Eleonora Luna

Fue uno de esos días que encendí, muy de mañana, mi computadora. Era 6 de marzo. Revisé lo que se revisa cuando el cuerpo no ha despertado completamente. Dos mensajes.

Isaías, colega de la carrera de Teatro, me ha mandado uno con el asunto: “No lo creo”. Le doy prioridad, me parece el más urgente. Nos ha agregado al mensaje comunitario de FB a cuatro. Leo la noticia sobre nuestro profesor. Pregunto ingenuamente que si está seguro. Hay un “sí” inmediato en la conversación y un enlace con la página del Colegio de Teatro. Siento el nudo en la garganta y la necesidad de corroborarlo en los periódicos o en la página CUEC. Me acomodo en la silla y pego la cara al monitor. Toda mi atención está concentrada en las páginas de internet y la velocidad de mi mano derecha para manejar el mouse. Uno no está preparado para recibir esas noticias tan de mañana. Descubro los artículos del El Universal, La Jornada y el comunicado 512 de Conaculta.

Respiro profundo y me recargo mientras me corren lágrimas silentes por la piel. No puedo controlarlo. Me había despertado completamente.

Conservo la imagen de la corbata, su barba cana y su sonrisa. Los dos puntos acomodados en la curva del paréntesis aparecen en la pantalla abajo del nombre de cada uno de nosotros. Tratamos de averiguar un poco más. Hace más de dos años que ninguno de nosotros se ha parado por la Facultad. Encontramos información sobre el funeral. La compartimos.

Los recuerdos se amontonan al momento. Leemos con atención. La memoria estalla en cuadros de imágenes con cada anécdota que escribimos. Les digo: iré un rato por la noche a Gayosso. Espero verlos por allá.

Era 6 de marzo. Martes. Tenía que ir a un curso de Literatura que ofrece el lugar en donde trabajo. Camino hacia el salón con una frase que rescato de la memoria: “Escríbelo, desde cero, como lo imaginas. No es imposible.”

Recordé también a Todorov, “el hombre es memoria”. Los días siguientes busqué las libretas de los tiempos en la carrera. Frases enmarcadas, rayones de pluma, un dibujo. Esas cosas siempre te dirán algo. Entre cajas de una reciente mudanza encontré las notas de la clase de cine. Siempre le dijimos así.

Comenzaba el ciclo escolar en la Facultad de Filosofía y Letras, agosto de 2008. Taller de dirección de cine y T.V. era el verdadero nombre de la materia que tomamos durante dos semestres con el Dr. González Casanova. Éramos unos diez alumnos, tal vez doce. Lo vimos llegar al salón por primera vez como lo veríamos siempre: con paso calmo, saco, corbata, a veces un sombrerito, la barba cana, su rostro apacible y una sonrisa. Llevaba oculta la lata de la película Marco Antonio y Cleopatra de Enrico Guazzi filmada en 1913, la primera de muchas que veríamos durante los dos semestres de clase.

Fue difusor de textos especializados en cine y promotor de su conservación. Le apasionaba el cine, se notaba. Lo pensó como un arte de imágenes en movimiento. De la nada fundó un centro en donde se enseña y se hace cine, el CUEC. Creó los cine clubes. Nosotros nos convertimos en eso, en un cineclub. En el segundo piso del edificio de la facultad, todos los jueves, éramos parte de un cineclub que analizaba las películas compartidas por el maestro. Griffith, Murnau, Max Schreck, Paul Wegener, Chaplin, Keaton, Von Sternberg, Salvador Toscano, Enrique Rosas, Buñuel, Einseinstain. Y muchos más. Van surgiendo pequeñas frases, revelaciones puntuales que nos comparte. Nos introduce poco a poco en el lenguaje cinematográfico. Montaje, sintaxis de las imágenes, movimientos de cámara, luz, sombra, sonidos, etc. El maestro Casanova nos lleva de todo: documentales, testimonios, historias de ficción. El cine como relato histórico, como fuente de información. Oel cine como agente de historia, que debate sobre los procesos históricos que le toca vivir al artista. O el cine como vector de memoria, la construcción de una memoria colectiva. Hacemos un recorrido por el cine en México.

Nos apunta los avances tecnológicos y científicos que impulsaron a la industria. Hablamos de las problemáticas morales y éticas. El curso del arte cinematográfico, los planteamientos estéticos y sus revoluciones, contradicciones e ideologías. Películas con carencia de sonido o virtud por el silencio. Al final, desnudos, los caracteres humanos, en blanco y negro o a color.

Sin darnos cuenta estamos empapados de cine. El semestre se está acabando. Las imágenes tienen cualidades distintas a las palabras, dice en una clase y nos recuerda que tenemos que entregar los avances del guión con el que nos evaluará.

Desató un torbellino. Hay una premura en toda la clase por querer entenderlo todo, por saberlo todo. Una celeridad que se vuelve necesaria. Parece que es el signo que define nuestro tiempo. Supongo que podemos elegir entre dos opciones: echarle la culpa a la posmodernidad y angustiarnos por la falta de certeza sobre el futuro académico, o creer que tanta rapidez sea virtud de un entusiasmo poco controlado. Quiero pensar que nos ocurría más lo segundo que lo primero. Fuimos encontrando el camino. Me acerqué al maestro para preguntarle sobre el formato. Es que no sé cómo hacerlo, dije.

