Restaurador de la flora intestinal y del sistema inmunológico

René Anaya

Desde su propio nombre: apéndice (“cosa adjunta o añadida a otra, de la cual es como parte accesoria o dependiente”, según la definición del Diccionario de la Real Academia Española), este órgano ha sido relegado a un segundo plano por todas las personas, excepto por los cirujanos.

Inclusive, en broma se ha definido al apéndice como “el órgano que permite la sustentabilidad económica de los cirujanos”, pues se trata de una de las cirugías más comunes, ya que uno de cada veinte habitantes de ciudades ha sido operado con el diagnóstico de apendicitis aguda.

 

El órgano de las hipótesis

Durante muchos años, la comunidad médica tomó el apéndice como algo superfluo que no merecía la pena estudiar. Tan fue así, que el primero en hacer notar su presencia fue Leonardo da Vinci (1452-1519) quien dibujó por primera vez el apéndice. Dos años después de la muerte del polígrafo renacentista, el boloñés Giacomo Berengario da Capi, anatomista y profesor de medicina, realizó las primeras descripciones del órgano; en 1543, en su obra monumental De humanis corporis fabrica, el belga Andreas Vesalius hizo un dibujo anatómico del apéndice.

Pero no fue sino hasta 1732 que el doctor Claudius Amyan realizó la primera apendicetomía documentada en Inglaterra. Un siglo más tarde, en 1886, el médico estadounidense Reginald H. Fitz empleó por primera vez el término apendicitis para designar la inflamación del apéndice; asimismo describió el cuadro clínico del padecimiento y recomendó como tratamiento la inmediata extirpación del órgano.

A partir de entonces, gracias al perfeccionamiento de la técnica quirúrgica, de las medidas de asepsia y antisepsia, la anestesia y tecnología médica (radiografías), se logró combatir la apendicitis, con tan buenos resultados que hacia mediados del siglo pasado no faltaron cirujanos que recomendaran la apendicectomía (extirpación del apéndice) de manera preventiva.

Por consideraciones éticas y por los riesgos que representa someter a una persona a la anestesia, no prosperó esa iniciativa. Solamente se realiza la extirpación del apéndice (un órgano que semeja un saco de 2 a 20 centímetros de longitud) cuando se inflama por razones desconocidas.

Las principales hipótesis sobre su inflamación indican que puede deberse a la presencia de fecalitos (materia fecal calcificada); de agentes infecciosos como amibas, parásitos intestinales (Ascaris lumbricoides, conocidos como lombrices); y Mycobacterium tuberculosis (causante de tuberculosis) o de tumores. Pero en realidad en la mayoría de los casos se desconoce la causa de la inflamación. De lo que no hay duda es de su tratamiento.

En cambio, su función todavía sigue siendo un enigma, aunque en los últimos diez años se han aportado ciertas evidencias que indican que desempeña funciones muy importantes.

 

El apéndice protector

El investigador Ignacio Martínez M, del Departamento de Inmunología del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, publicó en Gaceta Biomédicas un trabajo en que hace una revisión sobre los principales estudios que se han hecho de las funciones del apéndice.

Se ha planteado que en el apéndice, células del sistema inmunológico permiten diferenciar entre microorganismos benéficos y causantes de enfermedad, lo que favorece la permanencia de los primeros en sus paredes. “Recientemente se ha propuesto que esta estructura puede servir como un sitio de reserva de bacterias benéficas (lactobacilos y enterococos, entre otros) que participan en la síntesis de vitaminas, la producción de ácidos y el metabolismo de esteroides”, plantea el maestro en ciencias Ignacio Martínez M.

De confirmarse esta hipótesis, se trataría de un factor determinante para la evolución humana, ya que en épocas remotas el consumo de agua y alimentos contaminados con microorganismos patógenos habría provocado diarreas y la muerte. Pero la reserva de microorganismos benéficos en el apéndice habría servido para repoblar la flora intestinal y estimular la producción de anticuerpos.

Se ha encontrado que en el apéndice se realiza el proceso de maduración de algunas células inmunológicas, como las células B (CD5+), que se caracterizan por la producción de autoanticuerpos. Si es inapropiada su maduración en el apéndice, podrían presentarse padecimientos autoinmunes como la artritis reumatoide.

Además de los linfocitos B y T (células del sistema inmunológico), en el apéndice se encuentran otras células capaces de identificar agentes extraños al organismo para estimular la producción de anticuerpos para defenderlo. Otro papel del apéndice en el sistema inmunológico sería su participación en procesos alérgicos mediados por la inmunoglobulina E.

Por lo tanto, el apéndice podría ser mucho más importante de lo que se ha considerado y, estrictamente, podría haber sido uno de los principales factores de la evolución de la especie humana, pues su papel como restaurador de la flora intestinal y del sistema inmunológico habría sido crucial para la preservación de la especie.

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