David Enríquez
El martes 24 de julio se celebraron, in memoriam, los 90 años de Antonio Alatorre. Se reunieron, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Martí Soler, Miguel Capistrán, Carmen Galindo, Javier Garciadiego, José María Espinasa y Sergio Téllez-Pon, quienes leyeron textos alusivos a Alatorre, que, más que ensayos, eran recuerdos e impresiones personales, que contribuían cada uno a delimitar a la persona detrás del profesor, del amigo, del escritor, del crítico.
Todos quienes estuvieron en la mesa conocieron a Antonio Alatorre, algunos en circunstancias muy similares, como quienes fueran sus alumnos en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX; otros, lo conocieron de maneras totalmente distintas: Estaba ahí Martí Soler, quien, como director del Fondo de Cultura Económica editara las obras de Antonio Alatorre a finales del siglo XX, y del otro lado de la mesa, Sergio Téllez-Pon, el más joven de quienes participaron, nacido en los ochentas, que conoció como lector primero al autor de Los 1001 años de la lengua española, al más irreverente crítico de Octavio Paz, y después, en una clase de la Facultad de Filosofía y Letras, supo cómo y quién era Antonio Alatorre.
Fueron móviles las fronteras de Alatorre, hubo quienes lo conocieron joven, arisco y tímido frente a sus alumnos en el aula, como leyó Carmen Galindo, o quienes recuerdan al más desinhibido, al creativo e impulsivo, al novelista, incluso.
Empezó el desarrollo de la mesa con la lectura de Javier Garciadiego, presidente del Colegio de México. Él recordó a Alatorre como un colega alegre, divertido, fundador de la “muy suya, suya de él, como diría, Revista de Filología”, profesor emérito de la institución desde 1990, y factótum del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. Mencionó también que el Colegio de México decidió denominar al 2012 “el año de Alatorre”, esto, con la presentación de varios libros suyos, como son: la reedición de los Ensayos de crítica literaria; el libro Estampas, con semblanzas de amigos y escritores; y Con Antonio Alatorre in memoriam, un maravilloso ejemplar donde se reúnen conferencias sobre Alatorre.
Por si fuera poco, el Colmex dedicó también su agenda anual a Alatorre, con ilustraciones de Ricardo Salvador Urióstegui Figueroa y dos citas de la obra del erudito para cada semana. De esas citas, Javier Garciadiego leyó una veintena; destacó un fragmento bellísimo que plasma por un instante a Alatorre: “No me pico de original. No descubro caminos críticos desusados. No sigo ni propongo un método. Mi lenguaje no tiene nada de técnico. Mi vocabulario es el de entresemana. Mi filosofía, el sentido común”.
Después de la lectura de Javier Garciadiego, tomó la palabra el joven crítico, editor y escritor, Sergio Téllez-Pon. Él compartió un acercamiento mucho más personal al hombre detrás de los Ensayos de crítica literaria. Su participación tuvo un interés muy peculiar, ¿cómo se acerca un joven a un escritor que admira? Desde cómo conoce su obra hasta cómo logra superar el camino entre la obra y el autor; y después del autor, encontrar a la persona. Además, es un relato que podría empatarse con la experiencia de muchos lectores que en algún momento lograron encontrar al escritor que les hablaba.
Sergio Téllez-Pon conoció la obra de Alatorre por una diatriba a Octavio Paz, posteriormente leyó los 1001 años de la lengua española, esa magnífica novela cuyo protagonista es nuestra misma lengua. A Téllez-Pon lo captó la sabiduría y el humor de la crítica de Alatorre, elementos que, juntos, crean los ensayos más interesantes e irreverentes posibles para un joven lector. Sergio Téllez-Pon conoció al Alatorre que estaba a punto de retirarse de sus clases de Literatura Aurisecular, a principios del siglo XXI, encontró a un profesor desinhibido, que incitaba a sus alumnos a participar de la clase y leía con entusiasmo sus novísimos tomos de la lírica de Sor Juana para todos los alumnos.
El legado de Alatorre como profesor y como crítico se deja ver en las palabras de Sergio Téllez-Pon, pues Alatorre , y no sólo para Téllez-Pon, marcó un camino a seguir con la crítica, rechazando los modelos más anticuados y los moldes por la crítica que comparte la experiencia de lectura, la vida del escritor, que ilumina la obra literaria.
