Tiene la nariz más larga que Pinocho
René Avilés Fabila
La historia de México poco ha dejado constancia de gobernantes y políticos que hayan basado toda su estrategia en la mentira, en la flagrante contradicción. Lo más llamativo es el hecho de que a nadie parezca importarle su conducta, a lo sumo, cada tanto alguien le pregunta por qué modificó sus palabras. Vuelve a recurrir a la mentira. Hablo, desde luego, de Andrés Manuel López Obrador, quien se ha convertido en el gran elector, con una estrategia habilidosa que va de la falsedad a la demagogia. Lo asombroso es la forma en que cambia de opinión y engaña con tal de alcanzar su gran ambición, la Presidencia de México.
No es un político, se lo dijo públicamente a Javier Sicilia, que pueda ser metido en el mismo saco donde habitan todos los demás. El problema es que él es peor que los demás porque se ve a sí mismo como un ungido de los dioses para salvar a México. Lo mismo que pensaron en su momento Hitler y Mussolini. Lo grave es que en sus redes han caído intelectuales honestos, empresarios más o menos dignos y millones de ciudadanos, sobre todo capitalinos, que lo ven efectivamente como un nuevo Mesías, cuando es un hombre tramposo. Para reconquistar simpatías, dejó su lado oscuro y majadero e hizo suyo un programa cursi e imposible de instrumentar llamado la república amorosa. Por semanas trató de ponerlo en práctica, pero sus seguidores mostraban sorpresa al no saber qué era eso que ahora los mantenía ante priistas y panistas y ante las encuestas que lo ponían en tercer lugar, decidió regresar a lo suyo: a la violencia y sobre todo al engaño. Los empresarios dejaron de ser los malos y ahora, en su lógica, son buenos y patriotas, al menos los que le aportan dinero para su campaña.
Las dos grandes televisoras son sus peores enemigas, dicen sus partidarios y él lo confirma todos los días, pero le dan el mismo o más espacio que a su enemigo Enrique Peña Nieto debido a sus escándalos y contradicciones, así mismo con él comparte un alto número de críticas. Dice descreer en las encuestas, sólo que cuando lo favorecen entonces sí son correctas. A todos acusa de corruptos y traidores, cuando a su lado están algunos ladrones evidentes y la mayoría de sus partidarios cercanos, como él, viene de traicionar a su partido, el PRI, donde se formaron e hicieron una carrera exitosa, tales son los casos de Arturo Núñez, Ricardo Monreal, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard. Es curioso que los expriistas, al dejar el PRI, para irse al PRD se conviertan en decentes, incorruptibles y de “izquierda”.
Si alguien se ocupara con seriedad de ordenar las mentiras y falsedades de López Obrador, descubriría que su nariz es más larga que la de Pinocho y que justo lo que él señala de sus adversarios son sus propios defectos y vicios. Todos han rebasado los topes de campaña, todos, menos él. El único que cumple es él. Su honestidad es a prueba de balas, pero todos los días aparece una nueva claudicación en su incorruptible andar. Ayer fue Bejarano y Ahumada, hoy son los empresarios que le dan respaldo económico. ¿Es de izquierda? Sólo hay que compararlo con sus acciones. Paradigmas de lo que implica esa tendencia los hay. A lo sumo es alguien que va en pos del centro, los cero grados de la política. Su proyecto no dista del de Peña Nieto o de Josefina Vázquez Mota. Todos hablan de lo mismo.
Lo que me sorprende en verdad es que tenga al país de rodillas, en espera de su nuevo paso, de ver qué sigue en su tortuosa agenda de lodo.
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