Réquiem

 

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse;

antes al contrario,  la hacen más profunda.

 

Gustave Flaubert

 

José Alfonso Suárez del Real y Aguilera

El esqueleto Decó del otrora majestuoso Cine Cosmos espera letalmente la picota para dar paso a una nueva construcción que se apropie del inmenso terreno que desde 1948 ocupó ese refugio de la imaginación y diversión que miles de capitalinos disfrutamos desde nuestra infancia, hasta sus estertóreas funciones en su dividida sala.

El monumental edificio concebido por uno de los más prestigiosos arquitectos de la República de los cines, Carlos Crombé, cuya inauguración se frustró tras un inesperado incendio hasta que, en 1948 —y tras los trabajos comandados por el arquitecto Carlos Vergara—,  abriera sus puertas un impresionante aforo de 2 mil 600 butacas, en breve será sustituido por una agencia funeraria, macabro final para un inmueble que, a pesar de sus alteraciones, exhibe una grandilocuencia arquitectónica que debiese obligar a nuestra memoria colectiva a preservarlo como espacio de la recreación de la vida, por sobre el fúnebre destino que se le depara a un espacio que nos permitió vivir aventuras y desventuras a infinidad de niños, quienes acudimos a sus legendarias matinées.

Conocer el patético destino del Cosmos nos remite a la paulatina e inmisericorde pérdida del patrimonio arquitectónico cinematográfico de la ciudad y del país,  tan reprochable en contra de esos espacios paradigmáticos que congregaron a miles de familias en torno a los estrenos cinematográficos de una época en la que el cine constituía un orgullo nacional, cuya función educadora fue hábilmente aprovechada por el Estado mexicano para consolidar la llamada cultura nacional, a la que grandes figuras de la vida cultural y artística del país contribuyeron con su compromiso y entusiasmo.

A pesar de las cargas ideológicas y morales que acusan los contenidos de nuestro Cine de Oro, nadie pone en tela de juicio el papel fundamental que jugaron esas películas ante la amenaza representada por Hollywood y su estrategia anexionista, a la que los cineastas mexicanos supieron responder con éxito, hasta que el gobierno salinista abdica de sus públicos y cede las pantallas mexicanas al cine estadunidense a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en el que nuestro país, a diferencia de Canadá, no defendió su excepcionalidad cultural, calificada como obstáculo integrador por los neoliberales, que ubicaron nuestras expresiones culturales como meras mercancías, y no como expresiones de nuestra extraordinaria capacidad creativa.

A esa lamentable traición, los creadores cinematográficos mexicanos han sabido responder con pasión y convicción cultural y, tras superar uno de los baches más vergonzosos de nuestra producción fílmica, hoy vivimos un renacimiento del cine  mexicano cuya calidad y contenidos reconquistan a los públicos internacionales, a pesar de la renuencia de distribuidores y exhibidores locales para proyectar nuestro cine en sus microsalas.

Por ello duele ver el abandono con el que el Estado permite la desaparición sistemática de las grandes y pequeñas salas de cine en manos de la especulación inmobiliaria, que, en detrimento de la memoria colectiva,  destina las superficies que las albergaron a negocios que van desde centros comerciales, recintos religiosos hasta funerarias.

El aciago destino del mítico cine Cosmos nos remite a la sentencia de Flaubert, ya que esa pérdida hace más profunda nuestra soledad, al recordar ese espacio colectivo, poblado de tantas vivencias hoy condenado a ser espacio del dolor ante la ausencia de vida.