Felipe Calderón
Humberto Musacchio
Cuando Luis Echeverría concluyó su muy nefasto sexenio, pretendió continuar gobernando acuartelado en su fortaleza de San Jerónimo. Había hecho instalar en su residencia una extensión de la red presidencial y desde ahí llamaba a uno u otro secretario de Estado, a directores de paraestatales y líderes políticos a los que daba órdenes como si él continuara al frente del Ejecutivo Federal.
Agraviado por esa usurpación de funciones, José López Portillo, su sucesor, dispuso cortar su línea de teléfono oficial, le redujo drásticamente los fondos para la llamada Universidad del Tercer Mundo y cuando le preguntaron por la influencia de Echeverría en su gestión, respondió que sólo dos ex presidentes continuaban en Palacio Nacional: Benito Juárez y Lázaro Cárdenas.
La anécdota viene a cuento porque no es Luis Echeverría el único ex presidente que se niega a hacer mutis. Es bien conocido el activismo que, una vez terminado su periodo, desplegó Miguel Alemán en defensa de sus muy cuantiosos intereses empresariales. Adolfo López Mateos debió abandonar todo afán continuista por enfermedad y más recientemente Carlos Salinas de Gortari ha sido acusado de intentar la prolongación de su mandato.
Ahora, para desgracia de la república, sabemos que el síndrome del maximato no es exclusivo del PRI. Desde la campaña electoral, en diversos puntos del país, Felipe Calderón ha venido efectuando reuniones con el panismo local. Después del fracaso de Josefina Vázquez Mota —en buena medida debido al abandono presidencial—, Calderón ha lanzado la iniciativa de “refundar” el PAN y la semana pasada, reunido con los legisladores electos y la plana mayor de ese partido, propuso realizar la asamblea nacional auriazul en octubre, antes de su desalojo de Los Pinos.
Pese a la derrota electoral, resulta obvio que el PAN tiene presencia y simpatía en un amplio sector de la sociedad mexicana y que, nos guste o no, representa una corriente —la derecha más tradicional— con raíces muy hondas en la historia de México. Por eso mismo, la pretensión de refundarlo representa un peligro no sólo para Acción Nacional, sino para los delicados equilibrios sobre los cuales transita la política nacional, hoy más que nunca necesitada de pesos y contrapesos.
La pretensión de instaurar un minimato en su partido, ha chocado ya con la resistencia de los sectores tradicionalistas, de la dirección y de los legisladores que están por entrar en funciones. Con su activismo absurdo, Felipe Calderón no ayuda al PAN, pero puede llevarlo a un desastre del que no pueda levantarse en muchos años. Ese es el peligro.
