Herencia calderonista
Nunca antes en el quehacer humano se nos había colocado
tan al límite, entre la catástrofe y la supervivencia.
Javier Pérez de Cuellar
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
Ni en los momentos más febriles de sus aspiraciones bélicas, Felipe Calderón debió haber imaginado que su guerra contra el crimen organizado generaría más de 95 mil muertes violentas en cinco años de su administración, ni debió de haber reflexionado sobre los severos daños políticos y sociales que esa decisión generaría.
Seguramente, aquel 6 de diciembre de 2006, al colocarse el quepí con cinco estrellas y enfundarse la enorme casaca militar que le facilitaron, pensaba más en legitimarse con el poder de las armas que en las nefastas consecuencias que su decisión acarrearía a un país vejado, dividido, mancillado ante el resultado electoral amañado que lo colocó al frente del gobierno federal
Muchas debieron ser las voces que alertaron al michoacano sobre los riesgos y peligros que implicaba tal declaratoria de guerra, advertencias que no hicieron mella en Calderón, sino todo lo contrario, el autoproclamado presidente del empleo se transformó en guerrero vejado, cuya obnubilación le ha impedido reconocer la cauda de destrucción, de dolor y de muerte que ha generado al país y a sus instituciones, producto de un capricho que lo convirtió en el fatídico quinto jinete de un indeseado Apocalipsis nacional.
Así lo acredita un país enlutado y sembrado de muerte, de violencia, cuya inocultable cifra de las más de 95 mil muertes —reconocidas por el INEGI— horrorizó al prestigioso periódico francés Le Monde, cuyas páginas cobijaron por décadas las hazañas políticas y culturales de un México pacífico y solidario con la humanidad, que hoy generó un editorial en donde se le identifica con la barbarie y destrucción de una guerra sin sentido y una estrategia presidencial derrotada.
Qué decir del daño perpetrado a las Fuerzas Armadas, institución del Estado manejada a capricho por el titular del gobierno federal, abandonada a su suerte por parte de su comandante supremo, quien simuló buscar los marcos jurídicos que brindaran la certeza necesaria a su salida de los cuarteles, y cuyo presupuesto escatimó en detrimento de una policía federal que es paradigma de ineficiencia, corrupción, impunidad y de inveterada traición.
La procuración de justicia en manos de Calderón ha sido ejemplo de uso faccioso —como lo testimonia el sonado michoacanazo— y su entreguismo al imperio estadunidense ha profundizado la integración subordinada de una nación, otrora independiente, hoy abiertamente supervisada y controlada por Washington y los retrógradas poderes fácticos.
A la cauda de destrucción y desprestigio provocada por la administración del panista no escapó ni su propio partido, al que los desaciertos y rencillas provocadas desde Los Pinos desplazaron a un tercer lugar en las preferencias ciudadanas y enfrentaron a Calderón a la más terrible de sus pesadillas: regresar al PRI a Los Pinos.
Con motivo del sexto y último Informe de Gobierno los autoelogios y alabanzas pretenderán ocultar una realidad que parafraseando al diplomático Javier Pérez de Cuéllar nunca antes un periodo presidencial nos había colocado tan al límite, entre la catástrofe y la supervivencia, como el que dejan los desaciertos de Calderón.
