Involuntaria comicidad panista
Humberto Musacchio
Malas noticias para Josefina Vázquez Mota: sigue cayendo en las encuestas, su equipo de campaña está dividido, ante los estudiantes de la Universidad Iberoamericana se ve obligada a marginar a Juan Molinar Horcasitas y, para colmo, el expresidente Vicente Fox llama a votar por Enrique Peña Nieto, el abanderado del PRI.
A lo anterior habría que agregar la adhesión de Manuel Espino a la candidatura del priista, pues el expresidente del PAN, quien navegaba sin remos ni timón, llegó en plan de náufrago a las playas tricolores, donde para ser admitido dijo que con él iban más de 900 mil ciudadanos ansiosos de ofrendar su voto en los altares peñistas, lo que por supuesto no le creyeron, pero ni falta que hacía, pues con la fuerza de convicciones que mostró Espino bastaba y sobraba para golpear al PAN.
Más grave fue el llamado de Vicente Fox a sumarse “al próximo presidente de México, que, según las encuestas, será Enrique Peña Nieto”, porque “ya es claro que se perfila” como ganador y “debemos apoyarlo”, pues a juicio del boquiflojo exmandatario, “sería equivocado que sigamos seis años más atacándonos unos a otros” (panistas y priistas, para que nos entendamos).
De paso, con su larga, torpe y retorcida lengua, Fox descalificó el movimiento Yo Soy 132, al que tildó de “manipulado” y negó cualquier influencia electoral: “No creo posible que 100, 500 o mil jóvenes se pongan de acuerdo de la noche a la mañana en un tema a seguir. Simple y sencillamente, alguien armó esto detrás”. Con tan lúcido análisis político y su proverbial fuerza de convicciones, Fox es otro panista que abandona el barco tratando de salvarse, pues de ganar Andrés Manuel Obrador alguien lo llamaría a cuentas para que aclarara la súbita riqueza que ha beneficiado a Chente, a Marta Sahagún y a los hijitos de ésta.
El espectáculo que han ofrecido Espino y Fox encierra una involuntaria comicidad que mucho divierte al respetable, pero igualmente muestra las miserias de nuestra vida política, en la cual un ranchero ignorante llegó a la Presidencia de la República y un ser tan repulsivo como Espino pudo ser el máximo dirigente de un partido que por décadas tuvo como divisa la decencia. Pero ya se sabe que el poder corrompe, y los azules no podían ser la excepción.
En el centro de la tragedia se queda Josefina Vázquez Mota, quien luego de una carrera pública deslumbrante, tendrá que volver a la grisura de su vida anterior y conformarse con las pequeñas recompensas del ámbito doméstico. México deberá esperar otra ocasión para tener una mujer presidenta.
