Carmen Galindo
En pleno 1968, me llamó Fernando Benítez, (y Georgina, su hoy viuda, es testigo de lo que narro) para que le hiciera a Fuentes, a petición de él mismo, una entrevista. Cuando llegamos a la cerrada de Galeana, donde el escritor tenía su casa con la bellísima actriz Rita Macedo, Fuentes, en persona, nos dijo, a mi hermana Magdalena y a mí, que la entrevista era un pretexto porque alguien, me imagino que el propio Fernando, le había dicho que nosotras estábamos relacionadas con el movimiento estudiantil que se vivía en esos días. El escritor temía (aprensión que en mi opinión era infundada) que el gobierno lo detuviera.
Cuando, después de unos preámbulos, nos interrogó directamente sobre el tema, le contesté con discreta sorna: “No se preocupe, señor Fuentes, los que corren peligro de que los aprehendan y hasta los fusilen, son los muchachos del Consejo Nacional de Huelga”, vale decir, aclaro al lector, los alrededor de doscientos jóvenes que integraban la dirección del movimiento estudiantil-popular.
La conversación siguió por unas dos horas en que nosotras respondíamos a sus preguntas y ampliábamos las respuestas con lo que sabíamos de la acción estudiantil, que si no era mucho, era bastante para Fuentes que estaba recién desembarcado en Veracruz, porque en esa época le tenía miedo a los aviones y viajaba por mar.
Unas semanas más tarde, quizás ya en 1969, con los compañeros presos en Lecumberri, nos mandó decir el máximo dirigente del movimiento Raúl Álvarez Garín, con su primo, el economista Alejandro Álvarez Béjar, quien estaba libre, que si no podríamos conseguir las firmas de intelectuales de renombre para una carta en que se demandaba la libertad de los presos políticos mexicanos, de todos, de los ferrocarrileros, los médicos, los de la Universidad Nicolaita, algunos periodistas y artistas, y por supuesto, de los presos del 68.
Muy tímidamente, pero sacando fuerzas de flaqueza, mi hermana Magdalena tomó el teléfono y le pidió una cita a Fuentes (sin indicarle de qué se trataba) que el célebre escritor concedió de inmediato. Quedamos de vernos, a sugerencia de Fuentes, en la editorial Joaquín Mortiz uno o dos días después. Cuando llegamos al lugar, nos dimos cuenta que era día festivo y la editorial de Don Joaquín Diez-Canedo estaba cerrada. Con mayor temor intentamos de nueva cuenta localizar a Fuentes, quien se disculpó por haber olvidado en qué día vivíamos. Recuerdo que consideramos absolutamente sincera su disculpa y. en efecto, al día siguiente nos encontramos en el mismo lugar. Apenas le expusimos la situación, nos extendió su agenda personal y comenzamos a copiar, sin restricción alguna, las direcciones de Julio Cortázar, de Susan Sontag, de Arthur Miller o de quien usted se imagine, pero sin duda cada uno más famoso que el anterior. Les pasamos las direcciones a los muchachos y ellos se encargaron del resto. A estas alturas ya no sé qué pasó con la carta, pero se me grabó para siempre la generosidad de Fuentes, su apoyo sin restricciones. Él, y lo menciono porque ahora ya ni quién se acuerde, ya había formado parte del Movimiento de Liberación Nacional al lado de Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo, Fernando Benítez, Luis Prieto, Alonso Aguilar y Fernando Carmona, entre otros.
Pasaron no sé, calcule usted, unos treinta años o más después del 68, y me pregunta Raúl Álvarez Garín, si ya había leído el libro Los procesos del 68. Me recomendó en particular que le echara un ojo al alegato de José Revueltas, que, afirmó Raúl, se sostiene todavía, está vigente y es extraordinario. Me dio pena, y no me atreví a confesar, que ya me había dado la primera edición que, aunque me interesó y quise leerla, la rutina de las obligaciones diarias lo había impedido. Cuando llegué a mi casa me puse a revisar el libro, y mi asombro no tuvo límites cuando leí que, según la acusación del ministerio público, el plan maestro del movimiento estudiantil mexicano del 68 para tirar al gobierno mexicano era el texto (un folletito, añado) de Carlos Fuentes titulado París, la revolución de mayo. No daba crédito.
Recuerdo como si fuera hoy, el momento en que leí esas páginas. Era una crónica, un relato pues, de lo que había ocurrido en mayo del 68. Fuentes contaba cómo se había iniciado el movimiento en Nanterre, las manifestaciones estudiantiles, las consignas del movimiento, como “la imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “un cronopio es una mezcla de Beatle y Che Guevara” o, en fin, “seamos realistas, pidamos lo imposible” y nunca se me ha olvidado el episodio en que llega Louis Aragon a una asamblea estudiantil y cuando trata de aconsejar a los jóvenes, ellos le gritan que está viejo y él se retira, agrega Fuentes que “no sin dignidad”, y les responde: Ustedes también serán viejos.
Comprendo, a destiempo, que el temor de Fuentes de una posible aprehensión no era una señal de egocentrismo, como pensé entonces, en el 68, sino un peligro real. Le comento a mi hermana que por ignorancia lo pusimos en un riesgo. Mi hermana me consuela (y se consuela) diciendo: No sabíamos tanto de política como ahora, pero el hecho es que no lo aprehendieron. No estábamos tan equivocadas.
Estoy leyendo Personas, el libro ahora póstumo de Fuentes, y me detengo en estas líneas:
Desciende por los escalones del Panteón (Fuentes está evocando la toma de posesión del socialista François Mitterrand como Presidente de Francia) una mujer esbelta, contenida, extrañamente alegre y melancólica a un tiempo. Volteo para reconocerla. Pienso. Se aleja. Lo sé. Es la muchacha que apareció en la portada de mi reportaje sobre el 68: París, La Revolución de Mayo. Estoy seguro, es la misma. ¿Cómo voy a olvidar, si he visto esa portada todos los días durante trece años? Es ella. Pero es otra. Ya no tiene 25 años. Se pierde en la multitud dispersa de este crepúsculo. No olvidaré nunca su paso, su alegría, su desencanto, su determinación. Su contradicción vital. No me habló nunca, pero me dijo: -No soy más. Soy mejor. Era la voz del otro mayo hablándole a este mayo”.[i]

