Se derrotó a sí mismo

Carlos E. Urdiales Villaseñor

No es otra que la de honrar su palabra. Andrés Manuel López Obrador traiciona con su estrategia la más alta encomienda que como hombre público ha adquirido: ver por el bien de las mayorías. Se puede afirmar que no hay sorpresa, que estaba cantado que si el de Tabasco no ganaba, tampoco lo reconocería, y así ha ocurrido.

Conteos más o menos o totales y de todas formas jamás veremos al personaje que cuenta con el mayor capital político individual de los tiempos modernos reconocer que, cuando se compite, también se puede perder. Serán los votos bien recontados que de cualquier forma alegará la iniquidad, la imposición mediática, aunque en ello vaya el insulto implícito a quienes optaron por alguien distinto. O con él o contra él y todo lo bueno que dice representar.

En lo professional, he tenido siempre un trato deferencial por parte de López Obrador, media docena de entrevistas radiofónicas lo atestiguan. En lo personal siempre he reconocido su honestidad, congruencia y valor de sus postulados. Hoy no aplaudo su proceder que es de estrategia política, no de congruencia democrática. Está bien el recuento, el camino institucional y legal, no así el saber que de cualquier forma sus posicionamientos dejarán, de nueva cuenta, un país más dividido y polarizado.

Dividido entre buenos y malos, entre honestos valientes y cobardes corruptos, polarizado entre votos inteligentes y votos tarugos, entre leales y traidores. Lo que Andrés Manuel diga o deje de decir pesa, y pesa mucho, no más que la realidad de los hechos, pero aportaría mucho más de lo que ya ha abonado, si suma la discusión de la equidad y transparencia en las contiendas electorales a la agenda de lo que viene para México.

Nada pierde si muestra esa faceta hasta ahora nunca vista en él, el único triunfo leal legal y moral es el que él consiga. Todo lo demás es espurio. Así se han visto entre sí millones de mexicanos desde 2006. Quedará grabado en el imaginario colectivo la idea etérea de fraude, robo, traición, ultraje, violación a su voluntad cuasi divina.

Andrés Manuel López Obrador sólo es derrotado por él mismo, por esa decisión extrema y final de no reconocer que hay quien, atendiendo a su circunstancia, vota distinto, mal o peor, pero decide por sí mismo. No tiene derecho a tachar de idiota al que no optó por él.

En el año 2000 la alternancia tenía que haberse dado a la izquierda con Cuauhtémoc Cárdenas y no a la derecha con Vicente Fox, al menos eso diría la lógica histórica. Pero fue como fue gracias a las dotes histriónicas y mediáticas del expresidente panista. No había sustento ni sustancia, pero había impacto y gracia. Fueron y han sido decisiones democráticas de esta sociedad imperfecta, como todas, que conformamos todos. Todos.

 

 

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