Condiciones dramáticas en el campo
Alfredo Ríos Camarena
La reforma agraria mexicana, pionera en el mundo de su tiempo, le dio al proceso histórico nacional los elementos ideológicos y operativos para transformar el régimen semifeudal y acceder a la modernidad; no se explica el progreso nacional sin considerar la importancia que tuvo el reparto de la tierra y la vigencia plena del artículo 27 constitucional.
El campo se encuentra hoy en condicionas dramáticas y desoladoras; se han abandonado a los productores sociales hasta arrinconarlos en la pobreza y la marginación más graves que puedan existir. Las instituciones que se crearon para el desarrollo rural se desmantelaron, como la Conasupo, Fertilizantes de México, la Productora Nacional de Semillas, los bancos: Agrario, Ejidal y Agropecuario y los fideicomisos para el desarrollo; y con el ingreso del TLC, la producción nacional de alimentos se convirtió en el peor de los fracasos. Sólo se salvaron el 5% de los más de 20 millones de productores, quienes son impulsados en el proceso de exportación.
Las organizaciones campesinas, en su afán de protagonismo político, se corrompieron y se convirtieron en pequeñas y mezquinas cúpulas de poder. La Secretaría de la Reforma Agraria sólo es un monumento a la ineficacia y a la burocracia; la procuraduría agraria y los tribunales agrarios de poco sirven, mientras que los campesinos han “vendido” sus tierras con el apoyo de las propias instituciones.
El crimen organizado se ha apoderado de grandes extensiones de tierra de los campesinos para sus fines ilícitos, aprovechando la situación de pobreza de las familias que viven del campo.
Y qué decir de las comunidades indígenas, donde priva el más absoluto de los desamparos; son más de 10 millones de mexicanos, los pobres de los pobres.
En resumen, el drama del campo tiene que cambiar a través de reformas que deben empezar por modificar el diseño institucional, para tratar el problema de la tierra, de su producción y la necesidad de la nación de impulsar un ciclo productivo que hoy se requiere más que nunca; pues basta ver el siniestro rostro de los acaparadores y especuladores en el tema del alza del huevo de estos últimos días, para medir las graves proporciones que representa seguir dejando en el abandono a este sector, que representa —cuando menos— el 20 % de la población.
En estos momentos de estudio de las nuevas secretarías que se deberán crear para darle sentido a las propuestas de Enrique Peña Nieto, no debe faltar en el análisis esta nueva visión productiva del campo mexicano.
En esta nueva propuesta debe considerarse la compactación de grandes extensiones de tierra —hoy en día atomizadas— para crear, con apoyo técnico, de crédito, de agua y organización, un nuevo modelo de combinados agroindustriales, en los que deben participar los campesinos, ejidatarios y comuneros, pero también la iniciativa privada, y por supuesto, bajo la dirección y conducción del Estado mexicano.
La Reforma Agraria no debe desaparecer, pero debe transformarse en un instrumento que cumpla con su sentido de justicia social y de distribución de la riqueza.
La sociedad entera, el gobierno, los empresarios y los políticos están obligados a una reflexión profunda de este tema.
