Confusión o emboscada
Raúl Rodríguez Cortés
Apenas empieza a conocerse lo ocurrido el viernes 24 de agosto pasado en un camino de terracería cercano a la carretera federal México-Cuernavaca a la altura de Tres Marías y el asunto no huele nada bien.
Jess Hoods Garner y Stan Dove Boss, agentes de la CIA con identificaciones de la embajada de Estados Unidos en México (según fuentes cercanas a la investigación de la PGR) se trasladaban al campo de tiro y entrenamiento de la Infantería de Marina ubicado en Xalatlaco, Estado de México, acompañados de un capitán de la Armada cuyo nombre sigue en secreto.
Uno de los estadunidenses manejaba, el otro iba de copiloto y el marino mexicano, como guía, en el asiento de atrás. Su camioneta, una Toyota Land Crusier negra con placas diplomáticas BCM242 de la Secretaría de Relaciones Exteriores, circulaba por el tramo de terracería conocido como El Capulín.
Entre las 8:10 y las 8:40 de la mañana, la Toyota fue alcanzada por una Dodge Van con hombres armados vestidos de civil que la encañonaron, le cerraron el paso y obligaron a que se detuviera. De pronto, quien conducía el vehículo diplomático se echó en reversa bruscamente, pero con gran destreza, y a toda velocidad dio vuelta en U para regresar por la terracería hacia la carretera federal México-Cuernavaca. De la Dodge Van salieron los primeros disparos que marcaron el inicio una persecución. En ese momento el capitán de la Armada se comunicaba con sus superiores para informarles lo que ocurría.
Otro vehículo, un Sentra con cuatro hombres armados, también vestidos de civil, les salió al pasó y se frenó para tratar de bloquear el camino, pero la Toyota lo eludió y contiuó en su huída. Del Sentra también salieron disparos antes de que se sumara a la persecución.
Poco antes de llegar a una gasolinería cercana al entronque con la carretera federal, otros dos vehículos con hombres armados y también vestidos de civil (a saber una camioneta tipo X Trail y un Chevy morado) se incorporaron a la persecución que terminó en el kilómetro 50+500 de la carretera, cuando la Toyota quedó inmovilizada y con las llantas ponchadas. Uno de los agresores se acercó hasta el vehículo e hizo una descarga sobre el cristal lateral delantero de la derecha que fue la que presumiblemente hirió a los agentes estadounidenses. La camioneta había resistido las descargas anteriores gracias a que contaba con un blindaje siete, el más alto del mercado, muy parecido al utilizado en los vehículos presidenciales.
El tiroteo cesó conforme fueron llegando pelotones de marinos —gracias a la llamada que hizo el capitán inmediatamente después del primer ataque— quienes denunciarían después que los atacantes eran policías federales vestidos de civil, los doce que ahora están arraigados y a los que se les fincarían responsabilidades por intento de homicidio y abuso de autoridad.
Lo que para la Policía Federal fue una confusión al atacar, sin sus correspondientes uniformes, a quienes creían secuestradores (lo que deja muy mal parado al secretario Genaro García Luna, sobre todo después del enfrentamiento de federales que acabó con la muerte de dos de ellos en el aeropuerto de la ciudad de México apenas el pasado lunes 25 de junio), para el gobierno de Estados Unidos fue una emboscada, lo que abre un abanico de preguntas: ¿en qué están esos agentes de la CIA como para ser eventualmente emboscados? o ¿quien la ordenó en todo caso: grupos del narcotráfico, la propia Policía Federal, servicios mexicanos de inteligencia?
La reacción de Washington inicialmente airada se moderó el martes 28 de agosto pasado al saberse que de acuerdo con las pesquisas de la PGR los diplomáticos agredidos eran agentes de la CIA y después de la disculpa que por esos hechos ofreció Felipe Calderón al embajador estadounidense Anthony Wayne. Este prefirió ya guardar silencio hasta que la investigación de las autoridades mexicanas de resultados.
Estos acontecimientos muestran los niveles de ineficiencia y riesgo con que está operando la Policía Federal, la cada vez mas descarada intromisión de Estados Unidos en la inútil guerra declarada por Calderón al narcotráfico y el peligro que todos corremos de ser víctimas de confusiones o emboscadas.
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