Alejandro Alvarado

Uno de los grandes gozos de Víctor Roura es la lectura de poesía. Desde hace muchos años bullía en él la intención de crear una colección del género, pero estaba consiente de que esto (por lo menos en el país y muchas veces en Iberoamérica) implica problemas con la editoriales mayores. “Una de dos —explica—, o tardan mucho tiempo en editarte o, simplemente, no te publican. Si eres amigo de los editores, creo que no hay ningún problema; pero siempre he pensado que un comité editorial no debe basarse en amiguismos sino en la apreciación teórica de la poesía. Realmente ser solvente en su criterio para publicar”.

En las palabras de Roura fluye un ritmo pausado y amable que proyectan su generosidad. Son como el sonido de las notas de una pieza musical que con transparencia y precisión van atrapando al interlocutor. Es un hombre preocupado por el buen decir, abierto a la conversación y con una amplia gama de temas culturales que palpitan en él, y que expone con ánimo analítico e irreverente. Su conversación hace pasar un buen rato al interlocutor y siempre le aporta algunas de las ideas que trae consigo. Su expresión confirma la satisfacción que siente ahora que su anhelo editorial por fin se logró, momentos antes de presentar, en la librería Rosario Castellanos, los primeros cinco volúmenes de Ediciones del Ermitaño: Pero no odas, de Juan Domingo Argüelles, Boca diminuta, de Víctor Roura, Nina, de Eusebio Ruvalcaba; Almendranada, de Carlos López; Papel Revolución y otros poemas, de Víctor Manuel Mendiola y Tres poemas, de Dionicio Morales.

Para la fundación de la empresa, Roura contó con el apoyo económico de Carlos Antonio Sosa Valencia, Alejandro Zenker. De Ediciones del Ermitaño se desprende la colección Indócil Ballenato, que formará una colección de primeros poetas, cuyo primer número pertenece a Mario Arturo Ramos y en ella entrarán ramas de la poesía en donde fluyan otros géneros. El volumen de Mario Arturo Ramos incluye unas cartas y algunas canciones. Es una variedad de la poesía.

—¿Por qué creé usted que es muy difícil en México publicar poesía?

—Apreció mucho a los poetas. Siempre he pensado, sin caer en romanticismos ni en cursilerías, que son personas fuera de este mundo, diferentes a la generalidad; aunque, muchas veces, admito, se lee un grandioso poema de alguien y al conocer al autor no se da ni un peso por él. Hay personas que se expresan por medio del sonido, otras por medio del color, los poetas se expresan a través de la palabra. Es para ellos una necesidad fundamental sintetizar por medio de la palabra, siempre con el corazón por delante. En Ediciones del Ermitaño no ganamos nada de dinero los editores, pero tenemos a cambio estos libros maravillosos de muchísimos poetas que espero sean veintenas y cientos los que participen en la colección. La editorial se fundó con la idea de publicar sólo libros de poesía, sin interesarnos en realidad que se vendieran veinte ejemplares o cien. Uno escribe sin esperar algo a cambio. Uno escribe lo que es o lo que siente. A lo mejor voy a decir una tontería, pero yo casi no recibo regalías de mis libros, y no es que no se vendan sino que realmente ya no discuto con los editores la cantidad que me corresponde. Lo que me interesa es escribir y ver el resultado de lo que escribo, y a partir de esto me siento satisfecho, bien conmigo mismo.

—¿Cómo encontrar público a los libros de poesía.

