César Arístides

La mañana del lunes 10 de septiembre murió en la Ciudad de México el filólogo, humanista, narrador, ensayista y poeta, Ernesto de la Peña. Es difícil acercarse a comentar la obra de un sabio, sin exagerar en el término; es muy complicado hacer un juicio crítico acerca de su obra deslumbrante y misteriosa, recóndita y generosa en sus conocimientos. Sus traducciones donde lo místico se convierte en revelación, sus ensayos que rescatan de lo más añejo y mágico el legado de filósofos y los orígenes de las leyendas, los pasos de santos e iluminados y la efervescencia de los mitos; con igual audacia y conocimiento, su pluma deviene en relatos para mí imposibles aunque con noble dosis de pasión y enigmas inquietantes.

Falleció el erudito y nos deja una obra donde prevalece el misterio y la indagación profunda, me acerqué a La rosa transfigurada —y al decir acercarme lo digo con sinceridad— rocé su sabiduría y, como en la niñez ante un cuento fantástico, quedé encantado, la rosa se volvió universo, licor seductor, paseo por galaxias y tierras remotas y también la luz sencilla de saber, por ejemplo, que sólo algunos conejos y ciervos resisten sus espinas por su lengua peculiar, o que sus pétalos son un cuerpo/mundo que se abre para revelar sus secretos, o que hubo algunos casi demiurgos que vieron al extático con una rosa azul que de pronto se desvaneció.

No sé por qué en su momento La rosa transfigurada me llevó a pensar en el encanto y las alegorías de La rama dorada, ahora creo que es por el contexto lúdicro, la magia en los procesos de la civilización, la epopeya real en el imaginario colectivo y, sobre todo, la investigación enciclopédica que nos lleva de un asombro a otro, de una presencia irreal a un sendero alucinante de conocimiento; ahora, debo advertirlo otra vez, a las dos obras inmensas sólo me acerqué, las leí con estremecimiento y apenas rocé o vislumbre su grandeza.

También debo aclarar que el misterio de Ernesto de la Peña no sólo recae en mí, muchos de sus lectores quedan extáticos/estáticos frente a sus escritos y, en más de una ocasión siente uno la grandeza del pensamiento, la historia, la literatura, el mito, la religión, la ciencia y el fervor de la escritura caer sobre nuestra alma para reducirla a polvo, luz que tiembla, nada.

Hombre de conocimiento y discurso múltiple, de los pocos sabios que por el mundo han sido, de la estatura de Alfonso Reyes, Octavio Paz o Antonio Alatorre, el humanista Ernesto de la Peña, de voz pausada y sentenciosa, pasó del deslumbramiento retórico/filosófico, a la tarea etérea de descifrar el sentido de la existencia; de la narración exuberante, emblemática y avasallante que disfrutarían Jorge Luis Borges o Francisco Tario, a los velos del ser y la nada, al momento donde el vacío es la existencia y la crisis de identidad recorre la niñez, el amor y la angustia intelectual para sembrar la duda, las palabras, la nada que dilata sus esencias.

Quiero en este comentario —humilde elogio— hablar un poco sobre la poesía de Ernesto de la Peña y ahondar en un elemento que resulta determinante y paradójico en la obra del escritor: la nada. Vista como punto de partida, origen y destino, catarsis y tragedia. La nada es símbolo de funerales y anuncio de lo que se engendra. Es determinante porque la nada es verbo del poeta, se expresa en los misterios del alma, en el rumbo dolido del sendero abandonado y en el amor. Es una réplica, un vacío que concentra sólo la idea de texturas y sonidos, aromas y fracturas. Paradójico porque Ernesto de la Peña en relatos y ensayos, en traducciones y fábulas filosóficas, colma los cuadernos de estampas y escenarios, sucesos y milagros, desiertos y nevadas, para dejarle a la poesía, a su poesía meticulosa y ceñida, el privilegio de la nada y sus designios.

