Adriana Cortés Koloffon

Un elemento azaroso que irrumpe en la cotidianidad y la trastoca es crucial en los relatos de Amor y otros suicidios (Ediciones B), de Ana Clavel. Durante la entrevista, de pronto la mesera, en el café donde estábamos, me llevó un papel doblado: “se lo mandan”, me dijo mientras las abejas volaban a nuestro alrededor. Lo abrí: “Adriana, más respeto a las abejas”, leí con sorpresa. Pensé que Ana Clavel me había jugado una broma o que por alguna extraña razón me había convertido en una protagonista de sus cuentos. Descubrí entonces a un amigo, quien riendo, me había visto pelearme con ellas. El suceso de las abejas le sirvió a Ana como pretexto para crear una metáfora que explica la construcción de sus personajes:
—Es como una abeja que está dando vueltas alrededor de un elemento que de pronto se vuelve un elemento de deseo. En el caso de “Turbias lágrimas de una simple durmiente” muestro la locura del protagonista para volver su vida desgraciada en función de una fantasía. Como la abeja, persigue el elemento que es el objeto de su deseo, como esa gota de miel, el amarillo de la naranjada sin importar si de por medio te llevas a Adriana. Sigue obsesionada de esa gota de deseo que se te volvió una necesidad irrenunciable. Vuelvo al caso de “Turbias lágrimas”: yo tenía dos personas cercanas a mí: él estaba enamorado, a punto de casarse, y dos semanas antes conoce a una mujer muy parecida a Sean Young, pero no hace nada porque él estaba con la idea de que ya tenía una relación muy larga con su novia y se casó. Como era de esperarse finalmente el matrimonio fracasó. Escribir el cuento fue como ir soltando la intuición, ir indagando las razones de que este personaje tuviera una existencia trágica o el deseo de tener en la vida real una historia de amor apasionado como el que se plantea en la película, entonces se vuelve desdichado y también su mujer porque siempre está pensando en un amor pasión que nos viene heredado de viejos mitos como el de Tristán e Isolda.
—¿Reconoce una influencia de Ian Mc Ewan en cuanto al tema de la transgresión?
—Son más cruentas, sórdidas y terribles las de él.
—¿Se reconoce una multimedia writer, como escriben en la contraportada de la traducción al francés de Las violetas son flores del deseo?
—Sustancialmente soy escritora. Siempre me he alimentado mucho de lo visual. Cuando empecé a trabajar novela se empezaron a dar otras posibilidades de trabajar las historias. En Cuerpo náufrago, un personaje femenino se despierta en el cuerpo de un hombre, entonces empecé a indagar en los mingitorios, los baños públicos masculinos. Empecé a fotografiarlos, a incluirlos primero en la novela y a partir de allí el proyecto creció con una exposición fotográfica, con la imagen de la portada y una imagen alusiva a la prohibición de los cuerpos. Mis propuestas visuales derivan de mis propuestas literarias. De Amor y otros suicidios derivaron dos videos. Tengo una fascinación por la imagen y cierto ojo cultivado para que se me ocurran propuestas visuales. Para Las ninfas a veces sonríen, nueva novela que se publicará por Alfaguara, le pedí a una actriz que interactuara vestida como ninfa, con las estatuas en la avenida Álvaro Obregón. En You Tube subiré un video de esta novela; también hay uno de “Después del paraíso”, cuento incluido en Amor y otros suicidios.
—En estos relatos está por una parte la trama y por otra la historia que los personajes crean a partir de su ilusión…
—Yo creo que todos lo hacemos. Así como el lenguaje define a los seres humanos, otro elemento definitorio es la capacidad de fantasear. No podríamos con la existencia si no tuviéramos una dosis de locura que nos permitiera estar alternando entre esos mundos ficticios donde somos los más queridos, los más hermosos, los más amados. No podríamos tolerar la vida si no tuviéramos esa suerte de fugas. Mucho del goce tiene que ver con la manera en que te ves tú y cómo te ves reflejado en la mirada del Otro y de ahí te vuelves a mirar nuevamente. Un juego de espejos.
—El tema del deseo es abordado por otras escritoras de su generación, como Mónica Lavín y Rosa Beltrán. ¿En qué difiere el tratamiento que le da en su narrativa?
—En El placer del texto de Roland Barthes hay una frase: “el texto que usted escribe debe probarme que me desea”. Entonces entendí que mi destino estaba cruzado con el de Roland Barthes porque aunque yo haga juegos multimedia, pienso que la narración se debe sostener porque tienes por un lado el requerimiento de un sultán ante el cual Scherezada merece la pena de ser escuchada o leída. Yo nunca pierdo de vista a mi lector. Si alguien cumple este imperativo de Barthes es Scherezada.
—¿Qué significa el género del cuento para usted?
—El cuento es mucho esa forma de tensión de una verdad que vas a revelar. Lo que vale la pena narrar se tiene que ir urdiendo en el mundo inconsciente, con los sueños, más allá de lo que tú puedes imaginar.
Ana Clavel no se deslinda de la relación erótica entre algunos cuentos de Amor y otros suicidios y las narraciones de autores como Carlos Fuentes (“Flor de sangre” y Aura) y Julio Cortázar a quien rinde un homenaje en “Una advertencia y tres mensajes en el mismo correo”.
En uno de los epígrafes escritos por la autora se lee lo que la Serpiente no le dijo a Eva: “Comed del amor y seréis eternos —pero sólo por un pequeño instante”. Los personajes de Ana Clavel inventan acaso sus paraísos individuales aunque sólo sea por un instante y la Caída sea inminente.