Mary Carmen Sánchez Ambriz

Dice García Márquez que los seres humanos se pueden dividir en dos grupos: los que saben contar un cuento y los que no. Alrededor de un autor como Jorge Luis Borges se han tejido varias historias falsas, algunas construidas por el mismo escritor y otras, como suele ocurrir, alimentadas por imprecisiones, alteraciones, ecos que finalmente se convierten en murmullos disfrazados de verdad. En este mar de falacias Fernando Sorrentino (Buenos Aires, Argentina, 1942) ha decidido navegar y detallar la historia detrás de los inexistentes textos y traducciones que se le atribuyen a Borges.

Sorrentino es un narrador bonaerense que en 1974 publicó Siete conversaciones con Jorge Luis Borges. El libro ha contado con varias reediciones, la más reciente es la de 2007 que puso a circular la editorial Losada; también ha sido traducido al inglés, francés, italiano, rumano y chino. Tras él éxito que tuvo este volumen, en 1992 recopiló sus entrevistas con Bioy Casares y de ahí surgió el libro de conversaciones con este cómplice de aventuras borgeanas. Como lo menciona Sorrentino en el prólogo de su libro, desde que leyó por primera vez a Borges supo que se trataba de un autor al que iba a recurrir toda su vida, de esos autores necesarios al que se vuelve en constantes relecturas y artículos. La recopilación de esas reflexiones, asombros y hallazgos, constituyen la esencia de El forajido sentimental. Incursión por los escritos de Jorge Luis Borges (Losada, Argentina, 2011).

En un libro de esta naturaleza, el propósito es aclarar las mentiras que se han ido eslabonando, parar rumores y que no se siga cayendo en los mismos errores que de tanto decirlos (publicarlos) terminan convenciendo a más lectores. Hay que destacar que el escritor argentino no se erige como un juez, un dirigente de una fundación o un académico que valora lo que sí y lo que no le pertenece a la pluma de Borges, sino como un autor interesado en aclarar malos entendidos que en cierto modo puedan deformar la obra que hilvanó el escritor de Ficciones, El libro de arena y Los conjurados, entre otros de sus libros.

Sorrentino demuestra que no sólo tuvo el acierto de poder charlar con Borges sino traza un panorama interesante sobre imprecisiones y dislates. Para el periodista argentino cualquier momento es valioso clarificar esos desatinos.

En el prólogo a las pláticas que sostuvo con Borges, reconoce: “Mis lecturas de Borges han sido siempre espontáneas, siempre reiteradas, siempre placenteras. En un mundo en que todos recibimos, y entregamos, cosas buenas y cosas malas, mi principal sentimiento hacia Borges es la gratitud por todo lo bueno que me dio y que me da”.

La novela que jamás escribió

En el diario argentino La Nación, el 13 de julio de 1997, se dio a conocer un texto de Juan Jacobo Bajarlía, quien decía que El enigma de la calle Arcos, novela policiaca, firmada con el seudónimo Sauli Lostal, fue escrita por Borges. Se informa que Ulises Petit de Murat le reveló a Bajarlía “la verdad” y que “fue escrita al correr de la máquina. Borges le dedicaba un par de horas por día. Fue escrita por Borges para ensayarse en ese género”. Por su parte, Sorrentino aclara que Borges no escribía a máquina y se pregunta: “¿Por qué querría Borges ensayarse en un género —la novela— que jamás había ejercido y que jamás ejercería?”. Recuerda lo que le contó Borges en sus encuentros: “…nunca pensé escribir novelas. Yo creo que, si yo empezara a escribir una novela, yo me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin”. Crece la indignación e incluye un par de cartas enviadas al diario, en donde se habla del seudónimo Sauli Lostal que en realidad corresponde a Luis A. Stallo, de nacionalidad italiana. “Se hallaba lejos de su vocación literaria agregar fealdad al mundo. […] Es del todo injusto que intenten atribuirle una obra ajena que vale muy poco”, enfatiza Sorrentino. Borges solía escribir a mano, pedía que a su alrededor reinara el silencio y nunca lo hacía fuera de casa, así lo advierte su sobrino Miguel de Torre.

