Terminó la campaña electoral
Humberto Musacchio
Terminó la campaña electoral y con ella la tortura de los miles de spots, la multimillonaria pérdida laboral de horas hombre en el sector público, la producción en gran escala de estandartes, volantes, carteles y otra basura propagandística; terminó la insoportable verborragia de los candidatos y de sus locutores alquilados, la mentira bajo tarifa, la guerra electrónica de canalladas y el envilecimiento de la política.
Se acabaron los tres meses de campaña, pero asistimos al final de un largo recorrido de candidatos que tienen seis y más años buscando los reflectores, desde las intensas pero modestísimas giras de Andrés Manuel López Obrador hasta la apabullante y muy onerosa omnipresencia de Enrique Peña Nieto, pasando por la prolongada exposición de Josefina Vázquez Mota desde los cargos públicos.
Una campaña en radio y televisión reducida a sólo dos meses nos saldría mucho más barata a los contribuyentes, pero sobre todo evitaría que entraran al circo comicial los recursos de particulares —en montos no siempre legales— o las divisas negras que hallan en las campañas un lavadero ideal y de paso comprometen a los aspirantes a portarse bien con los poderes fácticos.
Limitar el tiempo de campaña y ponerla únicamente en radio y televisión evitaría que los gobernadores desviaran dinero público para apoyar a su candidato. De esa manera, sería más fácil proceder a una mayor y mejor fiscalización, la que por ahora es imposible, no sólo por la abulia del Instituto Federal Electoral, sino porque a los responsables del trasiego de fondos se les puede acusar de sinvergüenzas, pero no de idiotas.
Acortar y acotar la campaña a los medios electrónicos daría una amplísima exposición a los candidatos y sus propuestas, pero a la vez haría más fácil impedir la compra de espacios en los noticieros y en otros programas. Con pequeños ajustes a la legislación, se podría evitar que los lectores de noticias comercializaran sus comentarios a favor de uno u otro candidato.
Un proceso electoral limitado en tiempo y escenarios haría innecesaria la de por sí superflua muchedumbre burocrático-electoral. Si de paso se concentraran en un solo organismo todos los procesos electorales, federales, estatales y municipales, se liberarían recursos financieros que los gobiernos locales podrían destinar al beneficio social.
Algo hay que hacer. Un país con tantas necesidades no puede seguir con este derroche criminal que a fin de cuentas ni siquiera aporta certeza electoral y nos ha convertido en una sociedad escindida, fracturada. Los mexicanos merecemos otra cosa.
