Armando Casas

Para el aniversario número 15 del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos Manuel González Casanova escribía: “El cine es uno de los grandes medios de educación de que disponemos ya que su enseñanza se extiende a todos los niveles sociales y a todas las edades, influyendo particularmente en los grupos con menos educación (por ello…) no [encontré] otro camino que procurar una educación, una educación elevada para los responsables de la producción cinematográfica. Si su función es la de maestros que van a educar al pueblo démosle una formación de maestros. Si su obra contribuye a transformar nuestra cultura y nuestra actitud frente a la vida, lo menos que requieren es una educación universitaria”.

La idea de cine del Mtro. González Casanova es la de un maestro de la UNAM que ha sido calificado no sólo como un pionero del cine universitario, sino como un visionario que tuvo la sensibilidad para abrir camino a la expresión cinematográfica. En el ámbito de la educación, fue fundador del cine club infantil, del Cine Debate en las preparatorias y publicó una cantidad importante de revistas, anuarios y libros de cine. Como parte del proyecto de largo alcance de la Federación Mexicana de Cineclubes, fundó el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, o más bien lo “inventó” citando sus propias palabras, en junio de 1963, cuando dijo: “(…) en México no había una escuela de cine, ni siquiera unos antecedentes válidos en qué apoyarnos; teníamos que hacernos el camino. Y así, en 1960, organicé las Cincuenta lecciones de cine, primer intento en la UNAM de enseñanza sistemática de la técnica cinematográfica; y en 1962 las Lecciones de análisis cinematográfico, para, en 1963, echar a andar el CUEC”.

El maestro González Casanova no fue lamentablemente mi maestro en el CUEC, pues cuando yo ingresé él ya formaba parte de la planta académica de tiempo completo de Filosofía y Letras. A pesar de eso tengo que decir que aprendí mucho de él en las diferentes oportunidades en que coincidimos, particularmente cuando compartimos mesa en los homenajes que le ofrecieron la Facultad de Filosofía y Letras y el Festival de Cine en Guadalajara, donde le escuché la idea de que ya no debemos hablar sólo de cine sino de imágenes en movimiento, hasta cuando nos compartió a Guadalupe Ferrer y a mi su idea de crear el Instituto de Investigaciones Cinematográficas, proyecto que no pudo ver realizado. No puedo evitar mencionar que fue para mí un honor que me invitara a sustituirlo en su asignatura en la carrera de Literatura Dramática y Teatro cuando tomó un semestre sabático.

De la misma manera, tuve la oportunidad de que aceptara videograbar conmigo una conversación por el premio Ariel de Oro con el que el CUEC fue reconocido en 2006. En esa conversación, que afortunadamente ahora el público interesado puede escuchar a través del sitio de podcastsDescarga Cultura punto UNAM, el Mtro. González Casanova me confió: “yo no había podido estudiar cine, entonces había que crear una escuela” y me contó que cuando en 1967 se encontró en los Estudios Churubusco con el reconocido fotógrafo Gabriel Figueroa quien le dijo –Don Manuel, dígame usted para qué sirve el CUEC si nunca van a poder dirigir cine en México, no pudo esconder su rostro de alegría y satisfacción cuando le contestó: “Don Gabriel, usted acaba de fotografiar una película dirigido por un egresado del CUEC”. Figueroa no se había enterado hasta ese momento que la película Narda o el verano había sido dirigida por Juan Guerrero, egresado de la primera generación del CUEC.

En la Memoria de actividades del CUEC de 1973, González Casanova testimonia un comienzo difícil para el joven centro porque, decía, “partíamos del cero absoluto”, ya que las actividades se realizaban en un pequeño local de la Ciudad Universitaria, no tenía presupuesto ni la infraestructura para ser considerado una escuela, pero contaba con todo el entusiasmo de aquellos que creyeron en la necesidad de hacer realidad la creación de un espacio universitario dedicado al estudio sistemático del cine. Consecuente con esta idea visionaria, fue el fundador de la Filmoteca de la UNAM en 1960 y el primer productor de cine profesional para la Universidad: por citar un ejemplo, el largometraje Ora sí, ¡tenemos que ganar!, dirigido por Raúl Kamffer y producido por la UNAM obtuvo el Ariel a la mejor película mexicana en 1982. Uno de sus logros más significativos fue el hacer realidad el documental emblemático del movimiento estudiantil de 1968, El grito, realizado a partir del seguimiento fílmico de los estudiantes y académicos del CUEC a los acontecimientos de la época. En el plano internacional académico, en 1976, fue el primer presidente de habla hispana de Cilect (Centre International de Liaison des Ecoles de Cinéma et de Télévision), la asociación que agrupa a las escuelas de cine más importantes del mundo.

La última vez que vi al Mtro. González Casanova fue en noviembre del año pasado, en un restaurante cercano a Ciudad Universitaria, mientras comía con su hijo José Miguel. En ese encuentro casual pude comprometerlo a asistir a la inauguración de la nueva sede del CUEC en Ciudad Universitaria, junto a La Filmoteca, sólo me pidió que le avisara con tiempo suficiente. Por supuesto que no sabía que no lo volvería a ver y tuve el pudor de no comentarle todavía que la sala de cine del CUEC llevaría su nombre. Esperaba darle la sorpresa. Ya estaba decidido. Ahora sólo me queda anunciarlo por este medio: la sala de cine del CUEC se llamará Manuel González Casanova.

Hoy, esa idea llamada CUEC que partió del “cero absoluto” y a la que González Casanova llamó “un sueño imposible”, está a un año de cumplir medio siglo de existencia. Es una de las escuelas de cine más importantes de América Latina y referente mundial en el quehacer cinematográfico por la mirada crítica, vocación social y auténtico espíritu universitario de sus producciones. El CUEC está a punto de regresar a Ciudad Universitaria con instalaciones propias y sus estudios están en proceso de ser formalizados como la Licenciatura en Cinematografía. No podemos escatimar entonces nuestro agradecimiento y nuestro profundo reconocimiento a Don Manuel González Casanova, quien por su tenaz dedicación al cine y a la Universidad hizo realidad ese “sueño imposible” que es hoy el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos al que orgullosamente pertenecemos.