César Arístides

A mi gran amigo Ricardo Muñoz Munguía

La vida y la obra de Juan de Tassis han provocado encanto y admiración. Una suerte de melancólica devoción a su poesía intensa y a su carácter temerario que lo condujo al amor salvaje, secreto, a la seducción de la persona menos indicada, a una muerte bárbara en el enigma más profundo de la noche.
Encantado por su leyenda, Ángel Saavedra, conocido en la literatura universal como Duque de Rivas, escribió una serie de cuatro romances que tituló “El Conde de Villamediana”, en ellos elabora una lúdica recreación del amor prohibido entre el conde y la mujer del rey “Felipe cuarto”. Dibuja la gallardía del conde, el embeleso de la reina y la atmósfera festiva de aquella España de altos vuelos ornamentada por el lujo y la simulación.
Por la gracia y la puntualidad de los octosílabos sabemos que la evocación comienza en la plaza de toros de Madrid donde se festeja al rey con una fastuosa corrida, allí se presenta el conde y el rumor de sus amores se desplaza como un perfume de sensualidad y veneno. Siguen los festejos al monarca con un sarao y fiesta popular en calles y plazuelas. En palacio, la dicha mundana y los brindis se multiplican. Conversan y sonríen las damas y los nobles, la realeza y la corte se funden para regocijo del rey; y hasta el Duque de Rivas acomoda en un lugar privilegiado del salón a Lope de Vega, a Quevedo y a Góngora para que afilen sus colmillos humorísticos e intercambien sus venablos.
Todo parece ser cima de júbilo pero… una seña de la reina basta para que el Conde sepa dónde encontrarla; mas cuando se dirige a la cita se topa con la mirada furibunda del rey. La tensión crece, el amor conjurado se vuelve una daga de presentimientos, el monarca advierte la traición y llega a su reina por la espalda, le tapa los ojos en maléfica broma y ella responde, trémula: “‘Déjame Conde —prorrumpe/ Con dulces lánguidos ecos;/ No es esta ocasión de burlas,/ Pues es de infortunios tiempo./ Déjame y escucha, Conde’./ Libre la dejan en esto/ Las manos que la cegaban,/ Y se encuentra sola ¡cielos!/ Con su marido, que arroja/ Por los ojos rabia y fuego”.
Ella no soporta ser descubierta y se desmaya, el rey imperturbable llama a uno de sus más leales para darle la encomienda. La celebración se interrumpe porque la reina se encuentra de pronto indispuesta, salen a la oscuridad los caballeros, los nobles invitados y los oscuros presagios. El Conde se hunde en la angustia, le duele saber que iba al encuentro de su amada y que, sin abrazarla, debe ya marcharse: “El gran tropel que desciende/ Las escaleras, violento/ Arrastra a Villamediana,/ Que va delirante y ciego./ Su carroza no parece…/ En la de Orgaz toma puesto,/ Y ambos condes por las calles/ (Que aún no estaban, cual las vemos,/ Alumbradas con faroles)/ Veloces van y en silencio./ Grita en una encrucijada/ Una voz: ‘¡Conde!’ El cochero/ Para al punto los caballos;/ Pregunta Orgaz desde dentro:/ ‘¿A cuál de los dos?’ De fuera/ ‘Villamediana’, dijeron./ Villamediana, al estribo,/ Juzgando que es mensajero/ De la reina quien lo llama,/ Sacó la cabeza y pecho;/ Y al punto se lo traspasa/ Una daga de gran precio,/ Con tal furor, que a la espalda/ Asomó el agudo hierro./ Cayó herido en el coche/ Un mar de sangre vertiendo,/ Y de su amigo en los brazos/ Al instante quedó muerto”. Así concluye el romance cuarto de esta semblanza ardiente y trágica que, sin duda, conmueve y eleva con su magnífico decorado y limpios versos, la figura terrible y también seductora del ilustre Conde de Villamediana.