los clásicos en traducciones hechas en España?

—Sí, es precisamente lo que me ha obligado a seguir con mis traducciones. El español de México es muy distinto y muy superior al que se habla en España. En los últimos veinte años han aparecido en España tres versiones de la Iliada, escritas en un español pésimo, llenas de modismos incomprensibles, con torpezas de sintaxis y de vocabulario. Yo he tratado de escribir en nuestra lengua nacional de la manera más comprensible y más apegada a lo que es la raíz misma de nuestra lengua. Me parece que es una necesidad absoluta que tratemos de dar a nuestros jóvenes versiones mexicanas, para que no estén influidos por pensamientos extranjeros.

—¿Qué opina de la versión de Alfonso Reyes a la Iliada?

—Reyes dice, cosa no muy cierta, que él apenas deletreaba la lengua de Homero. Alfonso Reyes reconoce que no hizo una traducción filológica de la Iliada sino una adaptación. Él escribió un poema admirable usando el argumento de la Iliada, de ese trabajo aprendí muchas cosas. Existen en español más de diez versiones de esta obra, yo intenté hacer algo más apegado, seguir fielmente cada palabra: traté de conservar el orden de las palabras empleadas por Homero. Además de la lección que consiste en una simple lectura, traté de explicar en el prólogo la necesidad que hay en todo momento de defender lo que los mexicanos consideramos como patria, poniendo como modelo al personaje troyano, a Héctor. La obligación de todo ser humano es defender el lugar en el que vive, el sitio donde ha nacido, de cuanta embestida exterior pueda existir, a costa naturalmente de la vida misma.

Una compañera desagradable

—¿Le tiene miedo a la muerte? —Por supuesto, cada vez la veo más cerca. Si me río de ella y la albureo no quiere decir que no le tema. Aquí está, sentada junto a mí. Es una compañía desagradable, se burla constantemente de mí. Siento como si me dijera: “Ahorita te dejo vivo, pero te voy a arrancar una oreja, y esa oreja ya va a estar muerta, por mucho que te pongas un audífono”. La muerte nos va ganando parte por parte a cada uno de nosotros, aprovecha el tiempo, las enfermedades, los accidentes, cualquier cosa. La muerte siempre está junto a nosotros tratando de acabarnos.

—Si llegara la muerte y le dijera que viene por usted, ¿qué le diría?

—Que me permitiera veinte años más de vida. Y posiblemente en esos años podría hacer otra cosa más útil. Por lo pronto, la muerte ya casi me quitó los ojos. Con dificultad puedo leer, pero aún sigo ocupado en traducciones.

—¿En algún momento de su vida ha llevado un diario?

—No, mis experiencias personales no tienen ningún valor excepcional. Por eso nunca las he considerado dignas de mostrar en libros.

—¿Cómo es un sueño recurrente de Rubén Bonifaz Nuño?

—¿Cuál será? Tiene que haberlo porque uno es un instrumento de una sola nota. Lo que es recurrente en mí es la necesidad de defender a México, posiblemente como herencia de mis padres.

—Si no se hubiera consagrado a la literatura y a la docencia, ¿a qué se habría dedicado?

—A eso mismo, no tengo otra manera de vivir, es mi destino. Estudié derecho, hubiera podido ejercer una carrera brillante, pero no pude. Con el primer pleito que perdí me di cuenta que no era capaz de estar perdiendo juicios porque el otro abogado era más hábil que yo, y me retiré de la profesión. En algún tiempo pensé que la pintura podría ser mi carrera, incluso me inscribí en La Esmeralda, fui alumno de Raúl Anguiano. Cierto día vi a dos muchachos de quince y dieciséis años que dibujaban mejor que yo. Entonces comprendí que en realidad no tenía ningún talento como pintor y me dediqué al estudio de las letras clásicas.

—De los poetas clásicos que ha traducido, ¿con quiénes se siente más identificado?

—Con Catulo y Homero. Cuando estaba traduciendo a Catulo recuerdo que pensaba que me traducía a mí mismo. Homero es el último poeta al que traduje, el mayor de todos, el más difícil de traducir y el que más admite falsificaciones e interpretaciones.

El poeta enamorado

—¿Alguna vez en su vida conoció a una mujer como Calipso, la que retrata Homero?

—Posiblemente sí. Eso a mis lectores les tocará encontrarla.

—Usted es un poeta que le canta a la mujer.

—La mujer, a mi modo de ver el mundo, es la criatura más perfecta por dentro y por fuera. Es la más completa, la más íntegra, el ser que cuenta con los valores más puros, más defendibles y sabe llevarlos siempre con dignidad.

—Lucía Méndez es la única de sus musas que figura con nombre.

—Sí, es cierto. Es una mujer maravillosamente bella, por eso le hice una pulsera de versos. —

La mujer a la que se refiere en su obra poética tiene rasgos de sirena.

¿Está de acuerdo?

—Es posible. Las sirenas tenían la virtud de atraer a los hombres con su canto. Era irresistible para los hombres no acudir y, cuando llegaban, ellas se los comían. Siempre he sentido esa atracción hacia el canto de las mujeres, pero a mí me pasa que, cuando escucho el canto, no las encuentro: las sirenas en vez de comerme me huyen.