Eve Gil
…Una se cubre de moretones y se calla, no los va enseñando por ahí. Así ha sido siempre… Purga, de Sofi Oksanen
Se titula Purga la primera novela traducida al español de la joven autora finlandesa Sofi Oksanen (1977), fue originalmente una obra teatral que me resulta difícil imaginar como tal. La novela, cuyo solo título alude a la llamada Gran Purga del dictador Stalin, aborda el tema de una forma dolorosamente actual, muy distinta a como había sido tratada por otros autores que en su mayoría padecieron en carne propia esta circunstancia, hilvanándolo con el pasado reciente, la década de los noventa, en que la trata de blancas tuvo su mayor auge en una recientemente dividida Unión Soviética.
Purga (Almadía/Salamandra, México, 2012), narra las experiencias de tres generaciones de mujeres que abarca desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1996, aunque la novela empieza justo en este año, cuando una anciana estonia de aspecto inocuo llamada Aliide Truu, se topa una mañana con una sorpresa particularmente desagradable en su jardín: el cadáver de una muchacha… o lo que cree es el cadáver de una joven que en realidad está viva pero muy maltrecha. Su primera reacción ante la intrusa, ataviada como una prostituta, de hecho, es de rechazo, sin embargo termina ayudándola y cuidando de ella… y continúa haciéndolo después de confirmar, de la manera más brutal posible, que, en efecto, esta joven de nombre Zara es una prostituta rusa… pero, a juzgar por el “material” que cae en sus manos, no por propia voluntad.
Cuando hemos llegado a este punto de la narración, sin embargo, nos han sido develados dos detalles de capital importancia que no nos permiten discernir cual será la próxima maniobra de Aliide, de quien, sabemos ya, no es un personaje tan, digamos, “normal”. Se nos presenta de entrada como un ser con una muy elemental capacidad de empatía y compasión, que se hace cargo de Zara porque ignora el parentesco de ésta con Ingel y Hans Pekk, las personas más importantes de un pasado que ha preferido enterrar. Tampoco imagina que Zara no está huyendo de un esposo explotador como ésta asegura, sino de una peligrosa banda de tratante de blancas. Zara, quien carga consigo una maltratada foto en la que aparecen Ingel y la propia Aliide cuando eran unas jovencitas felices, en una Estonia donde la vida transcurría ajena a la pesadilla que le deparaba el destino, le hace recordar a Aliide su tortuosa y fallida pasión por Hans, quien sin embargo prefirió a Ingel.
Aun así, Aliide, ya casada con Martin Truu, un comunista ruso, enemigo natural de Hans, un partisano, esconde a éste en el sótano de su propia casa cuando es perseguido por los hombres de Stalin, y ya su amada Ingel y su pequeña hija Linda han sido enviadas a Siberia. Descubrimos cómo la misma anciana que ha optado por proteger a Zara, aun después de descubrir su parentesco con Ingel, y su calidad de fugitiva de una organización criminal, fue, en su juventud, traidora de su propia gente, de su ideología y de sí misma; como su malsana pasión por Hans Pekk la lleva a seguir traicionando y traicionándose, aunque el personaje está tan admirablemente construido, que el lector oscila entre la compasión, la simpatía y el desprecio hacia ella: por momentos conmueven los extremos a los que es capaz de llegar por sobrevivir: casarse con Martin, que pertenece a la misma ralea de rusos comunistas que previamente la han torturado para sacarle información sobre Hans. Al descubrir, sin embargo, que después de que Linda, la hija de siete años de Ingel y Hans, está a punto de ser torturada de una forma tan terrible, que la autora opta sólo por sugerir, ni la madre de ésta ni Aliide hablan sobre el paradero del hombre al que han intentado hacer pasar por muerto, entendemos que Ingel no es mejor que Aliide. El matrimonio de ésta con Martin la salva de terminar en Siberia como Ingel y Linda, pero sigue poniendo en juego su propia vida para ocultar a Hans, con la enfermiza esperanza de que él llegue a amarla algún día, aunque Hans apenas si manifiesta una muy débil gratitud hacia ella.
Aliide, Ingel, Linda y Zara tienen muchas cosas en común, pero la principal es haber padecido regímenes que se ensañan con sus cuerpos de mujer. Curiosamente, mientras Aliide, Ingel y Zara son personajes muy bien definidos, Linda, quien sufre una vejación innombrable a tan tierna edad, y antes de esto se nos presenta como la desapegada e insensible madre de Zara, es casi un fantasma… y no creo que sea un hecho casual. Nada lo es en este mundo meticulosamente trazado por Sofi Oksanen, cuyos personajes son descarnadamente humanos… aun los que, como Linda, aparecen prácticamente desdibujados. Aliide, la única que podría considerarse extraordinaria —pero no menos humana— oscila perpetuamente entre la heroicidad y la patología, y el lector espera de ella cualquier cosa. La “banalidad del mal” a la que hacía referencia Hannah Arendt para explicar la conducta de los nazis, se manifiesta tanto en los genocidas al servicio de Stalin como en los tratantes de blancas. Uno de ellos, en particular, es un esposo devoto que siempre busca las más hermosas rosas para su esposa, al tiempo que “hace su trabajo” que consiste en adiestrar jovencitas como esclavas sexuales, someterlas y “castigarlas”.
Sofi Oksanen es hija de un electricista finlandés y de una ingeniera estonia. Licenciada en arte dramático por la Universidad de Helsinski, en sus dos novelas previas a la que nos ocupa, aún no traducidas al español, Las vacas de Stalin y Baby Jane abordan también la violencia sexual que enfrentan las mujeres en diferentes épocas y por diversas razones. Purga se ha hecho acreedora a diversos premios internacionales, entre ellos el Femina, otorgado en Francia a la mejor novela extranjera y que tiene la particularidad de constituirse por un jurado exclusivamente de mujeres, aunque no necesariamente le sea concedido a una mujer.
