Adriana Cortés Koloffon
En El cantante de muertos del regiomontano Antonio Ramos Revillas (1977), la música es el elemento clave que une a tres generaciones de personajes. No es el narcocorrido, aunque el autor es norteño. Se trata de las canciones para muertos que se cantan a veces en los funerales. Prevalecen en la novela el humor negro y la ironía, ¿también el realismo?
—Antonio, yo estuve en Monterrey hace un par de años y lo único que escuchaba de sus habitantes eran historias de muertos y desaparecidos. La situación de violencia en Monterrey ¿tiene implicaciones en tu narrativa?
—Mucho, por supuesto, pero ocurrió que cuando empecé a escribir la novela ese clima de violencia que hoy impera no se encontraba presente, sin embargo, fue desarrollándose la novela al amparo de ella. Decidí reflexionar sobre la muerte sin ocuparme de las muertes de la ciudad; aun así fue imposible. Hay un pequeño guiño a ellas, acaso sólo un par de líneas.
—¿Existe una tradición de “cantante de muertos” en Monterrey?
—En el país existe la tradición de a veces acompañar a los muertos con canciones; no es una constante, y tiende a menguar. El cantante de muertos tiene su génesis en uno de esos cantantes que se dedican a otros géneros y un día los contratan para un velorio, aunque le debe más a un abuelo que recordaba a su hijo muerto con canciones y a mi infancia evangélica en la que todos los funerales eran acompañados con himnos: eso me sorprendía mucho porque si bien, la muerte en mi infancia fue algo festivo, dolor envuelto con fiesta, luego iba a otros funerales donde todo era un ambiente pesado.
—El hecho de cantarle a la muerte y de que éste sea el tema principal de tu novela, ¿es una forma de no tomársela tan en serio? Sobre todo si se vive en la frontera del norte del país donde todos los días hay tantos muertos…
—Más que un juego, creo que es, aunque no lo hice con esa intención, una reflexión hacia el hecho de que la muerte ya es sólo números. Nos acostumbramos a la muerte, a verla televisada, a verla en nuestros muros de Facebook. Pero le damos la espalda a todos los esos muertos.
—Se percibe cierta ironía a lo largo de la novela, ¿este recurso te permite que no llegue a ser un melodrama o una tragedia?
—Creo que sí. Tratar el tema de la muerte exige verla desde perspectivas más volátiles, diría. Si no se hace así, se vuelve un bloque de cemento, más en una tradición donde la muerte pesa, y la ironía a veces me es muy natural, aunque no tenga plena conciencia de ella. Por eso lo cuento desde la perspectiva de un niño, desde la de un hombre cobarde también.
—Me interesa mucho el registro de las voces narrativas, ¿cómo construyes a tus personajes y cómo consigues darle a cada uno su propia voz?
—Una vez, en un breve taller o charla que dio García Márquez en Monterrey nos dijo a un grupo de lectores suyos (yo tenía como unos veintidós años) que lo más importante era construir la voz del lector, darle su propia personalidad. Eso se me quedó grabado. Y luego veía mis textos y sentía que mis textos, la prosa, se parecía a muchas, una prosa de taller de narrativa, que aún no sabe para dónde va. Desde ese momento empecé a escuchar a las personas y a la forma en que los escritores le daban sonoridad a sus obras.
—En El cantante de muertos hay una serie de traiciones terribles, una lucha descarnada por ganarse la vida… —Es que no hay otra forma (ríe mientras la mirada parece buscar la respuesta)… pero me preguntaría traiciones a qué o a quiénes. Al final, cada personaje medio intenta salirse con la suya. Eugenio se sale con la suya de no matar a Antonio. Antonio de casarse con Oralia. Pablo Rodas de saber por qué su familia le canta a los muertos, pero al saber, o más bien, al vivir, siempre perdemos.
—¿Por qué perdemos?
—Perdemos la libertad, la fuerza, los amigos, la familia…, al final, quedamos solos, perdidos, sí, nos quedan algunos consuelos: la literatura, la nostalgia, las canciones. Esta idea me viene desde que leí las memorias de Neruda: cómo, aunque había vivido tanto, al final estaba solo, consumido sólo por los recuerdos y con una dictadura en marcha.
—¿Tu narrativa es fronteriza?
—Comparto muchos temas de la frontera porque soy de Monterrey y toda esa cultura está presente en lo que escribo. Procuro no encasillarme al escribir del Norte, ¡luego resulta que sí lo hago! Creo que sigue todavía el boom de la literatura del Norte iniciada ya hace algunos años. Para muchos escritores de mi generación, aunque no todos lo digan, por supuesto que fue valioso ver ese boom, cómo esos autores colocaban obras en editoriales importantes donde hablaban de lo cercano, del desierto, de la violencia, la frontera, la relación cultural con Estados Unidos. Fue valioso porque marca rutas.
—¿Qué vasos comunicantes tienes con Pedro Páramo de Rulfo o con sus relatos?
—Soy fan de Rulfo. Fue un autor que me formó como lector cuando aún no sabía que Rulfo era Rulfo. Había leído un cuento de un autor, que ahora nadie menciona, Jorge Ferretiz, donde se apreciaba la vida campirana y me gustó mucho. Buscando otras cosas de él, encontré a Rulfo. Creo que toda escritura no es más que la imitación de otra y a eso se le llama influencia.
—Los personajes fantasmales: ¿influencia de Rulfo?
—De niño mi abuela me contaba muchas historias de terror. Ella había sido cajita del niño Fidencio y decía tener cierta comunicación con el otro mundo. En alguna versión de la novela, Soledad había sido también cajita del niño Fidencio; permaneció ese contacto, esos fantasmas.
