Héctor Anaya  (Fragmentos)

Del libro de Héctor Anaya El arte de insultar entresacamos estos fragmentos:

En el apartado que se titula “Borges el otro”, el escritor argentino aparece como crítico mordaz de Alfonso Reyes “Leyendo el libro de Reyes sobre Goethe uno intuye que ese libro es el resumen de otros. Cuando uno siente esto, no puede respetar mucho el libro que lee. ¿Cuál es el gran libro de Reyes? ¿El deslinde? No pude leerlo.”

“De Octavio Paz tampoco se expresó muy bien –particularmente de su poemario Libertad bajo palabra– en las pláticas confidenciales que tuvo con Bioy Casares”. Y Anaya cita lo siguiente: “A continuación del título vigoroso, poemas deshilachados. Pero no agradables, no vayas a creer: en cuanto asoma la posibilidad del agrado, el poeta reacciona, no se deja ganar por blanduras, y nos asesta una vigorosa, o por lo menos incómoda, fealdad. Así cree salvar su alma.”

“Vladimir Nabokov (1899-1977) tampoco convenció a Borges y tuvo una coartada para eludirlo: «No he leído el volumen de Nabokov [Lolita] y no pienso leerlo, ya que la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana»”

De Roberto Bolaño, Héctor Anaya rescata estos juicios: “A Skármeta lo redujo a ser un simple: «personaje de la televisión. Soy incapaz de leer un libro suyo, ojear su prosa me revuelve el estómago » y en su afán de agrupamiento, juntó a Skármeta con Isabel Allende, para compararlos y denostarlos: «Si debo optar entre Skármeta y ella, me quedo con la Allende, pero escogiendo entre la espada y la pared »”

Y a los políticos no les va mejor en El arte de insultar de Héctor Anaya. Citamos enseguida el apartado “Pifias de los candidatos”:

Fue el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, el primero en distinguirse en la contienda presidencial por la pifia (aunque sus partidarios lo llaman gazapo, para mostrar su ignorancia del idioma, pues gazapo lo define el Diccionario como «yerro que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla», pero una cosa es la inadvertencia y otra es la ignorancia).

Le preguntaron el 3 de diciembre de 2011, en la Feria del Libro de Guadalajara, donde fue a presentar un libro, del cual se decía autor, qué trío de obras que hubiera leído habían marcado su vida. Sólo pudo citar una, La silla del águila, que atribuyó a Enrique Krauze, aunque el autor es Carlos Fuentes. Y no se le ocurrió elegir mejores autores, que precisamente dos irreconciliables personajes de la cultura.

Dos políticos contendientes de distintos partidos, quisieron sacar provecho de la pifia del priista, sólo para agregarse a la lista de los ignorantes:

El 5 de diciembre inmediato, Ernesto Cordero, quien también fue Secretario de Hacienda y pugnaba por ser elegido candidato del PAN a la presidencia, en una entrevista televisada se burló del disparate de Peña Nieto y mencionó los tres libros que le eran significativos: Rebelión en la granja, de George Orwell, Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y La isla de la pasión, de Isabel Restrepo, —cuyo nombre verdadero es Laura Restrepo.

Luego justificó su falla de memoria porque lo habían entrevistado “muy temprano”.

Con esos dos antecedentes, quien competía por la candidatura a Jefe de Gobierno del DF, Mario Delgado, ex Secretario de Educación de la capital, habló de Cien años de soledad, pero se la acreditó a Mario Vargas Llosa y no a García Márquez, con un tino parecido al de Peña Nieto, pues eligió también a dos autores en pugna desde hace varias décadas.

Quien salió mejor librado en estas competencias de lectura, fue el candidato de izquierda, que en entrevista celebrada antes, en noviembre de 2011, habló con el periodista Joaquín López Dóriga del hombre y su circunstancia, ante lo cual deslizó el entrevistador: «Unamuno», por suponer que Miguel de Unamuno era el autor de la frase. López Obrador lo corrigió de inmediato:

• No, Ortega y Gasset —y agregó:

   •es extraordinaria la frase porque nada más se conoce la primera parte, uno es uno y sus circunstancias pero la otra parte es extraordinaria. La frase textual es: «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo» y figura en su libro Meditaciones del Quijote.

Las pifias verbales de los políticos no se limitan a las señaladas. La candidata del PAN, cuando se desempeñaba como Secretaria de Educación Pública mencionó que Carlos Fuentes es autor de La ciudad más transparente, cuando que el título de su libro más representativo es La región más transparente. Y al exaltar, en 2008, al mismo escritor en su aniversario 80 lo confundió y dijo que celebraban el cumpleaños número 80 de Octavio Paz. Otra pareja de autores que fueron amigos y terminaron distanciados, aunque a la muerte de Paz, Fuentes escribió un artículo exaltador y cordial.

Y en 2012, ya como candidata presidencial, llamó a Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de la Paz, que ya lo era de Literatura, quizá para corresponder a los elogios que el novelista peruano-hispano le había dirigido.

De Enrique Peña Nieto, político priista, se recuerdan estos deslices verbales:

  • El precio de la tortilla,,.? No lo sé. No soy la señora de la casa.
  • Desigualdad es la bandera que hacemos nuestra —en una reunión con
    el grupo Antorcha Revolucionaria, al hablar de los ideales de su partido.

Por regla general, cuando los políticos quieren ponerse cultos o desean honrar a personajes de las letras, desbarran porque no se han preparado para moverse en esas aguas.

En 2010, durante un homenaje al escritor José Emilio Pacheco, la asambleísta Edith Ruiz Mendicutti, al frente de la Comisión de Cultura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, le atribuyó al poeta mexicano la obra Un tranvía llamado deseo que el dramaturgo estadunidense Tennessee Williams estrenó en 1947, cuando Pacheco tenía 8 años de edad. Pero también lo hizo autor de Cuatro cuartetos, poema del autor anglo-estadunidense, T. S. Eliot, que publicó en 1943, cuando José Emilio tenía sólo 4 años.

En ese mismo homenaje, el culto diputado Cristian Vargas felicitó al escritor José Emilio Pacheco por su novela Crónica de una muerte anunciada, escrita por Gabriel García Márquez.