Golpes publicitarios de estilo faraónico
René Avilés Fabila
Los mexicanos deben entender que toda obra pública llevada a cabo por el Estado no es un regalo o dádiva del poder, sino su obligación. Sin duda, la costumbre de considerar el trabajo de los políticos y los funcionarios por el país, como un acto de generosidad, proviene de los informes presidenciales que hoy se han generalizado de modo alarmante: cada empleado público electo o no, al final de cada año nos endilga sus “proezas” para beneficiarnos. De este modo recibimos andanadas de fuego de alto poder en los oídos y además quedamos obligados a aplaudir como focas.
No será fácil entender que para eso se le paga al presidente, al gobernador o al jefe de Gobierno del DF. Es parte de sus tareas y lo hace con dinero nuestro, no con el de sus cuentas bancarias. Pero a la costumbre de publicitar toda acción de trabajo como si fuera un hecho patriótico, ahora, merced a López Obrador y a Ebrard, se ha establecido una nueva costumbre, un ritual ridículo cuyo fin es promover el voto ciudadano con espejitos o espejos descomunales.
López Obrador, para probarle a los pobres del DF su amor, hacía segundos pisos que evidentemente benefician a los ricos y en general a los propietarios de coches, invitaba a la gente de escasos recursos a caminar por el segundo piso, incluso corretear por la recién concluida obra. El sábado, Marcelo Ebrard hizo lo mismo e invitó a través de cuanto conducto le fue posible a los capitalinos: ¡vengan, suban, jueguen, vean qué trabajo más maravilloso!
Y de alguna manera tiene razón, porque los pobres jamás volverán a utilizar el segundo piso por una simple razón: carecen de automóviles.
Sin embargo, el exitoso jefe del DF, considerado por sus amigos como el mejor alcalde del mundo (cómo estarán los demás) no tuvo éxito en su llamado. Según fuentes informativas (La Crónica del 19 pasado), hubo unos cuantos funcionarios menores y sólo unas ocho o nueve personas que fueron a curiosear, a falta de algo mejor qué hacer.
Me parece que la razón es que los capitalinos con mayor información ya saben claramente que hacer puentes y segundos pisos carece realmente de sentido, aumentan y prohíjan el número de coches. Esto ha sido demostrado hasta el cansancio.
Sin embargo, persisten las autoridades capitalinas por una sola razón: son inmensos golpes publicitarios, obras de estilo faraónico que impresionan a ingenuos, favorecen a los de mayores recursos y corren a votar por este tipo de trabajos. Una encuesta reciente muestra que en el DF, el voto para el PRD provino de capas sociales medias y altas y no tanto de las desfavorecidas.
La única solución todos los capitalinos la sabemos: es mejorar intensamente, como en las grandes urbes del mundo, el transporte colectivo, extender el Metro por toda la ciudad y perfeccionar en lo posible a los autobuses y taxis. El servicio de microbuses es un desastre total y el número de accidentes es ya largo. Pero todo esto es poco ruidoso, lo que antes quería López Obrador, y ahora lleva a cabo apresuradamente Marcelo, es edificar segundos pisos para conseguir popularidad, sin importar el costo y la matanza de árboles y vegetación en general.
Finalmente, la obra pública permite altos negocios que repercuten positivamente en las campañas presidenciales de López Obrador. A pocos les cabe la menor duda que se trata de un negocio con excelentes resultados políticos, pero sin que disminuyan los graves problemas vehiculares del Distrito Federal.
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