Sergio Mondragón

El libro de poemas Turba de sonidos de Ricardo Venegas se hizo acreedor al Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2008, mismo con el que se reconoce, además de la calidad del libro, el trabajo del autor en el campo de las letras, quien tiene siete libros publicados, ha sido incluido en una decena de antologías y se ha destacado por su frecuente colaboración en numerosos medios como periodista cultural. El poemario se divide en dos secciones, la primera parte da título al volumen y la segunda es El rumbo fugitivo.

Turba de sonidos tiene mucho de autobiografía, explícita o entre líneas. ¿Qué libro de poesía no tiene esta característica, aun en aquellos casos en que se habla de otros, de un personaje histórico, de un país o un paisaje? El poeta se vuelca entero en sus poemas, con sus obsesiones, sus mitos y sus sueños, con su ritmo personal, y en las líneas de sus composiciones puede leerse el itinerario, completo o fragmentario, de su vida, al modo en que el experto vidente puede interpretar el destino en las palmas de las manos, o el maestro taoísta leer el contenido del momento en la disposición de los objetos que se hallan sobre la mesa, o en el artesonado del caparazón de una tortuga.

La primera mitad del libro es una mirada adolorida y nostálgica sobre la infancia y la adolescencia del autor, sobre las cicatrices y los regueros de escombros existenciales entreverados con valles, patios y follajes, piletas de agua y cigarras que añaden su monótono canto a la turba de sonidos a que este libro nos convoca. “¿Quién fui entre vergeles anteriores a la tierra?”, se pregunta Venegas en el primer poema de El rumbo fugitivo. El libro completo es una extensión de esa misma pregunta y es también una respuesta de imágenes que se presentan en desbandada o en orden, impulsadas por el elemento aire, que aparece en esta obra con diferentes intensidades y funciones, diseminando los significados como semillas que aquí y allá van a reventar y germinar.

Turba de sonidos es sobre todos los sonidos el sonido de las palabras que labran esta autobiografía, el sonido de aquellas palabras que le sirven de tabla de salvación al autor, ¿y por qué no? al lector, si es que acepta la invitación y se decide a subirse a la tabla de salvación de la poesía para compartir allí la belleza o la desazón del viaje que atravesó el poeta, por otro lado viajero de sí mismo, antihéroe de la escritura de su obra, heredera en la forma fragmentaria de los trazos que la conforman, de una cierta vanguardia y de aquella divagación que retrata el funcionamiento del pensamiento de la señora Bloom —en realidad, el de todos nosotros— en la célebre obra de Joyce.

Saber, no con la razón del filósofo sino con la intuición del poeta. Comunicarse no a través de los razonamientos sino con las imágenes brotadas de las bodegas abundantes del corazón. Invocar no la razón del mundo sino la poesía intangible que reposa en cada partícula de la naturaleza y de los sueños. Ricardo Venegas conjura en su libro los cuatro vientos que soplan en los cuatro puntos cardinales, “al desandar desnudo buscando la palabra”, escribe; y con ese poema engarza su búsqueda en el espacio simbólico de su vida y de su historia personal al mito de la Caja de Pandora.

El libro de Venegas se construye en la esperanza. Fe en el poder de las palabras, fe en el búsqueda de La Palabra que muestre al fin su rostro verdadero, el rostro de uno mismo, el rostro de la poesía escondida, la verdadera naturaleza de las cosas.