En el tomo III de Obra reunida de Ernesto de la Peña, publicada por el conaculta, se concentra la narrativa y la poesía de este autor. En el ámbito poético se recoge sólo un libro breve, Palabras para el desencuentro, en él prevalece la noción de la nada como sima/cima de la percepción humana, del desarrollo de los seres para entender el mundo. Eduardo Lizalde nos dice sobre este ejemplar: “El resultado es un cuerpo de poemas sin par, una voz conmovedora de cantor que sabe lo que canta y nos asombra, como en sus páginas en prosa, con el fluyente río de sus imágenes y tropos infrecuentes y su entonación de cepa clásica y moderna”. Para el poeta el pasado es presente que escribe su dolor, su vacío, lo insondable de su certeza, sólo oquedad que canta; en su poema “Siete ausencias” afirma: “Fuiste una tarde cándida:/ cuando se conjugó tu espera con mi angustia,/ cuando a mi voz vacía/ le brotó viento, la cripta y el reflejo/ y le nació el espacio a la crisálida”. Habla el vacío, es una raíz que crece y elige las palabras; también habla el sueño que invita a la muerte a estar vivo en el espacio deshabitado, en el silencio que anuncia con sutileza el misterio del ser y la desaparición: “a veces, por las noches, llega en forma de sueño:/ una calle vecina,/ un primo de impermeable, muerto hace varios años:/ —¡Ven!, ¡camina conmigo!/ largas calles oscuras transitadas de faros,/ un brazo que se esfuma entre mis dedos”. En ese desvanecimiento también reside el amor concebido, meditado, la simiente del amor visto como esencia, un amor constante más allá de la muerte, del espacio sideral de la palabra y la creación: “Amar es ser la noche mientras brincan los astros,/ cuando estalla en parábola la cárcel de un gemido/ y aflora hasta las yemas el miedo elemental/ de una vieja prosapia dividida/ expulsada por las manos hirsutas de un arcángel flamígero”. El amor desbordado es también ceniza, lápida y silencio, muerte que respira en los recuerdos, la muerte en Ernesto de la Peña también es esqueleto en el espacio, en minerales y estrellas; el alma un pensamiento, la duda de la idea, el asomo de la nada: “Mira:/ aquí, dentro de mí, quedó la nada/ agazapada en poros y veneros./ Un páramo de muerte te rodea/ el espacio convulso en que te mueves/ y los ojos, sin órbitas ni lágrimas/ se van yendo hasta el eco de la noche/ a solas,/ convencidos del hueco del silencio,/ asomados al límite del gesto,/ al último momento de los párpados quietos,/ aferrados sin fuerza a una silueta/ que escapó por la eterna distancia de un instante”. Ay, de esos ojos sin órbitas ni lágrimas que no miran el vacío, que se saben en la memoria de sus huecos, en la nada de memoria, y advierten un reflejo que habla, una presencia que cerca/acerca la grandeza y el dolor: “—¡Ten cuidado!, en un rincón te acecha dios,/ te está espiando/ (el cuerpo se me plaga de milagros)/ y te invita a una fiesta en el cielo./ Dios te camina junto/ y ha llorado a sollozos porque no eres buen niño:/ cuando eres malo aquí/ una flor de cristal se desgaja en el cielo/ se desgarra una lágrima en medio de los astros/ y un tallo de dolor le crece a dios en la garganta…”. Dios vigila, es la conciencia, el peso de una historia que va del cielo a la infancia, el instante profundo de la meditación ¿contrición?, de la concentración compleja en la idea del ser/sentir.

