David Alejandro Boyás Gómez
En 1907 el ya entonces famoso pintor español Pablo Picasso sorprendió al mundo con el cuadro Les demoiselles d’Avignon, que mostraba cinco figuras femeninas desnudas y retozando. La novedad fue el lado derecho del cuadro: las señoritas tenían la cara deformada por el artista en una composición que pretendía ser natural. A este cuadro se le considera el primer cuadro del cubismo, uno de los movimientos artísticos más importantes del pasado siglo.
Algunos críticos han advertido una influencia particular en el cuadro del arte de las máscaras africanas. Y es que en el París de principios de siglo ocurría algo que desde el punto de vida cultural era totalmente previsible: los pueblos sometidos por el colonialismo francés de los siglos anteriores comenzaban a emanar sus expresiones culturales hacia la metrópoli. Se asentaron en el gusto vanguardista las expresiones de sensualidad desbocada, la abundancia del color, la libertad creativa y la ruptura con el arte tradicional propias de la cultura negra.
Comenzó al mismo tiempo en América un rescate literario en torno a la raza negra, tanto en la lengua española como en francés. Nicolás Guillén y Alejo Carpentier son nombres que resuenan dentro de esta literatura. Pero el gran poeta negro, “el fundamental negro”, todavía no hacía su determinante aparición.
Aimé Césaire nació en Basse-Pointe, Martinica, en 1913. Vivió su infancia en una casa con sus cinco hermanos, su padre que era profesor (hijo del primer profesor negro de la isla antillana) y su madre, quien era costurera. Años después, el cansado oficio de su madre resonaría entre sueños en la obra de Césaire.
En 1931 se trasladó a París para estudiar. Ahí conoció a otros estudiantes de las Antillas y África, como Léopold Sédar Senghor, íntimo amigo suyo y futuro presidente de Senegal, y como crítica al colonialismo fundaron la revista L’etudiant noir. Ahí aparece por primera vez el término negritud que como en su poesía, parece que con nombrarla, le da la existencia.
Césaire, como sus compañeros, era ya un hombre cosmopolita, que veía más allá de las razas y convenía con el pensamiento marxista de cambiar al mundo y no sólo explicarlo. Esta idea unidimensional de la raza humana, así como la vanguardia en el pensamiento creativo y en la manera de vivir y su sentido de poeta crítico lo llevaron a confeccionar su obra más importante literariamente y en términos de impacto social, el poema épico-lírico compuesto en verso libre Cahier d’un retour au pays natal (Cuaderno de un retorno al país natal).
Es un poema épico porque entre sus líneas aparece dibujado el camino que ha transcurrido un ser humano de raza negra por la isla de Martinica; de los campos de trabajo hasta el ruinoso interior de las casas, la infancia y madurez de Césaire están retratadas en una evocación nada alegre ni autocompasiva. Al contrario, se vuelve lírico al preponderar las olas abruptas que inundan el sentimiento del yo poético, el resentimiento hacia los opresores pero también el recelo ante su propia raza que no se ha sabido defender hasta ahora.
En este poema, que a André Breton, “pontífice” surrealista, le pareció una obra surrealista de enormes dimensiones y que Jean Paul Sartre analizó en términos filosóficos, las imágenes recrean una historia incesante de maltrato y olvido. El mismo olvido que lleva al yo poético a ser cómplice de la discriminación hacia un negro rudo y pobre que apenas cabe en un tranvía de París. Se identifica con el asco que producen esos seres. Si tan sólo no fueran así, si pudieran parecerse a los blancos…
El mismo yo poético reflexiona y se entrega completamente a la salvación del marginado. No mediante argumentos esgrimidos en realce de su estirpe sino a través de la reivindicación del salvajismo, de la locura, de la raza que no ha inventado nada, que no ha marchado nunca a la cabeza de la humanidad.
El poeta pide a gritos que le dejen ser el hombre que lleve ese movimiento a sus últimas consecuencias.
Poema fundamental no sólo por su contenido moral sin precedentes sino por su forma (que es fondo) y su presentación; a decir de Agustí Bartra, quien tradujo el texto al español y lo estudió críticamente, el elemento fundamental de esta creación es su sonoridad.
Su ritmo cadente, lento, violento cuando menos se le espera, construye poco a poco un trance del que no será fácil salir. Ninguna imagen de luz interrumpe el rito que se reproduce entre las palabras, con ecos y repeticiones que sólo expresan la marginalidad.
Lejos de imágenes visuales, es el sonido quien impera en el poema, lo que lo hace más sonoro que visual, más fuerte, más rebelde. Recuerda un poco a Mallarmé o Válery y pocos poemas en el siglo XX tienen tanta intensidad.
Césaire escribió otras obras de calidad y contenido social de relevancia como Las armas milagrosas (1946), Y los perros callaban (1958), y La tragedia del rey Christophe (1963), pero su defensa de la negritud, como si fuera poco, no quedó sólo en las letras.
En 1945 se afilió al Partido Comunista de Martinica y fue electo alcalde de la capital Fort de France. Tenía aspiraciones independentistas y logró que en 1946 Martinica elevara su rango a Departamento francés para obtener mejoras en la calidad de vida de la isla. Ocupó un escaño en la asamblea de diputados hasta 1993. En el 2001 dejó la alcaldía tras décadas de activismo en pro de sus compatriotas, a los que les heredó una nación más libre, con mejor calidad de vida y con más arte.
Ese año se retiró de la vida pública, pero su huella permanece en la obra cuya aparición fue decisiva para el reencuentro del mundo con la cultura de la negritud, con la crítica al esclavismo y al colonialismo, y en fin, con todos aquellos sentimientos de indiferencia ante una raza que si bien no ostenta ningún liderazgo, el mundo no podría ser sin ella.
El poeta murió en Fort de France en 2008, y a tan poca distancia parece que sus sienes ya han sido coronadas con el laurel de la inmortalidad en el arte, pues para Aimé Césaire, la dialéctica de su existencia sólo cobraba sentido a partir de la rebeldía gritada por el pueblo al que él guiaba:
“hacedme depositario de su remordimiento/ haced de mí un hombre de terminación/ hacedme un hombre de iniciación/ hacedme un hombre de recogimiento/ pero haced también de mí un hombre de siembra.”[i]
[i] Aimé Césaire. Cuaderno de un retorno al país natal. Prólogo y traducción de Agustí Bartra. México, Ediciones Era, 1969. Pág. 101.
