Impunidad como problema estructural
Teodoro Barajas Rodríguez
Las elecciones son un ritual, el método, la forma de renovar administraciones con cierta esperanza de lograr cambios. Por fortuna no vivimos bajo una monarquía ni gobernados por un solo bloque que reste el signo de lo plural. Aunque no se han registrado novedades fundamentales, algunos aspirantes acuden ante fedatario público porque la confianza en la clase política es baja y entendible.
En el profuso debate cotidiano, temas de capital importancia han sido dejados de lado en el discurso, particularmente el denso eje de la inseguridad. Los estragos de la guerra han producido un alto número de cifras, estadísticas de muerte con el tufo de la impunidad como problema estructural.
No creo que los problemas de México sean el resultado de últimas administraciones, el origen es más antiguo pero los efectos no han disminuido, la percepción es en sentido inverso.
Todo en la humanidad cambia, la dialéctica no es vaga referencia, estamos en el siglo XXI y los partidos políticos tienen una historia, la cual en muchos casos no se alinea con las condiciones actuales. Algunos nostálgicos del viejo PRI anhelan los años dorados de las vacas gordas, los excesos y la represión que ya no tienen razón de ser.
Si el PRI retorna al poder se construiría un nuevo modelo, ya el paradigma añoso no resiste un análisis crítico. La alternancia ofrece alternativas diversas, la normalidad de las democracias tiene otros signos temporales.
México tiene gran potencial, recursos, cultura, historia y todos los elementos para lanzarse por un crecimiento sostenido que se posterga indefinidamente. La corrupción no se extirpa, es la tumoración del sistema no privativa de un solo partido, pueden recopilarse miles de historias, una de ellas inspiró al gran Carlos Fuentes a escribir La muerte de Artemio Cruz.
México tuvo liderazgo en el concierto internacional, páginas llenas de heroísmo. Fue el hermano mayor en América Latina, lugar del que fue destronado bajo el pretexto de la globalización, canceló la típica política internacionalista para volverse uno más.
Brasil con mayores problemas económicos superó esa barrera, rompió los atavismos y desplazó los dogmas para escalar, pagar la descomunal deuda e instalarse en una posición diferente. Aquí el desarrollo se estanca, se confronta el fervor por el pasado con la modernidad, dos Méxicos, uno que no termina de morir y otro que no termina el alumbramiento. Tal es la razón de la parálisis que anula la transición.
No creo que el crecimiento mexicano sea producto de un solo hombre con todo y la tradición mesiánica que nos caracteriza como pueblo desde la etapa fundacional. Los tlatoanis apuntan a la religión, no a lo terrenal.
Pocos días nos alejan de esa cita en las urnas, aunque mucho más tiempo para alcanzar una óptima maduración democrática. Una cosa queda clara, lo ideal no existe, aunque la utopía si.
Tal vez lo que tiene una mayor exactitud en la guerra de las aproximaciones estadísticas es que el PAN no repetirá en la primera magistratura de la nación.
