René Avilés Fabila

Los politólogos más objetivos, orientándose por un correcto mapa de la nación, pensaron que las encuestas tenían razón: Enrique Peña Nieto ganaría las elecciones presidenciales, mientras que Miguel Angel Mancera triunfaría en las capitalinas. Quienes hacen las encuestas, del mismo modo que aquéllos que hacen los medios, tienen la obligación de ser serios y responsables. Están en un negocio cuyos resultados dependen de su capacidad de análisis y de sus correctas metodologías. De no trabajar adecuadamente, el negocio se acaba y, en nuestros países, la comunicación es un negocio en manos particulares y apenas un puñado en las estatales.

Muchos pensaron más por adoración que por objetividad que López Obrador remontaría, sobre todo luego de que Peña Nieto cayó en la trampa bien colocada por los perredistas de la Iberoamericana. Pudo sobreponerse y con un discurso cordial y respetuoso, casi “amoroso”, se mantuvo de puntero en un proceso donde las acusaciones, las ofensas y las descalificaciones fueron más que las propuestas. En todo caso, nadie explicó cómo serían instrumentadas las excelentes promesas de campaña.

El final fue dramático. La primera en reconocer que los resultados no le fueron favorables fue Josefina Vázquez Mota en un largo discurso lleno de frases comunes y justificaciones. Pero tuvo el coraje de aceptar su derrota. En seguida lo hizo Gabriel Quadri y de pasada señaló que López Obrador tendría que hacer lo mismo para no favorecer el conflicto poselectoral que siguen esperando los simpatizantes y fanáticos del tabasqueño. El presidente del Instituto Federal Electoral, Leonardo Valdés, antes del tiempo previsto habló en cadena nacional y explicó que el proceso fue claro, limpio y transparente. No hay dudas: las encuestas le favorecen a Peña Nieto. De inmediato apareció Felipe Calderón y en un discurso caballeroso, digno de su investidura reconoció a Peña Nieto y dijo que le hablaría para felicitarlo. No sólo ello, pondría todo de su parte para que la transición fuera cordial y eficaz.

López Obrador tenía mal semblante, perdía por segunda vez y ahora ante miles de observadores y en un proceso que todos pudieron ver, sin incidentes graves. Fue cauteloso y no agresivo como suele ser. Dijo, sin comprometerse a nada, que esperaría el miércoles siguiente para tomar una decisión. Ella, esperamos por el bien de México y de los partidos y organismos que lo apoyaron, deberá ser sensata. Sus mejores momentos han pasado. El país no quiere más caudillos y espera desarrollarse a través de otros medios más eficaces.

Peña Nieto, en su turno, fue, como se esperaba, incluyente, insistió en que quien ganó fue México e invitó a sus adversarios a realizar un trabajo conjunto. Aquéllos que lo combatieron, sin embargo, en sus sectores más radicales, no están satisfechos con los resultados, insisten en ver las elecciones como fraudulentas, cuando el propio López Obrador no lo dijo.

No hay duda de que México ha dado un paso serio y real hacia una democracia más intensa, donde decidan las mayorías. Lo importante es que las instituciones quedaron bien, en especial el IFE que realizó un trabajo perfecto. Hemos dejado atrás a los caudillos y entrado en una etapa en la que los partidos deben reorganizarse profundamente. Si tenemos la obligación de pagar los costos de la democracia, un precio altísimo, que sea un sistema impecable, con proyectos serios, ya lejos de la demagogia y la corrupción.

México regresó el PRI a Los Pinos, pero lo hizo por la vía democrática y no a través del dedazo usual.

  
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