En “Tres poemas de espera” el poeta reanuda su búsqueda de símbolos y certezas, el paisaje es un pretexto para la indagación, los vasos comunicantes con José Gorostiza o Jorge Cuesta se llenan lentos para nutrir los versos de licor transparente con sabor a siglos despiertos, a música que apenas se escucha en el alma: “y nos apoyamos en la cintura exigua de la tarde/ esperando, en tristeza, que nos amen/ que el milagro acaezca/ que la música advenga/ que se realice el alma/ y que la única estirpe de una boca infinita/ vaya trazando un derrotero claro, seguro, protector,/ un peldaño postrero para arrojarse al agua/ y hacer sonar la espina dorsal en que el sol surge”. Así, se eleva la expectación, la espera del prodigio, ¿pero qué es el prodigio? Acaso el momento en que el amor no es sólo sentimiento, sino verdad, contemplación, equilibrio místico y bondad del espacio, la idea de una espina dorsal surtidora. En la añoranza y el pensamiento aprehendido/aprendido está el verbo, el agua que salva, en la meditación y en el reconocimiento de que somos nada que se yergue con sombra y sangre, estirpe y derrotero para llamar la transfiguración: nada es el hombre, nada la idea, la ilusión, nada es el recuerdo y el origen, pero esa nada es activación cerebral, y como en Herman Broch, toca lo terreno y lo ultraterreno, lo que se nombra e indica otra cosa y lo que se siente y sólo el alma percibe. Esta sensación de espacio que se consume en sí mismo también se advierte en “Imagen”, retrato del poeta y del hombre anhelante, del que indaga y se hunde en su esencia: “Eres volátil y áspero como el sabor del humo/ que penetra, acaricia, irrita y saca lágrimas/ y está desvaneciéndose/ en los bordes del labio que lo aspira/ y en la brasa que se lleva a la nada/ su ardor incólume recién nacido y muerto/ que te dio tu sustancia perdidiza/ tu estar perecedero/ tu difamarte en triste espuma que se va/ rozando tenuemente, antes de fallecer, la vida”. En la contundencia de ese estar perecedero, en ese difamarte en triste espuma que se va, el eco brocheano es hierro que marca con candente palabra el aire, y para el poeta, es apagarse con el espejo de las palabras, ser imagen en la nada, la nada muerte y vida que aguarda todos los sortilegios para ser humo y aspiración/reflexión.

Ese vacío es también desolación, soledad y abandono, dejadez espiritual que para Ernesto de la Peña es una marca de cuestionamiento existencial. En toda su poesía se busca y se reconoce, y sería injusto decir que su nada es sólo vacío, también es entraña y juicio, soledad vestida de “alarido de diosa arrebatada”, de “fauces de animal alucinado y vengativo”; y nada es iluminación. En “Réquiem” Dios existe y se resiste a ser abismo y el poeta sabe que la nada es Dios, ausencia en nuestro rumbo, hueco en nuestra vida, esencia que quiere estar con los hombres: “templo erguido de ciencia de la nada:/ por todos tus veneros corre el licor hediondo de la nada/ la sustancia vacía, la ambiciosa sustancia de la nada/ de la nada de dios, del hueco que dejó en los que vivimos/ de la garra que hincó en los corazones/ buscando ser, él mismo, entre nosotros”.

Ernesto de la Peña expresa una devoción trémula, un presentimiento triste que revienta en la memoria; con imágenes furiosas nombra el abandono, el desamor, la pérdida que calcina, en “Navegación de ida” sentencia: “He comprado flores, flores secas, sin pistilos ni pétalos,/ oigo las campanas de una tarde caída,/ del desplome rabioso de una vida que se quedó con sombras y con hambre…”, en “Rostro del hombre” sostiene: “Caigo sobre la soledad de mis entrañas/ de bruces, mordecido;/ prorrumpo desertado, en un desconocido advenimiento,/ quiero salvarme de la historia…”, el hombre es una herida, la vacilación y la fractura, el signo indescifrable que asume el ser y busca transformarse. Finalmente, en “Balada del ventrílocuo mudo”, último poema de Palabras para el desencuentro se confirma la ausencia y el vacío, la búsqueda incesante y la contemplación de un mundo lleno de reflejos y heridas, movimiento y naturaleza, vigor ancestral y gestos del hombre, ansiedad que grita en la noche, amor y orfandad fundidos en el agua; dice el poeta: “Me yergo sobre pasos que no avanzan/ siento en las venas y en las cúspides del cuerpo/ que un forastero sin presencia me canceló el cerebro/ y que las redes intestinas, las hostiles sinapsis/ me deshabitan y me hostigan…/ …/ Puedo inventar la música absoluta/ pero estoy sordo,/ áfono,/ atónito, sin entierro ni nombre,/ sin llanto ni sepulcro,/ por una suave nada acribillado…”. El poeta asume el silencio, la carencia de la voz, pero no de la palabra, así se reconoce solo en la inmensidad, nutrido por el fuego violento de la nada; concentra su mirada en las estrellas, en los fulgores, las raíces, la playa… y sus versos agitados, su encabalgamiento libre y audaz retumba en minerales, pensamientos, nos dicta en la totalidad la nada creadora, sutil, violenta, la nada y el hueco, el abismo y el vacío, la inquietud eterna de los hombres.