Nos miró y movió la cabeza. Sólo escríbanlo, imagínenlo y escríbanlo. Si lo imaginan, es posible y ya está. Tengo un poema de Omar Khayyam del que se edifican imágenes de mi película. Las veo en la cabeza. Listo. Lo tengo. Está en mi cabeza, pero qué formato, cómo se llaman los movimientos de cámara, cómo indico una luz, Close-up, interior, noche, diagonal, día, diagonal, nombre del personaje. Mi personaje necesita un nombre. Volvemos a preguntarle en clase. Él hace un silencio. Mueve una mano y luego nada. Tiene la serenidad de la experiencia y un temple que casi nos vuelve locos en ese instante. Ahora lo entiendo: nada más que la calma del que construyó una imagen imposible en su cabeza y luego le dio una forma material: la creación del CUEC, la Filmoteca, los cineclubes, y más y más y más. Un proceso de voluntad humana transformada en voluntad institucional y académica. Sonrío.

Escribe todo lo que quieras que haya, cuéntalo, el formato es lo de menos, hay programas que lo hacen, decía. Lo importante es ver en imágenes lo que tú quieres ver. Cada detalle. Como una marejada, un oleaje, así puede llegar. Pienso: todo se convertirá en un huracán en medio del océano pero llegará a la orilla y bañará cada grano de arena que haya decidido poner en la pantalla. En el salón, todos nos vemos los rostros y confiamos en sus palabras.

Escribimos nuestros guiones. Seguimos con las películas y nos cuenta anécdotas. Nos platica del incendio de la Cineteca Nacional. Hace un recorrido casi filmico del camino para llegar hasta allá. Lo cuenta en imágenes. Va contando su propia película y nos envuelve con la historia de su vida. Conocimiento y experiencia, ideas y sueños que se cumplieron. Siembra en pequeñas oraciones un mundo de posibilidades. Y ahí está sentado en la silla, con una mano sobre los rollos cinematográficos que guardan la historia fílmica del hombre, hablando del nitrato de las películas que se guardaban en la Cineteca y el fuego incontrolable que devoraba los rollos. Todos los compañeros en algún momento aprendimos a colocar los viejos rollos y a utilizar el proyector que cargaba para todos lados. La verdad es que impresionaban.

Ahora puedo ver una película directamente de una usb que casi es del grosor de una de esas láminas delgadas con sabor a menta que quitan el mal aliento. Para mí, las latas que guardaban los rollos, tienen más encanto. Grandes, toscas y metálicas, revelan tesoros de memoria.

Finalizaba el semestre y había que terminar el guión. Angustiados y un poco escépticos por el trabajo que habíamos hecho, esperamos las notas finales de nuestra evaluación.

Nos llama uno por uno. Nos da comentarios generales. Desmenuza nuestros guiones. Nos explica sobre el sentido de la imagen y el discurso que edificamos con la sucesión de éstas. Nos apunta detalles sobre eso. Nos dice: “desde cero” “lo escribieron, como lo imaginaron“, “nada es imposible“. El semestre se termina.

Ese 6 de marzo me encuentro a la Maestra Toriz en Gayosso. Le sorprende verme ahí. Fue mi maestro, le digo. Hay personas con las que coincidimos. Vamos por el mundo conociendo gente, manteniendo un lazo u olvidándolas. Hay con quien construimos un vinculo. Esa sintonía puede durar años, meses u horas, pero marcan una premisa que cobrará sentido en algún momento de nuestra vida. Una frase, una palabra indicada en el instante preciso. Así él, le digo a la maestra Toriz. Nos animó a escribir y ver el cine de distinta manera, a quererlo tanto como él lo quiso.

Después de varios años uno va comprendiendo las enseñanzas de sus maestros. Pienso: mucho más habría aprendido si hubiera puesto más atención. Lo académico queda en nuestra memoria como notas de clase, información que nos sostiene en nuestra profesión. Lo que aprehendemos de los mentores marca para siempre nuestra forma de actuar. Me piden hablar del maestro en esta mesa. Leo artículos sobre él, noticias, crónicas, lo que encuentro para decidirme qué decir frente a ustedes. Llego a la Revista de la Universidad, al artículo que escribe Armando Casas sobre Manuel González Casanova (1934-2012). Lo titula “Un sueño imposible” y cita un testimonio del maestro publicado en Memorias de actividades del CUEC de 1973 y que hace referencia a la creación del centro: “[…] partíamos del cero absoluto.”

Se me queda grabado el título y la frase testimonial. Me llegan de un solo impulso las palabras que recordé frente a mi pantalla cuando leí el mensaje de que anunciaba su fallecimiento: “Escríbelo, desde cero, como lo imaginas. No es imposible.” Decido que lo que leeré frente a ustedes no será lo usual. No sólo quiero hablar de su trayectoria como docente, coordinador del Colegio, investigador, creador, productor de cine, hombre de voluntad indoblegable. Quiero compartirles el recuerdo que tengo del maestro. Contarles lo que me enseñó en una narración que parte de cero y define mucho de lo que hago profesionalmente y de lo que soy. Escribir y crear lo imposible en imágenes cinematográficas o teatrales o de vida. Cada uno con su lenguaje.

Mi gratitud al maestro González Casanova. Lo llamo y lo llamaré maestro porque con su experiencia y sabiduría nos contagió el gusto por el cine, por verlo, escribirlo y producirlo desde cero, de la misma forma que creó todo lo que se imaginó.

Gracias al Doctor Manuel González Casanova.

22 de agosto de 2012

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.