Juan José Reyes
Se ha entendido habitualmente que la cultura tiene sus lugares especiales: los museos, las bibliotecas, las salas de concierto, los teatros, algunos recintos para “cine de calidad”. Se ha entendido también que hay que ofrecer en esos sitios bienes de calidad abundantes y de altura. Todo esto es cierto pero no es suficiente. Como todo en la vida, la cultura nace en las casas y en muchos casos en las escuelas y en las calles. Los moradores de la ciudad, del campo, de los litorales tienen contacto con la cultura en la convivencia inmediata, y se integran en la creación de la cultura. Es un mal de nuestro tiempo pensar en esos moradores y en su relación con la cultura concibiéndolos como meros espectadores. No digo ni de lejos que todos esos hombres y mujeres sean creadores artísticos en potencia pero afirmo que todos tienen capacidad de disfrutar bienes culturales, de apreciarlos, más o menos, de maneras o en grados diversos.
En México viene hablándose desde el periodo posrevolucionario de la necesidad de acercar la gran literatura al mayor número posible de lectores. Lo intentó célebremente José Vasconcelos y lo han recordado con mayor o menor fortuna inteligentes secretarios de Educación como Jaime Torres Bodet, Fernando Solana o Alonso Lujambio. Pero tampoco bastaría con poner ejemplares de magnos libros en repisas hogareñas. El asunto es de veras complejo, y tiene mucho que ver —como advirtió puntualmente Fernando Solana— con el apego de los maestros a la lectura. Una vía de solución es la que propone el programa People and Stories / Gente y cuentos, puesto en marcha en Estados Unidos por Sara Hirschman en 1972 y que en la actualidad ha extendido sus labores a varios países latinoamericanos y a Francia. Esencialmente, el programa consiste en llevar libros muy buenos a comunidades marginadas pero no para dejarlos ahí sino para actuar con ellos, en organizadas lecturas de cuentos que son leídos en forma lenta, cuidadosa y atractiva por instructores que atrapan el interés de crecientes cantidades de lectores.
Este libro, junto a los elementos teóricos, Hirschman arma una suerte de manual de operaciones, a partir de las experiencias que registra. Se trata de un libro de auténtica importancia. Cuenta con unas inteligentes líneas de entrada del argentino Ricardo Piglia y con un informado prólogo de Danielle Allen.
En México viene hablándose desde el periodo posrevolucionario de la necesidad de acercar la gran literatura al mayor número posible de lectores. Lo intentó célebremente José Vasconcelos y lo han recordado con mayor o menor fortuna inteligentes secretarios de Educación como Jaime Torres Bodet, Fernando Solana o Alonso Lujambio. Pero tampoco bastaría con poner ejemplares de magnos libros en repisas hogareñas. El asunto es de veras complejo, y tiene mucho que ver —como advirtió puntualmente Fernando Solana— con el apego de los maestros a la lectura. Una vía de solución es la que propone el programa People and Stories / Gente y cuentos, puesto en marcha en Estados Unidos por Sara Hirschman en 1972 y que en la actualidad ha extendido sus labores a varios países latinoamericanos y a Francia. Esencialmente, el programa consiste en llevar libros muy buenos a comunidades marginadas pero no para dejarlos ahí sino para actuar con ellos, en organizadas lecturas de cuentos que son leídos en forma lenta, cuidadosa y atractiva por instructores que atrapan el interés de crecientes cantidades de lectores.
Este libro, junto a los elementos teóricos, Hirschman arma una suerte de manual de operaciones, a partir de las experiencias que registra. Se trata de un libro de auténtica importancia. Cuenta con unas inteligentes líneas de entrada del argentino Ricardo Piglia y con un informado prólogo de Danielle Allen.
Sarah Hirschman, Gente y cuentos / ¿A quién pertenece la literatura? Traducción de Julio Paredes. Revisión de la traducción de Lucía Melgar. Fondo de Cultura Económica (Colección Espacios para la Lectura),
Argentina, 2011; 143 pp.
Argentina, 2011; 143 pp.
