Carmen Esquivel

Los líderes de la Unión Europea (UE) lograron durante la vigésima cumbre desde que estalló la crisis el objetivo inmediato de apaciguar los mercados y evitar daños mayores, aunque aún está por verse el alcance real de sus acuerdos.

En la reunión, celebrada el 28 y 29 de junio, los países del continente consiguieron romper la reticencia de la canciller federal alemana, Ángela Merkel, para buscar otras alternativas a la austeridad y el rigor presupuestario.

La cita cimera del bloque de los 27 aprobó un plan que permitirá al nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad recapitalizar directamente a los bancos en dificultades, sobre todo de España e Italia, una medida que será operativa a finales de año, aunque bajo condiciones muy estrictas.

Tanto el primer ministro italiano, Mario Monti, como el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, contaron con el apoyo incontrastable de la cruda realidad, sin dejar de lado la complicidad explícita del mandatario francés, François Hollande.

Para nadie es un secreto que, tras dos multimillonarios programas de rescate financiero entregados a Grecia a cambio de duras políticas de ajuste, la situación empeoró, y que esa nación está al borde de la bancarrota y la explosión social.

Lo ocurrido en el país heleno es un espejo en el que nadie quiere mirarse y Alemania no ignora las consecuencias en cadena de una ruptura del euro. Esa es una de las explicaciones del cambio de actitud de Merkel.

La otra fue la presión ejercida por Madrid y Roma, que exigieron medidas a su favor como condición para aprobar el pacto sobre el crecimiento adoptado también en la cumbre.

Para regocijo de Hollande, quien se adjudica la paternidad de esta iniciativa, uno de los principales acuerdos fue la creación de un paquete para estimular el crecimiento económico dotado de 120 mil millones de euros, equivalentes al uno por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) europeo.

Italia y Madrid

Colateralmente Italia consiguió autorización, bajo condiciones aún no del todo claras, para que el Fondo Europeo de Estabilización Financiera pueda adquirir títulos de su deuda pública en el denominado mercado secundario.

Madrid, por su parte, logró la promesa de la recapitalización directa de los bancos al borde de la bancarrota sin que esos fondos pasen primero por el Estado, como exigen las reglas actuales.

Esto será posible con la implantación de un mecanismo de supervisión bancaria que el Consejo Europeo debe poner en práctica de aquí hasta finales de año y el cual será en última instancia el que tome las decisiones al respecto.

Todo ello, por supuesto, tiene una contraparte todavía no bien explorada y uno de sus primeros elementos es que al aceptar la supervisión de los bancos o de los presupuestos, los países están perdiendo una parte de su soberanía.

Por otro lado, Alemania hizo algunas concesiones, pero eso no significa en términos absolutos un repliegue de sus posiciones en cuanto a la austeridad y el rigor presupuestario.

“Seguimos hasta ahora nuestro enfoque: ayuda, compromiso, condicionalidad y control”, dijo la canciller federal alemana y enfatizó que no habrá dinero sin condiciones.

En todo caso, ya los mercados financieros comenzaron a aflojar un poco la presión sobre los países más afectados, de manera particular España e Italia, cuyas elevadas tasas de interés sobre los títulos de deuda bajaron a seis y siete por ciento, respectivamente.

¿Cuánto hay en los bolsillos?

Hasta aquí las buenas noticias son sólo para los gobiernos, los bancos y los mercados, pero nada hay escrito sobre cómo estos programas van a repercutir en la calidad de vida de la población, que sufre los efectos más duros de la crisis.

Es verdad que existe el fondo para estimular el crecimiento, pero 120 mil millones de euros se antojan muy poco para el océano de necesidades creado por la crisis en una buena parte de la zona euro.

Sólo a Grecia ya se le concedió casi el doble de esa cifra, sin ningún resultado práctico en los bolsillos o la mesa de las familias hasta donde no llegó un solo euro.

Organizaciones gremiales, como la Confederación Europea de Sindicatos (CES) coincidieron en que los acuerdos permitirán paliar la presión en los mercados de la deuda, pero no son suficientes para estabilizar el euro, relanzar la economía europea y crear empleo.

“Desafortunadamente no hay nada que nos dé esperanza sobre el fin de las medidas de austeridad”, dijo la secretaria general de la CES, Bernardette Ségol Ségol.

Veinte cumbres después de la crisis sigue sin respuesta el clamor de las protestas populares de “salven a la gente, no a los bancos”.