Tocó el turno después a José María Espinasa, quien nos habló del Alatorre novelista, con su ensayo “Alatorre: el mago del disfraz”. Espinasa enfatizó en la vitalidad de los ensayos de Alatorre; dijo que, en sus libros, las notas a pie eran una delicia, recurso que en otros escritores le produce un amplio rechazo; y, finalmente, compartió su experiencia de una novela que estuvo inédita hasta la muerte de Antonio Alatorre, Migraña. Espinasa insistió en que Alatorre disfraza al sabio, al erudito, de escritor. Es Migraña la única novela de Alatorre, “su disfrazada autobiografía”, como mencionara Espinasa. Alatorre nunca fue propiamente un narrador de ficciones. Entre sus amigos, son bien conocidas todas las anécdotas dignas de relatarse del filólogo, algunas de ellas sumamente excéntricas, pero es hasta la aparición de Migraña, cuando todas estas anécdotas encuentran la voz de Alatorre para ser relatadas
Posteriormente, Carmen Galindo leyó su ensayo “El iconoclasta”. Ella fue también alumna de Antonio Alatorre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; sin embargo, conoció al Alatorre más hermético, un profesor tímido parecido a Cernuda, que, dice Carmen Galindo, “temblaba de timidez cuando se quedaba solo con un alumno”, y salía rápido de los salones para no ser cuestionado. Habló también de la relación que tuvo después con él, de amigos y colaboradores. Retrata perfectamente el humor negro de Alatorre cuando cuenta que en una edición, escribieron “Antonio Alatorre, Académico de la Lengua”, hecho que provocó una llamada de Alatorre, quien aclaró: “Yo no pertenezco a la Academia, y no porque no me lo hayan pedido”.
Es Carmen Galindo la única que, más allá de erudito, filólogo o crítico, da la categoría de “sabio” a Alatorre, aunque en palabras suyas, “a él no le importara ni un poquito”. Iconoclasta, hombre libre de escuelas, se dedicaba a saber y a ampliar su horizonte para contener la literatura en vez de forzar la literatura a entrar en un espacio o molde prefijado.
La penúltima lectura estuvo a cargo de Miguel Capistrán, quien conoció desde muy joven a Antonio Alatorre. Capistrán, él también, fue alumno de Alatorre en su cátedra de Teoría Literaria. Allí, como Carmen Galindo, se encontró con un profesor tímido y hermético; sin embargo, por un acierto de Capistrán, una pregunta que respondiera de manera excelente, y por su participación destacada en clase, Antonio Alatorre fijó su atención en el muchacho que después sería uno de los principales conocedores de la generación de “los Contemporáneos”, y asistente de Salvador Novo.
Cierto día Alatorre llamó a Capistrán después de clase. Estuvieron platicando largo y tendido. Fruto de este mutuo interés y varias charlas, Miguel Capistrán fue hecho becario en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México, puesto que tuvo que dejar posteriormente, a sabiendas suyas, y de Alatorre, de que su camino era el de la investigación.
Pero ellos dos se frecuentaron durante mucho tiempo. Capistrán describe el gran cambio que tuvo en su personalidad Antonio Alatorre tras una terapia de sicoanálisis, misma terapia que lo llevaría a aceptar su homosexualidad y cambiar radicalmente su vida. También rememoró Miguel diversas actividades en torno a las celebraciones por los 1001 años del nacimiento del español. Se planeó primeramente una charla en televisión entre Carlos Santana y Antonio Alatorre, ambos originarios de Autlán, Jalisco; también se preparó la edición de un libro de lujo junto con una firma bancaria, para el cuál, Miguel Capistrán propuso a Antonio Alatorre. He ahí el origen del ya celebérrimo Los 1001 años de la lengua española.
Concluyó la mesa con la participación de Martí Soler, director del Fondo de Cultura Económica. Él habló de las dos etapas de Alatorre en dicha editorial: primero, como traductor y editor, desde muy joven, terminada la primera mitad del siglo XX; y finalmente, como autor, desde la última década del siglo XX, con su reedición “algo corregida y muy aumentada” de Los 1001 años… hasta la póstuma novela, Migraña, de la que ya hablara José María Espinasa. Declaró Martí Soler que existían dos versiones de esa novela: una, la publicada, donde se intuyen anécdotas autobiográficas de la vida de Alatorre; y otra versión, donde se confirma esto, pues aparecen entre los personajes su entonces esposa Margit Frenk y Alatorre mismo.
Detrás de la mesa se proyectó una fotografía de Antonio Alatorre que parecía mirar hacia abajo a sus antes alumnos y amigos, que, frente a él, leían sus ensayos. Así, entre amigos, colegas, lectores y editores, y con todas las lecturas, se pudo definir una silueta de la personalidad de Alatorre, de sus gustos, manías, intereses.
Escribió Alatorre en “¿Qué es la crítica literaria?”, uno de los Ensayos sobre crítica literaria, “Y delante de mí, muy adelante a veces, perdidos algunos en la lejanía de las cumbres, están los grandes críticos, los maestros de hoy y ayer. De ellos trato de aprender. (Otra parte de la crítica está hecha de aprendizaje.)”. Ahora con esas palabras vemos delante de nosotros al maestro, al gran crítico que fue Antonio Alatorre, y que de momentos deja que se hable de él y voltea para mirar a los que venimos detrás, intentando alcanzarlo en el camino de las letras mexicanas.
