Eve Gil
La lectura del espléndido libro testimonial de la escritora y rockera Patti Smith, puede darnos una idea aproximada del verdadero significado de esta palabra, tan desvirtuada en nuestros días. La experiencia que nos transmite en su más reciente libro, Éramos unos niños (Lumen, 2012) pudiera resumirse de la siguiente manera: el artista empieza por crear un mundo personal, con lo poco —o mucho— que tenga a mano, que termina siendo acogedor para muchos más. Aunque uno tiene la imagen de Patti Smith como miembro de la realeza del rock, lo cierto es que sus talentos son diversos, y en cada una de sus facetas ha obtenido reconocimiento. De hecho, antes de pensar siquiera que podía ser cantante y liderar una banda, más aun, siendo una chica al frente de una banda compuesta por varones, Patti incursionó con cierto éxito en la poesía y la fotografía, y ha sabido armonizarlas como pocos con la música. Pero Patti tuvo la fortuna de encontrar en su camino a un compañero excepcional, Robert Mapplethorpe, que empezó siendo su mejor amigo, y nunca dejó de serlo cuando pasaron a convertirse en pareja sentimental y, posteriormente, al reconocer él su preferencia homosexual, continuó siendo un partner, palabra sin una apropiada traducción en español pero que alude a un par de amigos que son algo así como ángeles guardianes, uno para el otro.
Mapplethorpe, hijo de católicos practicantes, casi fanáticos, terminó siendo uno de los artistas visuales más transgresores de la década de los setenta. Aunque sus intereses eran tan variados como los de Patti, y hasta contrapuestos, la faceta que le dio fama y fortuna fue la de “pornógrafo”, y lo entrecomillo porque su apuesta fue demostrar que era posible hacer arte partiendo de escenas pornográficas. Pese a que para entonces ya había “salido del clóset”, su campo de acción no se restringió a la actividad homosexual, sino a una gran diversidad de prácticas que incluían el sadomasoquismo. Sobre todo perseguía el realismo: retratar el ejercicio de la sexualidad humana tal cual, y no en pocas ocasiones recurrió a sus propios genitales para elaborar asombrosos collages. Vale la pena destacar, sin embargo, que al margen de ser uno de los pocos fotógrafos de pornografía que ameritó ser expuesto en recintos por demás respetables, Mapplethorpe era, ante todo, un fotógrafo excepcional. Y a él le debemos los mejores retratos de Patti Smith, empleados tanto para las portadas de sus libros como para las carátulas de sus discos, como el ya legendario Horses.
Aunque se trata de una autobiografía, en la que Patti no acapara el rol protagónico pues Robert es una parte inherente a su persona, no tendría empacho en denominarlo “novela” gracias no sólo a su estructura, sino, sobre todo, a su prosa poética. Me animaría, incluso, a sugerir que se trata de una bildungsroman o “novela de construcción”. Nacida en el North Side de Chicago, el 30 de diciembre de 1946, Patti se crió en el seno de una familia armoniosa y tuvo una infancia feliz y campirana, hasta que a los diecisiete años, explorando la sexualidad con un amigo que no llegaba a novio, la futura estrella quedó encinta. Los padres se solidarizaron con ella y la enviaron lejos de las habladurías del pueblo. Patti sería protegida entonces por un matrimonio bien avenido, y su hijo depositado en buenas manos, pero lo más notable de esta anécdota, es que fue precisamente durante aquel trance que Patti descubrió su vocación artística, aunque pasarían varios años para darle forma a esas inquietudes, que lo mismo cobraban forma de imágenes que de versos. Posteriormente, inspirada por Rimbaud, la jovencita invertiría sus últimos centavos en un pasaje rumbo a Nueva York donde llevaría vida de homeless durante buen rato, antes de lograr su primer empleo como cajera en una librería. Es allí donde conocerá al personaje más trascendente de su vida, Robert Mappplethorpe, quien no sólo la rescata de un momento embarazoso, sino además se le manifiesta como un alma gemela; un potencial artista que sin embargo no encuentra cómo canalizar sus talentos con tan escasos recursos: “(…) Vivíamos a base de pan duro y latas de estofado de buey. No teníamos dinero para ir a ninguna parte, ni televisor, teléfono ni radio. Pero teníamos nuestro tocadiscos y lo preparábamos para que el disco que habíamos elegido sonara mientras dormíamos” (p. 65).
La odisea narrada por Patti; la de ella y Robert persiguiendo un sueño que ninguno de los dos tenía muy claro y sin embargo aguardaba por ellos en algún lugar, los lleva directo al legendario Hotel Chelsea, donde se codean con otros artistas homeless, alguno de los cuales llegarían a ser muy famosos, o lo eran ya, como el caso de Janis Joplin, y es justo allí donde ese sueño común empieza a cobrar forma. El talento y el carisma que juntos irradian, les acarrea no sólo amigos, también admiradores, incluso mecenas. Lo más apasionante de la narración, sin embargo, consiste en seguir el trayecto de la pareja —que permanece indisoluble, casi en calidad de hermanos, después que Robert se reconoce homosexual— hasta el descubrimiento, y posterior conquista, de sí mismos.
Tras una serie de experimentos artísticos de diversa índole, Robert termina triunfando como fotógrafo y Patti, como líder de un grupo de rock donde, por cierto, es la única mujer. El éxito les llega casi simultáneamente, y es en medio de la vorágine propia del mismo que, tras muchos años de tierna complicidad, los caminos de la singular pareja se bifurcan aunque en cierto modo nunca dejan de estar uno en la vida del otro. Patti se casa con el guitarrista Fred Sonic Smith y se convierte en madre de dos hijos varones, y Robert, cámara en mano, captura cada uno de estos momentos que no se quedan en el archivo de los recuerdos personales, sino que salen al mundo en calidad de obras artísticas. La separación definitiva sobrevendrá cuando Robert sucumbe a la “epidemia” de los años ochenta —el Sida— y hasta el último suspiro, Patti estará a su lado.
¿Qué era lo que perseguían estos jóvenes soñadores? ¿La fama? Bastaba su sola presencia en cualquier sitio al que acudieran, para que de inmediato se vieran rodeados de gente que los amaba a primera vista: la seguridad que irradiaban mezclada con cierto aire famélico; las ropas adquiridas en bazares de segunda, sus apariencias peculiares (Robert, bello como un ángel; Patti, de aspecto andrógino, confundida a menudo con muchachito hermoso). Estoy convencida de que los artistas nacen pero (alterando un poco el lugar común pronunciado en estos casos) raras veces saben que lo son. Un buen día lo descubren y su máxima ambición es llegar a vivir honestamente de su talento, sin necesidad de alternar esta actividad con otra, por lo general vulgar. La fama es sólo una consecuencia de perseverar y no, como algunos ingenuos piensan, un fin en sí misma. Esa es una de las enormes enseñanzas que nos deja este extraordinario libro que le valió a Patti uno más de sus innumerables premios: El National Book Award 2011 en la categoría de No ficción.
