Claudio R. Delgado
En nuestro país han existido hombres de valor y cultura deslumbrante. Hombres que han sido de alguna forma, considerados una guía, una autoridad en su saber.
Pienso en personajes como nuestra Sor Juan Inés de la Cruz o en su contemporáneo y amigo, Carlos de Sigüenza y Góngora, también escritor y hombre de ciencia de la nueva España, quien es considerado un personaje “de modernidad científica” que dio fe del avance astronómico y matemático que había alcanzado la Colonia en el Siglo XVII, al mostrar la superioridad (según Elías Trabulse) que guardaban los estudios en esos campos con respecto a los europeos y los americanos de habla inglesa de ese siglo del barroco.
Ya más avanzados los años, en el Siglo XVIII surge en nuestro país el humanismo, doctrina filosófica y literaria que impulsa el estudio del griego y el latín, y que además exalta el amor por la patria mexicana y las culturas indígenas y también condena la esclavitud y alaba los valores humanos. Durante este periodo, surgirán escritores destacados como Francisco Xavier Clavijero, hombre de paciente y ardua investigación; como Carlos María de Bustamante y Jacobo de Villaurrutia, principalmente periodistas o el poeta Manuel Martínez de Navarrete, quien tomaría los votos sacerdotales.
Sin embargo, considero que es el Siglo XIX, el que empieza a dar a México, el mayor número de escritores de brillantez deslumbrante, de ideología netamente liberal y de acendrado amor a la patria. Escritores que incluso participaron lo mismo en las luchas armadas combatiendo con la espada, que con la pluma y algunos de ellos poseyeron una ilustrada formación.
El primero que viene a mi cabeza es el maestro guerrerense, de ascendencia netamente indígena y a quien le debemos el nacimiento de nuestra identidad literaria, don Ignacio Manuel Altamirano, escritor excepcional, de brillante inteligencia y vasta cultura; lector de los clásicos griegos y latinos, quien mientras ejerció su magisterio intelectual escribió numerosos ensayos, crónicas teatrales, apuntes bibliográficos, biografías, artículos críticos y prólogos que constituyen aportaciones fundamentales para el conocimiento de la vida y época que le tocó vivir. Fue sin duda el de Tixtla, Guerrero, un hombre cosmopolita, culto y sabio.
Otro de esos prohombres fue don Ignacio Ramírez, El Nigromante, también de sangre india, escritor y filósofo, formador de generaciones que hicieron grandes aportes a nuestra cultura nacional y entre ellos se cuenta precisamente su discípulo Altamirano. Podría yo seguir mencionando nombres de gran valía e interés intelectual como el mismo: Guillermo Prieto, Manuel Payno, Francisco Zarco, o incluso el maestro y educador don Justo Sierra, sin embargo baste mencionar un ramillete para darnos cuenta del parnaso nacional que existió durante el convulso siglo XIX mexicano.
Ya entrado el Siglo XX, destacarán principalmente durante la primera mitad, los miembros del Ateneo de la Juventud, y de entre ellos los que más brillo alcanzarían son Alfonso Reyes, José Vasconcelos y (aunque no era mexicano de nacimiento) el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Todos ellos hombres enciclopédicos, humanistas, eruditos y conocedores de la cultura clásica y de las letras modernas, expertos en un conocimiento poco común en nuestra actualidad. Hombres sabios y estudiosos que fueron faro, luz, en el océano de la cultura nacional y que siempre guiaron a las generaciones posteriores a buen puerto.
Una generación posterior al Ateneo, fue la de Contemporáneos, integrada por poetas, hombres de teatro, ensayistas y científicos. Dos nombres de entre este grupo llaman más mi atención: Don Jaime Torres Bodet y el resplandeciente Jorge Cuesta. Hombres brillantes e inteligentes. Ensayistas cultos, poetas meticulosos, escritores de alta sapiencia.
Todo este preámbulo viene a cuento, porque otro de esos hombres sabios, cultos, acaba de fallecer sorpresivamente apenas la semana pasada victima de un ataque al corazón, me refiero al escritor Ernesto de la Peña.
Cada vez que un escritor parte de este mundo, nos lamentamos por su pérdida; primero, porque la muerte de cualquier ser humano en si misma es dolorosa. Dolorosa para la familia del fallecido, sus amigos o conocidos, pero cuando de un escritor se trata, sobre todo si éste ha sido un autor brillante, considerado un guía, o un ejemplo a seguir, no sólo pierden sus familiares o amigos, los allegados, la que también pierde principalmente (creo) es la nación.
Sí, esa otra madre que le brindo abrigo, formación y carácter a ese autor ido. Esa a la que el mismo escritor representó no sólo dentro del país y frente a sus iguales, sino la misma Patria que fue reconocida a través del nombre del escritor. Tal fue el caso de don Ernesto de la Peña al haber recibido premios y reconocimientos por su vasta cultura, al haber sido considerado como uno de los 17 hombres más sabios del planeta por su erudición, por su trabajo literario que aunque de muy corta extensión, sin embargo, es de importancia para entender y conocer sus aportes a nuestras letras, a nuestra cultura nacional.
Seguramente pasará con él lo que ha venido pasando de manera recurrente con escritores de igual y valiosa inteligencia y vasta cultura, será olvidado, como el maestro Rafael Solana, o como el grande Jaime Torres Bodet, o el mismo (no hace mucho fallecido) José Luis Martínez, o el sabio Ángel María Garibay, e incluso al igual que un personaje del que ya no se habla pero que significó una parte importante dentro de la lucha obrera de este país, también escritor e impulsor de la educación en México, y uno de los Siete Sabios, Vicente Lombardo Toledano.
Todos ellos hombres de una vasta cultura, de una formación netamente renacentista. Escritores comprometidos con su tiempo. Hombres que al iniciarse la segunda década del naciente Siglo XXI, no han podido ser, ni serán sustituidos por estos nacientes “intelectuales” del llamado siglo de las nuevas tecnologías. Personajes la gran mayoría de ellos carentes de esa formación intelectual y cultural renacentista.
Carmen Galindo dice, en su prologo al libro La casa de la Santísima y Todos los cuentos de Rafael Solana, que: “Rafael Solana era uno de los hombres más cultos de México. Él y Torres Bodet”. Afirmación que por supuesto sostengo y que me permito ampliar al agregar en su lista a Ernesto de la Peña.
Me tocó ver, en una mesa redonda, hace ya muchos años, juntos, al maestro De la Peña y a Don Rafael Solana, hablando de literatura y ver el respeto que entre ellos se profesaban y el reconocimiento que cada uno sentía por los conocimientos y afirmaciones del otro. Fue para mí, no sólo un ejemplo de humildad, sino de justa y honrosa sabiduría de dos personajes que durante esa mesa redonda, nunca compitieron o tuvieron desacuerdos, hubo más bien una cordial y justa coincidencia.
Al conocer la muerte de Ernesto de la Peña, pensé en lo que sintió la maestra Carmen Galindo al enterarse de las muertes de Torres Bodet y de Rafael Solana: “Cuando don Jaime se fugó del cáncer con un balazo en el paladar, imaginé con vértigo y estupefacción sus conocimientos hundiéndose en la nada. Lo mismo sentí, aunque no sea muy humanitario, al enterarme de la muerte de Solana”.
Yo, al saber de la muerte de Ernesto de la Peña, sentí miedo, una profunda soledad al darme cuenta que nos hemos quedado solos.
