Carmen Galindo

 De sus libros, Ray Bradbury prefería Farenheit 451. Pensaba que era su pasaporte a la inmortalidad. En lo personal, me gusta más Crónicas marcianas. De hecho, uno de sus capítulos, el que tiene la fecha de abril de 2005 y se titula Usher II, es, con una solución distinta, un borrador de Farenheit 451. Aquí, el subtexto es Edgar Allan Poe, pero no, como sugiere el título “La caída de la casa Usher”. Los inspectores de “climas morales” han decidido deshacerse de una casa hecha a imagen y semejanza de la literatura de Poe y el dueño de la casa, un aficionado a la literatura, toma venganza conduciendo al inspector a la misma muerte ideada por Poe en uno de sus más célebres relatos, muerte de la que podría haberse salvado de haber leído “El barril de vino amontilllado”. Lo pierde su ignorancia, o lo que es igual, su desprecio por la literatura. (Recuerdo que cuando la caída de Allende, una de las primeras medidas de la dictadura pinochetista fue prohibir las obras de Pablo Neruda y la gente, en Chile, comenzó, como en Farenheit 451, a memorizarlas).

Al releer, ahora, por la muerte de Bradbury (5 de junio de 2012), precisamente Crónicas marcianas, recordé que la literatura norteamericana era crítica, incluso feroz, hace algunas décadas. Me vinieron a la memoria Lillian Hellman, Dashiell Hammett, Arthur Miller y el más grande de todos, el John Steinbeck de Viñas de ira. Bradbury no se queda a la zaga, su invención de Marte, aunque no le gustaba el realismo, es una forma simbólica de poner en tela de juicio a la sociedad, que no constriñe a los Estados Unidos, sino, como debe de ser, a la Tierra en su conjunto. Sus críticas están a la orden del día, un terrestre, llegado a Marte, no piensa más que en dos cosas, imponer su estilo de vida y ganar dinero, lo que cristaliza en poner un puesto de hot dogs. Cambie usted el carrito de salchichas calientes por hamburguesas McDonald y ya es una imagen actual sin metáfora al canto.

Una cuestión muy vigente en esos días era el temor a la bomba atómica. En Crónicas marcianas, una familia huye a Marte y desde allá observa la destrucción de la Tierra. La fecha, en el texto, es la de agosto de 2026; alude sin duda a los días 6 y 9 de agosto, pero de 1945, en que se arrojaron las bombas en Hiroshima y Nagasaki.

Cuando leí Crónicas Marcianas en mi adolescencia, recuerdo nítidamente que me molestó que las crónicas de Marte dejaran ver, como al trasluz, los problemas de la sociedad estadounidense. Me temo que lo tomé como una falta de imaginación y ahora, en esta relectura, fue lo que más me agradó, esa ferocidad de la literatura norteamericana de otros años con que los escritores juzgaban el mundo que los rodeaba. Lo que se novela es la historia de la conquista de Marte y cómo las sucesivas expediciones asesinan o son asesinadas, este eterno retorno del hombre de sembrar la muerte, este deseo -ya que unos cuantos se oponen- también eterno de impedirlo, de defender la vida de uno y de los otros hasta los límites de la heroicidad.

Sin embargo, predomina en el libro el clima apocalíptico y esta incapacidad de comprender al otro, a lo diferente, a lo distinto. De tratar de imponer una cultura, la propia, y en la visión de Bradbury, una cultura regida por la ganancia y, para colmo de males, banal.

La estructura de Crónicas marcianas es muy particular. Mucho se ha especulado que son un conjunto de cuentos, y a calificarlo así induce que cada episodio tiene personajes independientes y los episodios se cierran perfectamente, quiero decir sin continuidad, pero el hecho de que hay sucesivas expediciones terrícolas a Marte y se guarda, aunque borroso, el recuerdo (incluida la numeración) de las anteriores, le confiere el aspecto de una novela. El nombre de crónicas no es inocente. Al contrario de la novela o el cuento que apuestan por la ficción, la crónica suele apegarse a la realidad, a la historia de todos los días. Estas crónicas, por ser marcianas, apelan a la ciencia-ficción, un género igualmente colocado con un pie en la ciencia y el otro en la imaginación. Marte es aquí un vivo reflejo de la Tierra y esto, que como decía, me desagradaba en mi juventud es ahora lo que más me atrae: su juicio implacable sobre el afán de dominio y de destrucción de la sociedad capitalista.

Es interesante mencionar que Bradbury no concebía otra finalidad para la vida, al menos para la suya, que escribir incesante y felizmente. Como si al mundo mercantil criticado en sus relatos opusiera el del arte, el del creador.