Rafael Herrera Jiménez

 Se cuenta que en alguna antología de cuentos realizada por alumnos de la carrera de Letras Hispánicas de la UNAM, la doctora Eugenia Revueltas encontró una peculiar fabulación que, según su muy personal juicio, debería ser sacada a la luz para deleite y disfrute de la humanidad. Decidió, pues, organizar un coloquio con miras a convertirse en Cátedra Prima; los investigadores y los hombres de Letras no tardaron en confirmar su asistencia al acontecimiento que develaría tan majestuoso hallazgo. Desde aquí la historia se hace confusa: no se conoce con precisión el asco o el rechazo de los eruditos hacia las tesis de la doctora. Sin embargo, al hurgar entre los archivos audiovisuales de la facultad me encontré con una grabación original del cuento. Tal vez, este nuevo recurso nos permita esclarecer la singular reacción de la academia. He aquí la transcripción.

Un cuento hermoso

Algo me rondaba y me escocía la cabeza últimamente; no daba yo con lo que era. Por ahí del tres de octubre me acordé: no había hecho mi cuento en equipo para la materia de Historia. ¡Chin!, ni modo, a joderse la noche en vela. Para mi tranquilidad, tampoco a mis compañeritos se les había cruzado por su cabecita el cuento, así que, muy preparatorianamente, pidieron y suplicaron una prórroga. El plazo concedido fue como de cinco días, sin embargo yo aún no tenía nada trabajado y la presión me comía los sesos; no tenía una puta idea de cómo iba a salir el cuento.

Decidí recurrir directamente a mi musa: Pantitlán (¡puta, que fea y manoseada musa!).

Una gran hueva me impedía mover el dedo y los pies y las patas; finalmente, mi sentido de la responsabilidad y de trabajo en equipo (¡ay, qué risa!) me obligó a poner manos a la obra. Pero, para no llegar sin fusil a la guerra, decidí armar un plan de trabajo, el cual, una vez adentrado en el corazón  del Oriente  capitalino, pondría en marcha:  para mamonear un poco y sentirme tantito más escritor, me armaría de una máquina de escribir Olivetti y escribiría, cual pintor impresionista, al calor de mi amada.

Perdone la interrupción, pero la historia de esta máquina es curiosa: mi papá la encontró olvidada en un estacionamiento, lo que me hace conjeturar ¿quién chingados olvida una máquina de escribir en un estacionamiento? No mames, ni que fuera del tamaño del pene de una hormiga (¿las hormigas tienen pene?). En fin.

Abordé el Metro en Taxqueña, el Metro más cercano a mi comunidad (Xochimilco). Oh, de todo el Metro Taxqueña es mi novia, aunque pueda dormir todas la noches con otra y revolcarme en los andenes de las más arrabaleras líneas. Taxqueña siempre será mi niña bonita.

Prosigo. Después de un viaje bastante común, bajé en la aromática y frutal Chabacano: de ahí en adelante me encontraba en el Tártaro capitalino. Caminé el transbordo dirección Pantitlán y subí al vagón. La verdad es que los vagones de la línea 9 siempre me han parecido sucios, cochinos y viejos. Algunos, en ocasiones presentan una piso de mosaico que lastima y hiere a mi buen gusto (eso creo yo). Con el disgusto que siempre me provoca esa línea oscura, caliente y pesada, transcurrió mi viaje. No hacía más que pensar en cómo sería mi primer encuentro, mi primera impresión con Panti ¿Me gustaría? ¿Me recibiría con los brazos abiertos cual hijo pródigo o me daría la espalda como una amante despechada? Mis manos sudaban, mi cabeza retumbaba y mi culo, expectante, era presa del nerviosismo.

Al llegar a la estación Puebla, yo ya me quería bajar, pero ni modo tenía que hacer el méndigo trabajo éste. Así que ahí iba yo, con mi maquinita de escribir, vestidito con mi ropita lavadita y planchadita, la verdad es que qué pinches osos hago: pseudoescritor, pseudoartista, pseudociudadano y pseudohumano.

Bueno, pues, continúo. Las voces anunciaban la próxima estación: “Próxima estación: Pantitlán, transbordo con línea 1, línea 2… tururú”. Estaba yo que me cagaba, pero ni modo: lo hecho, hecho estaba. Me

levanté del asiento que ocupaba y me dirigí a las puertas por donde, supuse, se llevaría al cabo el descenso de pasajeros.

Y se veían las luces, ya el tren disminuía su velocidad, ya estaba a punto de cagarme. Las puertas se abrieron, San Pedro me las abrió (las patas jaja, perdón el chiste): un tufo celeste fulminante, un calor de infierno y un espectáculo del apocalipsis me dieron la bienvenida. Bajé impulsado por las almas penitentes que me estrujaban y toqueteaban por doquier, me sentí, nuevamente (en varias ocasiones el Metro me ha hecho sentir así), como un hombre público, como una puta, como una güila, como Yordi Rosado al ser explotado por Adal Ramones (puta, qué mal me sentía entonces).

Ya restablecido de aquel golpe a mi moral y a mi intimidad, busque algún huequito, algún pedacito de escalera en el cual sentarme a escribir y reflexionar sobre mi musa y mi cuento. Ahí en la escalerota lo encontré y dije: órale mano, a escribir, porque si no, pues se chingan al equipo. Con mucho cuidado, saqué la máquina de su funda, la mire fijamente y me solté, me volqué sobre sus teclas (doble sentido), me vomité y me vine al escuchar su timbre. Al cabo de una media hora, terminé; mi imaginación se agotó, se terminó; pude haber pasado al cielo, pero me quedé en Pantitlán. Sin embargo, el sabor en mi boca era dulce cual cajeta envinada: tenía mi cuento, mi creación, mi calificación.

Ya menos eufórico y en mi casita, me puse a leer al hijo que con tanto esfuerzo traje al mundo. Me pareció una mamada, como muchas de las cosas que escribo y digo (desgraciadamente), pero no pude evitar sentirme lleno de satisfacción por mi obra: había bajado al infierno y vuelto con un hijo, con un cachorrito, con un baby muy enfermo e imperfecto pero mío.