Marchas multitudinarias de rechazo
Convierten los procesos electorales en un gran negocio para unos cuantos
y en un juego cruel de ilusiones para los ciudadanos.
Javier Sicilia
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
Las multitudinarias marchas registradas el pasado sábado 7 de julio en 28 ciudades del país son una muestra incontrovertible del rechazo al desenlace del proceso electoral y marcan un hito en la historia de las manifestaciones públicas de repudio, al ser producto de una convocatoria espontánea y colectiva.
La aparente orfandad de las convocatorias —de las cuales se deslindó el Yo Soy 132— alentó a los adversarios a generar una cauda de rumores en torno a la procedencia de la misma, y en ese contexto se llegó a plantear que se trataba de una emboscada en la que los opositores al resultado electoral serían víctimas de provocaciones y violencia.
Pese a ello, cientos de miles de capitalinos se dieron cita en el Angel, protagonizando una nutrida manifestación en la cual la solidaridad y —como expresó el doctor Armando Bartra—, la alegría de estar juntos, generaron esquemas de autoprotección y de compromiso a favor de acciones pacíficas como expresión del dolor, indignación y rechazo a la instauración de la imposición gestada desde la telecracia en contra de la anhelada democracia a la que aspira el pueblo mexicano.
A lo largo de las horas, los cientos de miles de asistentes manifestaron su sentir en torno a la injerencia de los medios masivos de comunicación y ante la inmoralidad exhibida por la denunciada compra de votos presuntamente auspiciada por la oligarquía confabulada a favor del candidato tricolor.
Por ello muchos manifestantes reclamaron una televisión incluyente, libre, insólita y sabia, reafirmando con esta propuesta la convicción colectiva de que ha llegado el momento de recuperar la soberanía mediática a favor de los derechos básicos de la población, y en contra de los intereses mezquinos que trastocaron concesiones en cotos de adoctrinamiento y enajenación, como estrategia del neoliberalismo impuesto por Estados Unidos desde 1994.
En ese contexto se ubica la indignación que recorre las venas de los manifestantes, quienes presienten en el triunfo de Enrique Peña Nieto el retorno del salinato, abyecto periodo de nuestra historia surgido de un fraude electoral, y gracias al cual se facilitó la entrega del país a los poderes fácticos, a través de acciones como el Tratado de Libre Comercio, que sólo empobreció a la población, desmanteló el campo, subastó los activos estatales del pueblo mexicano, amplió la injerencia de la oligarquía en los medios de comunicación masivos —gracias a la desincorporación de Televisión Azteca— y vulneró la laicidad del Estado mexicano, a través del reconocimiento al poder clerical en 1992.
En el imaginario colectivo de muchos de los manifestantes, los estrechos vínculos políticos existentes entre el joven Enrique Peña Nieto y el taimado Carlos Salinas de Gortari están vivos y la consolidación de un pacto generacional entre ellos ensombrece —aún más— el resultado electoral impugnado por las izquierdas y descalificado por Acción Nacional.
Para los opositores al triunfo de Peña Nieto en el cómputo del Instituto Federal Electoral, la democracia mexicana fue secuestrada por una perversa estrategia de los magnates de la comunicación y sus anunciantes, quienes aplicaron un exitoso modelo de gestión del marketing político, el cual convirtió el proceso electoral en “negocio para unos cuantos, y en un juego cruel de ilusiones para los ciudadanos”, como atinadamente lo definió Javier Sicilia en su encuentro con cada uno de los cuatro candidatos.