—La función de un editor, así como la de un escritor, es escribir y producir el libro. Las cosas después vienen o no vienen solas. Yo tengo varios años siendo periodista cultural y he podido percatarme que hay mucha mezquindad en el medio, que las envidias salen a relucir. Si alguien publica un libro, en ocasiones, tratan de evitar la difusión de la obra. Pero lo importante del autor es la elaboración y tratar de difundir el libro con el apoyo de los medios. No depende de él la publicación o no de su trabajo. Yo creo que esas circunstancias son casuales. Pero, a propósito de Ediciones del Ermitaño, espero que los libros de la colección vayan abriéndose camino poco a poco. Estoy consiente de que esto es muy difícil dada la situación de la sociedad actual. Vivimos en un país donde la desilustración va ganando terreno en las capas de la sociedad, y alejando a la gente de la lectura y esto, por supuesto, causa los estropicios políticos que nosotros estamos viendo y que son reflejos de la sociedad. Si la gente, en lugar de ver la televisión leyera un libro seríamos otras personas. José Emilio Pacheco dijo hace poco que el problema no es que Enrique Peña Nieto no leyera, el problema es que los mexicanos vamos a sufrir porque él no lee. Esa es una razón fundamental para que uno se prepare. Hace poco un escritor dijo que la lectura es como el beso: se conoce a quienes no lo hacen de manera constante por su forma de usar la lengua. El que lee tiene más palabras en su haber; el otro lo único que va a tener son ídolos de la televisión, y ante esa circunstancia uno no pude hacer nada. El poeta no es secretario de Educación Pública. El poeta solamente escribe y trata de llegar a muchas personas, pero eso, lamentablemente, no está a cargo de nosotros, los poetas.

—¿Qué cree que es lo que actualmente le interesa a la juventud?

—A un gran número de jóvenes en el país, en lugar de leer un libro les interesa bajar una canción de Internet, una canción que al rato van a suplir por otra, por otra, y luego por otra. Por eso hoy las famas se han modificado bastante. Son efímeras. Son sólo de hoy, valga la redundancia. Antes alguien era importante, no precisamente por ser famoso, sino por lo que decía. Yo no veo televisión, por fortuna. Ya cancelé las televisoras mexicanas. Su programación me ocasionaba dolores de cabeza. Pero no significa esto que yo dé un voto de apoyo a negar la realidad, lo que está sucediendo. No hay que negar la existencia de que existe Vicente Fernández ni de Luismi, pero tenemos en el país otra oferta de posibilidades también culturales. El problema es que para la juventud no hay una apertura, sino solamente ciertas situaciones. Cuando yo asistía a la unam, en los pasillos hablábamos de Sartre y de Kant, hablábamos de distintos autores porque nos interesaba la lectura y la profundidad de los contenidos bibliográficos. Actualmente (yo también he dado clases en la unam), me doy cuenta que en los pasillos se charla de telenovelas, del último disco de Lucero, de la posibilidad de que alguien sea una modelo porque tiene un cuerpo fenomenal. Las cosas se han modificado. Las causas de esto son complejas precisamente porque existe una grave desilustración actualmente en nuestro país. La podemos ver en casi todos los políticos que confunden una cosa con otra. Eso es lo grave, me parece.

—¿Qué opina de la poesía que se publica en twitter?

—No soy tuitero y tampoco tengo página en Facebook. No me he aproximado a esos canales, pero sí creo que la pregunta es contemporánea y es importante. Cuando me he acercado a esas fuentes, debo confesar que lo único que he visto es una ortografía pésima. He leído chismes, he leído cosas verdaderamente desastrosas que me han dejado sin ánimo de proseguir. No significa esto que sea siempre lo que está pasando en la Internet, no lo creo, pero cuando yo la abro y veo todo esto la carne, en verdad, se me pone muy afinadita. También pienso que el twitter es, como dicen, un asunto democrático, porque ya todo mundo puede escribir sin corrector de estilo. También pienso que en él se ha nutrido el chismerío en la sociedad. He leído uno que otro poema, he leído uno que otro cuento corto, que no me parecen tan buenos poemas ni tan buenos cuentos cortos. Acabo de leer un libro en donde hacen una recopilación de cien cuentos breves tomados de la Internet, y de esos cien cuentos sólo me parecen bien nutridos, valga la repetición de la palabra, unos diez; los otros me parecen circunstanciales y absolutamente azarosos, sin ninguna importancia. Esto no significa que el twitter sea azaroso y sin importancia; pero, a mí, hasta este momento no me ha atraído en lo absoluto. En lo personal, prefiero leer libros.