“Una chica encantadora”, la definió Octavio Paz

Guadalupe Loaeza

Elena Poniatowska, Elenita, Elenísima… Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor… cumplió 80 años el 19 de mayo.

Nos preguntamos, ¿cuántas Elenas existen? La princesa a la que le decían “alteza” desde que tiene memoria, la niña que se fascinó con México, país al que llegó a los 9 años, la maravillosa entrevistadora que llegó a romper el récord de cualquier periodista mexicano al hacer una entrevista diaria a lo largo de un año.

Elena, la que deslumbró con La noche de Tlatelolco, la amiga de Carlos Monsiváis, la que apoya las mejores causas sociales, la que adora París, la entrañable amiga, la cuentista, la cronista…

Y la creadora de un estilo lleno de gracia, como dijo Octavio Paz en una entrevista con Braulio Peralta: “Una chica encantadora, inteligente, que me sorprendió, primero, por su vivacidad y por su inmensa simpatía; inmediatamente después, porque empecé a leer sus textos, que me encantaron”.

Elena, mi maestra y la de muchos escritores. ¿Cuál de todas las Elenas es la más querida y admirada.

Estoy segura de que amanecieron en casa de Elena toneladas de regalos, de tarjetas y de cartas con palabras de felicitación cariñosísimas. Los obsequios que la vida le ha dado a Elena son tantos que a su vez ella, generosa como es, los reparte. No hay persona que no haya conocido a Elena y que no haya recibido de ella una sonrisa o una palabra de aliento.

¿Con cuál de sus numerosos libros se sentirá más identificada Elena? ¿Con La noche de Tlatelolco, imprescindible para entender lo que pasó en 1968? ¿Con alguno de los que ha dedicado a sus mujeres maravillosas como Tina Modotti o Leonora Carrington? ¿O con aquellos en los que ha dibujado línea por línea la vida y obra de personajes como Juan Soriano, Octavio Paz o Mariana Yampolski? Quizás a Elena le gusten especialmente sus entrevistas, en las cuales literalmente se enfrenta a los personajes más fascinantes de México.

Mas, nosotros pensamos que para conocer mejor a Elena, para saber de su vida, sus amores, sus fobias, sus contradicciones, su mundo interior y sus personajes más queridos, el libro fundamental es La Flor de Lis (Era, 1988). La flor de lis es el símbolo de la nobleza, porque desde el siglo XII, el rey Luis VII de Francia la utilizó en su escudo de armas. Pero en nuestro país, la flor de lis es la tienda de tamales más famosa. De ahí que el título sea una especie de ironía, pues la protagonista, Mariana, tiene mucha semejanza con Elena, es una niña nacida en Francia, de madre mexicana.

Dice que poco después del temblor del 85, cuando estaba escribiendo su libro Nada, nadie, para pensar en otra cosa, retomó un viejo cuento que había escrito en los años 50, “El retiro” y escribió las primeras 100 páginas de esta novela.

¡Cuántos personajes entrañables! Desde Luz, la madre de la protagonista, una mujer frágil, encerrada en su propio mundo, hecha a la antigua, religiosa, pero sobre todo soñadora. Dice Elena que los pasajes supuestamente escritos por Luz son en realidad copias de los diarios de su madre, Paula Amor. Mariana y su hermana Sofía nacieron en Francia, pero llegan a México huyendo de la ocupación nazi. Entonces, las calles de París quedan atrás.

“Eramos unas niñas desarraigadas, flotábamos en México, qué cuerdita tan frágil la nuestra, ¡cuántos vientos para mecate tan fino!”, dice. Y Casimiro, su padre, encerrado en su laboratorio, ensimismado. El un día se fue a pelear por Francia, Casimiro es el gran héroe de Normandía, es el personaje de quien se espera su regreso, pero realmente nunca vuelve. Quizá Casimiro nunca pudo arraigar en ningún lado.

El otro personaje de la novela, el padre Teufel, tiene una personalidad fascinante y seductora; al mismo tiempo estafador, idealista y repugnante, pero le da a Mariana un consejo que retumba para siempre en su existencia:

“Descastarse, niña Blanca, des-cas-tar-se. Rompa usted escudos y libros de familia, sacuda árboles genealógicos. No guarde álbumes amarillentos. Las únicas capaces de abolir las clases sociales son las mujeres, las mujeres que pueden tener hijos con quien sea y en dónde sea”.

Así como Mariana aprendió del enigmático padre Teufel, sus lectores y sus admiradores aprendemos todo el tiempo de Elena Poniatowska. Todos queremos a Elena: la izquierda la quiere, la derecha la respeta y el Yunque la teme. Desde hace 30 años que la conozco y me he dado cuenta de todo lo querida que es. Su madre, Paulette Amor, la adoraba, aunque de niña su preferida era Kitzia. Dos años fui su alumna en el taller literario al que también iban Alicia Trueba, Rosita Nissán y Beatriz Ballina.

A Elena la siento como una hermana mayor, como una hermana entrañable que ha tenido conmigo gestos maravillosos, como un día que dejó sus sagradas clases para venir a apapacharme por un problema amoroso.

En otra ocasión, nos quedamos platicando sobre sus amores de juventud hasta las tres de la mañana. En otra ocasión me mostró un álbum con dibujos de Alberto Beltrán en los que se veía a Elenita como una princesa.

A Elena la han adorado personalidades como Rodolfo González Guevara, Alejandro Gómez Arias, Demetrio Vallejo, Manuel Buendía, Mariana Yampolsky y Nancy Cárdenas.

Entre sus enamorados podemos contar a Julio Scherer, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Fernando Benítez, Fernando Gamboa y hasta el subcomandante Marcos.

Entre sus amigos más queridos se encuentran Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. A Elena le hacían la corte los niños bien de los años 50, pero a ella, que es más niña bien que nadie, le daban flojera esos enamorados y prefirió a los escritores, a los artistas y a los científicos.

A pesar de todo, Elena es sencilla y modesta, nunca ha querido tener secretaria y sus citas las hace ella misma. También es valiente, vive a flor de piel, exponiéndose siempre. Nunca ha dejado La Jornada a pesar de las ofertas que le han hecho en otros periódicos. Finalmente, debo decir que le estoy infinitamente agradecida porque gracias a ella escribo.