Jorge Carrillo Olea

Con un poco de optimismo, hay que abrir la puerta a la esperanza. Obcecarse en valorar imperfecciones es suicida, egoísta, insolidario. Insolidario cuando si algo se necesita en la interpretación popular de la política es altruismo y sentido de comunidad, de cohesión social.

Evidentemente y arrebatado por los Yo Soy 132, Enrique Peña incorporó nuevas posturas a su discurso, ideas novedosas en él, fraseó distinto y hasta cambió aquella fonética de altibajos cíclicos tan priistas por una serena dicción. ¡Qué sea de verdad y para bien! Quisieran que fuera los hasta antes desilusionados votantes.

Aunque con esperanza levantada, subsistirá la duda de si Peña quiere y puede vencer al dinosaurio, desmontarse de él. ¡Al buen día meterlo en casa! Pero, señor Peña, eso no es suficiente. Faltaron al menos, dos cosas centrales: una: identificación, énfasis y firmeza para atraer la esperanza fundada sobre la posible solución de los principales males nacionales, con riesgo ya por abandono de hacerse crónicos, y dos: oh, gran temor, con quiénes va usted a gobernar.

La corrupción, la impunidad y el cainismo social son heridas que no le permitirán iniciar un gobierno y dar un paso confiable sin hacer compromisos puntuales, reivindicatorios, fidedignos. Son así de pesadas esas servidumbres, de densas y para males, han estado muy cerca de él, personificadas al menos en Arturo Montiel y HumbertoMoreira, y eso sólo para dejarlo ahí. A ambos Peña los ha esfumado como responsables: La Procuraduría General de la República no encontró nada punible, ha dicho, del primero; y al segundo, pese a las pesadísimas evidencias, ¡no se le encuentra nada!

Nadie creerá en un gobierno que promete un cambio de registro histórico y deja pasar sin pena a esos engendros que inevitablemente lo contaminan.  ¿Nunca dudó de la ostentosa prosperidad financiera de su tío? ¿Nunca se enteró de la profunda indecencia de Moreira? Pareciera ser que ambas las toleró con simpatía.

Difícilmente contenderá contra los sindicatos de Pemex y SNTE. Si quiere un cambio en esas estructuras, necesita esos gremios. Pero si quiere dar al menos una muestra de honestidad y congruencia políticas, que actúe contra la ineptitud, corrupción e impunidad que tiene sumido al ayuntamiento de Cuernavaca en una quiebra moral y financiera. Aun quienes han visto grandes pillajes y desastres administrativos no pueden creer la magnitud destructiva del paso de vándalos por ese emblemático municipio, encabezados por el todavía presidente del PRI estatal. ¿Será por  eso que perdió gubernatura, congreso, 93 % de las presidencias, senadores y diputados federales? ¡Para más, Peña sabía bien lo que pasaba ahí y lo toleró!

El otro tema es su corte. Verdaderamente asusta ver cómo en su pasado y presente tienen vigencia verdaderos ejemplos de lo que él dice que terminará. Inescondibles figuras de un quehacer que dice el presidente electo que ya se van.  No le será posible levantar esperanzas si empiezan a asomar las narices gentes que sólo reciben reprobación y no sólo por su vetustez política —hay quienes se salvan con todo decoro—, sino por su  corrupción moral y material, por su lenidad ante todo lo que sea poder y renta. Reprobables por su inexplicable y súbita prosperidad, por lo flexible de sus espaldas ante la Iglesia  y el dinero.

Estas son las entrañas de la duda actual. Terminados los festines, terminados los justos saraos, ¡ahora qué! Es la expectación. Mas hoy alienta la esperanza. Sí, como con Pandora. Al fondo de la caja se esconde la esperanza. Pero… señor Peña. ¡Esa esperanza es tan huidiza! ¡No la deje ir!

 

                         hienca@prodigy.net.mx