La siguiente controversia es por la traducción de La metamorfosis que se le adjudica a Borges. Curiosamente la misma editorial que publica este libro de Sorrentino, Losada, puso a circular en 1962 La metamorfosis. Traducción y prólogo de Jorge Luis Borges. Aunque esta polémica relacionada con la obra de Kafka ya ha sido aclarada, el autor no pierde oportunidad de poner de nueva cuenta las cartas sobre la mesa, porque “no corresponde a las costumbres léxicas y sintácticas de Borges”. La versión al castellano no es de Borges y tampoco es de un traductor argentino sino de un español. Es la conclusión del escritor, quien saca la lupa y sus conocimientos de lingüística para demostrar que otra vez se equivocan con la obra de Borges. Lo que sí tradujo fueron los cuentos que aparecen en el mismo volumen. Sobre este libro, Borges hubiera querido que se llamara La transformación y no La metamorfosis porque así es la traducción correcta de Die Verwandlung. Y por eso subraya Borges: “Pero como el traductor francés prefirió —acaso saludando desde lejos a Ovidio— La métamorphose, aquí servilmente hicieron lo mismo”. Fue gracias a De Torre, sobrino de Borges, que conocía de cerca tanto la obra como la vida del escritor, que Sorrentino se dio cuenta que tampoco los cuentos “Un artista del hambre” (Ein Hungerkünstler) y “Un artista del trapecio” (Erstes Lerd) son versiones de Borges. Por una tesis de una estudiante, el escritor se puso a indagar y a verificar que Torre tenía razón y que el equívoco de atribuirle estas traducciones a Borges viene desde 1938 y, hasta la fecha, se sigue repitiendo. Este apartado se titula La metamorfoseada transformación de Kafka.

Si se hubiera establecido una competencia a ver quién postula más desatinos alrededor de Borges, habría un trofeo para Ramón D. Peres, quien ayudó a actualizar la parte que corresponde a autores modernos en la Historia universal de la literatura, publicada por la editorial Ramón Sopena, en 1969. Menciona los siguientes títulos: Inquisiciones, Historia universal de la infamia, El jardín de los senderos que se bifurcan, Ficciones y Nuevas inquisiciones, y llega a la siguiente conclusión: “La constante de su obra, como ya puede deducirse por sus títulos, es la denuncia”. Y esto no es lo único que sorprende a Sorrentino, también el hecho de que Inquisiciones y Nuevas inquisiciones no sean considerados libros de ensayo sino narraciones; y que El jardín de senderos que se bifurcan continúa siendo un libro independiente y no la primera parte de Ficciones.

Retoques a la traducción de Reyes

Cuenta Borges que conoció a Alfonso Reyes en la casa de Pedro Henríquez Ureña, después coincidieron en casa de Victoria Ocampo y luego Reyes lo invitó a comer varios domingos a la embajada de México en Buenos Aires. Nació entre ellos una amistad nutrida por lecturas en común y una mutua admiración. “Borges es un mago de las ideas. Transforma todos los motivos que toca y los lleva a otro registro metal. Los solos títulos de sus libros hacen reflexionar sobre una nueva dimensión de las cosas y parece que nos lanzan a un paseo por la estratosfera”, refiere Reyes en La máquina de pensar y otros diálogos literarios, de Reyes y Borges, recopilados por Felipe Garrido.

Alfonso Reyes había traducido a Chesterton para una editorial española. En 1945 Borges y Bioy Casares realizaron una selección y traducción de Los mejores cuentos policiales, edición que publicó Emecé. En ese libro se especifica que Reyes tradujo “El hombre que fue jueves”, “Ortodoxia” y “El candor del padre Brown”. El escritor bonaerense da cuenta de cómo la versión de Reyes tiene ciertas modificaciones que enriquecen el texto. Apunta Sorrentino: “Aunque no hay manera de determinarlo con exactitud, sospecho que, en el binomio argentino, quien llevaba la voz cantante en las decisiones literarias no era otro que Borges. Su tantas veces proclamada admiración por Alfonso Reyes (‘Al impar tributemos, al diverso/ las palmas y el clamor de la victoria’) no le impidió, sin embargo, enmendarle la plana al maestro mexicano”.

También forman parte del libro lo que pudiera llamarse derelictus (lo que queda de un naufragio), asuntos menores: si Borges quería o no que le cambiaran el nombre a la calle Serrano donde nació, sobre su enemistad con Arlt, Mallea y a veces con Sabato, de su aprobación al Martín Fierro y a la escritura de Macedonio Fernández, que si prefería tomar helados que comer habas, y de su amor/odio al futbol.