Para este México del 2012
José Fonseca
Aunque el presidencialismo mexicano ya no es, ni será lo que fue, el pasado encierra lecciones, siempre y cuando se sepa leerlo bien. Un ejemplo: hace 23 años, el presidencialismo mexicano ejerció su poder como nunca ha podido volver a hacerlo.
La defenestración de Joaquín Hernández Galicia, La Quina, en 1989 no fue sólo un afán de legitimar el mandato presidencial después de una elección tan conflictiva como la de 1988.
Hernández Galicia se había convertido en un personaje con un poder que empezó a rebasar el ámbito del sindicato petrolero. Lo cegó la soberbia. Tanto, que en 1988, en ceremonia en Los Pinos, advirtió al entonces presidente Miguel de la Madrid que “si se hunde el sindicato petrolero, se hunde el gobierno y se hunde el país”.
No conforme con ese reto al Estado mexicano, Hernández Galicia asignó cuantiosos recursos para financiar la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. Su reto fue respondido.
La secuela de inconformidad de un sector por la elección de 1988 de alguna manera fue consecuencia de un cierto deterioro de la imagen de la institución presidencial.
Al presidente de la república, por complejas razones políticas, pero especialmente por intereses económicos y financieros, se le perdió el respeto, lo cual empezó a afectar su eficacia y, por ende, la gobernabilidad.
La defenestración de Hernández Galicia tuvo como efecto resolver todos esos desafíos.
Primero, dejó claro que ningún político puede ser tan poderoso como para desafiar al Estado.
Segundo, castigó la deslealtad de alguien que había sido privilegiado por los sucesivos gobiernos.
Tercero, la defenestración tuvo el efecto de recuperar el respeto a la institución presidencial.
El otro efecto colateral fue que la inconformidad creada por la elección presidencial obligó al gobierno a crear las condiciones propicias para que el partido hegemónico empezara a soltar las amarras, y se inició un proceso legislativo de reformas políticas que desde entonces sembraron las primeras semillas de la pluralidad y la democracia.
Esas reformas tuvieron como natural efecto el debilitamiento de la hegemonía priista. Los acontecimientos se precipitaron más rápido de lo previsto, pues ocho años después, luego de una brutal crisis financiera, económica y social, el PRI perdió la mayoría en el Congreso, bajo reglas democráticas establecidas por la reforma electoral de 2006 que ciudadanizó las instituciones electorales y creó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para encauzar los conflictos políticos.
Son lecciones de la historia política nacional que, guardadas las proporciones de tiempo, circunstancias, personalidades, la hoy sociedad transformada y exigente y una pluralidad aún no plenamente asimilada, puede haber lecciones políticas para el México de 2012.
jfonseca@cafepolitico.com
