¿Los señores de la guerra se descarrilan?
Jorge Carrillo Olea
No todo lo nuevo es bueno. Más bien, como lo estamos viviendo, lo que por naturaleza es malo es la ingobernabilidad no sólo del país en su conjunto, sino de sectores que por su índole siempre fueron cautos, responsablemente parcos como el militar o el servicio exterior. Sabían que para alcanzar legítimos anhelos profesionales los caminos debían ser parcos. También llama la atención que dentro de las filas verdes se mantenga la mesura y que el parloteo se dé extramuros, pero sí inquietando a mucha gente dentro, incluso condicionando la libre elección del secretario por quien vaya a ser presidente.
Mitos y realidades se cruzan estos días. Se habla de generales acelerados tras del nombramiento presidencial. Curiosamente se exhiben sin base a los que prudentes callan, a los institucionales, y no se critica a los que hasta pagan páginas y páginas en una soñadora ambición de prolongar algo de los dos sexenios que fueron su remunerador origen. Así son estos tiempos. Nuevos tiempos, cosas nuevas.
Difícilmente el próximo presidente habrá de elegir a quienes se promovieron como mercancía. Cosa semejante pasa en las otras instituciones donde fue tradicional la compostura: Relaciones Exteriores. Esta última donde los presuntos también son danzarines. Son irradiaciones que resultan de la esquizofrenia presidencial que a su vez repercute en desgobierno.
Calderón vive ajeno a las desdichas, a las preocupantes realidades. No parece interesarle el crimen que nos corroe, ni la potencialidad explosiva de una elección no resuelta, ni la concordia social en quebranto, ni la pésima imagen que internacionalmente estamos proyectando. Todo lo resuelve administrándose una catarsis diaria hablando del país de maravilla que sólo él conoce.
En el caso de la Defensa, muy por encima de ambiciones y proyectos personales, debería considerarse que como nunca un alto interés nacional está en juego, que la situación del país demanda de quien fuera secretario gran sobriedad, solvencia moral, dominio técnico, presencia y prestigio y una oferta de renovación tan imperativa como ineludible. La guerra que se heredará, con todas las adecuaciones que se crearan, seguirá teniendo como pivote las fuerzas armadas. Lamentablemente para la nación y para ellas, por mucho, mucho tiempo.
Las fuerzas armadas demandan de aire fresco, de ideas innovadoras, entusiasmantes, que levanten una moral hoy lógicamente decaída ante seis años de luchar contra un muro tipo Medusa. Es la llamada fatiga de combate que extenúa a hombres e instituciones. Así se plantea en Agenda. Panorama General del Ejército y Fuerza Aérea Mexicana, texto oficial de la Secretaría de la Defensa Nacionl al congreso donde expresan su desgaste, sus insuficiencias. Por eso demandan de un mando que ofrezca un profundo enfoque profesional renovador estructural, no de maquillaje. Concomitante con ello, y eso reclamaría además de grandes atributos de líder, hoy como nunca las tropas deben sentirse bien mandadas. Se ha dicho que no hay mejor estimulo para un soldado que sentirse bien mandado.
Ninguno de los descarrilados, visibles o invisibles, sería elegible, simplemente por la incontinencia mostrada, por esa evidencia de ambición y egoísmo. Para un presidente sensato estarían desechados. Ellos piensan en su interés, no en el país, tampoco en la suerte de sus legiones. Están moralmente impedidos. Hoy el ser voraz e ininteligente es pecado mortal imperdonable en quien debiera ser todo un ejemplo de reciedumbre militar.
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